Irlanda

A los estudiantes, sobre todo a los que no han dado nunca palo al agua, les ha entusiasmado siempre protestar. Y salir a la calle. Coquetear, mientras tanto. Sentirse tan parte del asunto como sea necesario, el escalofrío que recorre la columna vertebral cuando hay policía cerca y sabemos que nada nos ocurrirá, y en especial ahora, cuando una cámara asoma cerca y puede enfocarnos. Diez segundos de gloria. La sensación, en definitiva, de que, por una vez, mientras son jóvenes tienen algún tipo de poder.
Hace diez años apareció en las librerías mi primera novela, Irlanda.
Hablaba, entre otros temas, de la frustración de una muchacha que no encontraba el mundo tal y como le habían prometido. Actuaba. No de una manera convencional, obviamente, no de la forma en la que desearíamos que una de nuestras hijas reaccionara. Pero reaccionaba.
Los estudiantes no reaccionan, porque no desean pagar el precio que supone el cambio. O destacar. Porque iniciamos un camino en el que los estudiantes eran personas destacadas que, poco a poco, se han limitado a continuar un bachillerato masificado.
Cuidamos a los universitarios con el mismo mimo y la misma desidia que dedicamos a los niños consentidos. Protestan y se les mira con complacencia y no se les escucha, pero tampoco se les acalla. El problema se concentra en una franja de edad aislada en campus, aislada en tecnología y aislada en un vocabulario y unos gustos determinados. No interesan. No son como los de antes, aquellos que arrojaban piedras, aquellos que se arriesgaban a la cárcel y al demérito. Los alumnos no son los que eran. Nunca lo fueron. Ahora vemos a niños que vocean y que patean. Cuando sepan por qué, será demasiado tarde.