Desde lejos

Cifras y letras

A veces, en medio de las grandes noticias de cada día, algo pequeño llama nuestra atención. Esta última semana, entre el comunicado de ETA, la ejecución de Gadafi, la evolución de la crisis o la victoria de los islamistas en Túnez, una esquinita perdida de los periódicos ha provocado mi indignación. Se trata de la historia de V. G. M., un chico canario de 18 años con una discapacidad mental del 54% que lo convierte en un crío perpetuo, y del que ninguna organización quiere hacerse cargo.

Hijo de una madre alcohólica y sin más familia, V. G. M. fue ingresado a los 4 años en el centro de menores Harimaguada de Gran Canaria. Allí vivió hasta la semana pasada. Al alcanzar el día 17 la mayoría de edad, V. G. M. tuvo que abandonar el centro en contra de su voluntad de niño pequeño, que no ha logrado comprender por qué le echan de su casa. Para colmo, la organización sin ánimo de lucro Adepsi que debía hacerse cargo de él desde esa fecha se negó a aceptarle porque el Cabildo de Gran Canaria, según ellos, no les paga todo lo que les debe.
Ha habido peleas en presencia del chico entre los responsables de ambos centros, con participación de las administraciones, la Policía, la Fiscalía de Menores y el juez. Al crío le han dado sedantes por los ataques de nervios que ha sufrido mientras tenía que soportar el ver cómo era rechazado por unos y otros. Y a mí sólo se me ocurre maldecir la inhumanidad de este sistema y de todas esas personas encargadas de velar por los más vulnerables y a las que, por lo que se ve, sólo les importa la letra de las normas y las cifras de la cuenta corriente. Vaya mierda.