Los diminutos

Puede ser posible que hayan estado a punto de prohibir los roscones de Reyes? Ah, sí, es posible, lo es en esta sociedad que contempla peligros para los niños
en los detalles más insignificantes pero que los expone después con tranquilidad budista a riesgos físicos y psicológicos irreparables. Puede serlo en la mente, siempre un paso por delante, de quienes consideran que la vida gira única y exclusivamente en torno a los niños y a quienes los tienen: parques y zonas comunes, diversiones y tecnología, restaurantes y centros comerciales; los que, con esa adoración complaciente, convierten a los chicos en seres egoístas, despóticos, conscientes de su poder y de cómo ejercerlo.
El pobre roscón de Reyes tenía sus días contados, incluso antes de que el Parlamento Europeo decidiera que los dulces son para los niños y que los niños son tontos e ineptos y no distinguen, por tanto, blando de duro: hipercalórico, grasiento, sospechoso de salmonelosis y de colesterol. Incluso los propios Reyes han visto su reino acotado, debido a la queja de que los niños no tienen tiempo de jugar con lo que les traen: como si no tuvieran el resto del año para ello, para aprender el valor del juguete y su deseo, para ansiar la siguiente ocasión de la sorpresa y del poquito de magia que queda.
No se protege a los niños: se protege la idea almibarada que de la infancia tienen algunos adultos. Se venera a la tribu propia unida por lazos genéticos. Se muestra con ello el estatus de sus padres, se alardea de preocupación y de neurosis como una forma última de vanidad. Se malcría al niño exterior y, con ello, se protege y se mima al niño interior. Lo siento por el roscón, por el dulce azúcar cristalizado sobre las frutas escarchadas: la próxima vez acabarán con él.