Dentro del laberinto

Tempus

Volveremos a ver, como hace unos años, miles de animales sacrificados. Apenas se ha borrado de nuestra mente la escena de las vacas muertas, las ovejas rígidas, procesadas como envases en una cinta transportadora, cuando de nuevo se hará una matanza masiva de cerdos. Las carnicerías preventivas de animales, cuestionadas por muchos expertos como vistosas pero inútiles, se olvidan con una rapidez que delata el horror entrevisto. Cuando ocurren de nuevo, traen de la mano, como una cola aún agitándose, las anteriores.
En un mundo en el que se da por hecho que el ser humano se sirve sin límites de cualquier recurso, pese a los intentos tímidos de frenar esa explotación, la posibilidad de evitar el sacrificio de animales ni siquiera se sopesa. Al fin y al cabo, piensan muchos, no hay una diferencia esencial entre sacrificarlos ahora, en nombre de la salud pública, y matarlos para el consumo un poco más tarde.
Sí existe una diferencia, en cambio: se nos ahorra la visión del cerdo muerto cuando se convertirá en beicon y en chuletas. Hay una distancia tan grande entre la comida y el animal del que procede que parecen objetos distintos, partes aisladas en una cadena interrumpida. Por el contrario, bajo el hechizo de la palabra dioxina, se nos mostrarán, para mayor tranquilidad, las pilas de animales quemados o enterrados, y con esa inmolación masiva se recuperará la calma. Hay un millón y medio de cerdos en Irlanda: no es buen momento para terminar con ellos. En apenas unas semanas, el cerdo, barato, sabroso, fiable, aparecería en muchas mesas como plato de honor. Las exportaciones a Inglaterra, un país que ya no sabe qué comer ni qué criar que no se contamine en poco tiempo, se han detenido. Triste Navidad les espera a los granjeros. Otra más.