Desde lejos

La tele y el ridículo

Siempre he sospechado que debe de haber gente con muy pocas cosas que hacer y que se aburre muchísimo: por ejemplo, todos aquellos que, desde las sedes de los partidos, se dedican a minutar el tiempo dedicado a su formación en los informativos de TVE. Ignoro si son voluntarios o si les pagan por ello, aunque imagino que lo normal será esta segunda opción porque, la verdad, el voluntariado en los grandes partidos no parece que esté muy de moda.
Si la televisión pública es objeto de constante vigilancia, la cercanía de las elecciones convierte el asunto en algo paranoico. Nos lo acaba de demostrar una vez más Esteban González Pons, con su queja sobre la supuestamente demasiado larga presencia del logotipo del PSOE en un informativo del Canal 24 Horas. Por no hablar del intento de censura que trataron de imponer los consejeros de RTVE la semana pasada. (Consejeros que, por cierto, son remunerados gracias a nuestros impuestos con 120.000 euros, coche, chófer, secretaria y Visa oro. Bueno, ya saben, el chocolate del loro, que decíamos el otro día…).
Al poder le encanta controlar a los medios, qué duda cabe. La forma de ejercer ese control depende de las circunstancias: en las dictaduras se hace mediante amenazas, encarcelamientos y hasta asesinatos. En las democracias, la cosa es más sutil, al menos hasta que llegan las elecciones y la gente pierde los papeles. Pero lo peor es lo innecesario que resulta todo ese ridículo: de ser tanta la influencia de la tele sobre los votantes, aquí seguiría gobernando la UCD. O los nietos de Franco. En fin, riámonos abiertamente, porque algunos es lo único que se merecen.