MacGyver

No había nada imposible para él: de una mirada, su mente analítica era capaz de descomponer los objetos de un hangar o una cocina en propiedades químicas o mecánicas. La marabunta de unas hormigas voraces, el secuestro de una científica por feroces vascos con rasgos latinoamericanos que se descolgaban por acantilados entre salvajes irrintzis, la liberación de un grupo de niños en un rancho, nada se le hacía demasiado. Angus MacGyver no perdía la calma, ni los nervios, no agredía a nadie, no empleaba armas de fuego. Tampoco descuidó nunca las mechas rubias, ni el corte ochentero que copió toda una generación.
Imaginemos que, de pronto, descubriéramos que esas dotes no eran reales: que, en realidad, MacGyver seguía siempre la misma técnica, que el chicle era de nitroglicerina y el clip de titanio, que, como buen prestidigitador, el espectáculo continuaba con una mano delante y otra oculta. La decepción más terrible no es la de los resultados (podría perdonársele que la bomba tramada con gaseosa y cinta aislante no detonara), sino la del engaño.
Algo así ha ocurrido con el genio de las finanzas Madoff. Un seis, un 11% de rentabilidad, una carrera impecable, la confianza de las grandes fortunas. ¿Cómo lo hacía? ¿Cuál era el secreto de su inteligencia, de su olfato? Era demasiado bueno para ser verdad y, obviamente, no era verdad. El problema para los bancos radicaba en saber salir a tiempo, no en que fueran prácticas legales o no. La decepción ahora con este hombre de 70 años, denunciado por sus propios empleados, suena un poco falsa, como si nos intentaran hacer creer que pensaban que Madoff era de verdad, que con un clip y un mechero podía sacarnos de los problemas, de la ruina y de los miedos.