Desde lejos

Vergüenza

Ya sé que Nativel Preciado y Félix Población han dedicado estos días sus espacios en este periódico a hablar de esa barbaridad llamada Toro de la Vega. A riesgo de ser pesada, no me queda más remedio que insistir: nada como la persistencia para cambiar el mundo. Y si en este mundo nuestro hay muchas cosas que cambiar –muchísimas–, una de ellas sigue siendo sin duda nuestra relación con los animales no humanos. Utilizo esa expresión para recordar que nosotros, por muy humanos que seamos, no dejamos de ser igualmente animales, y no hay nada en la naturaleza que nos convierta en una especie radicalmente diferente de nuestros compañeros de planeta.

A ese respecto, nuestro país da vergüenza. ¿Quién ha convencido a tantos miles de españoles de que son superiores a cualquier otra criatura y de que, para colmo, esa superioridad les autoriza moralmente a abusar de ella, torturarla, matarla y disfrutar con su sufrimiento y su agonía, jaleados por bestias humanas de los dos sexos? ¿Quién les ha dicho que ver padecer y morir a un ser vivo es algo divertido y digno de ser respetado porque lo avala la tristemente célebre "tradición"?
Da vergüenza ver a los políticos lavarse las manos, y a la ministra de Cultura –¡Cultura!– encogerse de hombros ante semejante barbarie. Da vergüenza ver cómo el número de asistentes a ese tipo de "espectáculos" sigue aumentando cuanto más los repudiamos otros muchos. Y da vergüenza, mucha vergüenza, oír al tío que mató antes de ayer en Tordesillas al pobre Afligido presumir de que él es "como Dios". ¿Dios...? Si yo fuera creyente, demandaría a ese diablo testosterónico...