Sit tibi terra levis

Hay niñas a quienes se les agujerean las orejas según nacen, para ahorrar sufrimientos, y niños a los que se inscribe en un club de fútbol a las horas de asomar al mundo, con una camisetita diminuta y unos patucos del tamaño de un llavero. Se les educa en el espíritu no del deporte (el esfuerzo, la solidaridad de grupo, el empeño por el triunfo), sino del equipo.
Da un poco de miedo: hay un intento de proteger a los niños de los desmanes de su ámbito familiar, pero hasta ahora, a nadie se le ha ocurrido limitar la edad para convertirse en fanáticos futboleros. Schuster no comprendió del todo la retórica que exigía el Real Madrid, y su capricorniano realismo encajó mal con los sueños de grandeza que alimentan los seguidores de este equipo magnífico y admirado, pero también implacable y vanidoso. Hoy, sobre las espaldas del alemán caen insultos inmerecidos: se le ha llamado cobarde, por dudar de la capacidad del equipo que entrena para el triunfo.
El futuro del Real Madrid, al parecer ahora en manos de un espléndido entrenador, me interesa lo justo: la responsabilidad de los directivos que se ocultan, o de Schuster, tampoco me quita el sueño; pero algo alarmante ocurre en un país en el que, cada vez con mayor frecuencia –en el deporte rey, la política regional, la economía o la cultura–, se castiga a quienes llaman la atención hacia la realidad y evitan el sueño común, la mentira autocomplaciente oficial. Un país que escucha a las madres que defienden a sus hijos, aunque hayan matado a otros adolescentes, a las novias que justifican la paliza dada por su amante. Los millones de Schuster harán que su despido le sea leve. Quedan ladrando los que se creen los mejores sin otro mérito más que aferrarse a su creencia.