Desde lejos

Votaré

Sí, ya lo sé, dan ganas de quedarse en casa, de pasarse las horas del domingo leyendo, paseando, viendo una peli o jugando al parchís. A los políticos, que les den. Al fin y al cabo, la mayor parte de ellos son, por lo que estamos viendo, unos ineptos, incapaces de generar soluciones sensatas para lo que tenemos encima y, para colmo, entregados a los caprichos de los mercados que, como va quedando claro, son a fin de cuentas los que mandan y deciden sobre nuestras vidas. ¿Para qué molestarnos en ir a votar...?

Encabezo la lista de los críticos, así que me resulta difícil rebatir esas razones. Y, sin embargo, iré a votar. A primera hora, en cuanto me levante. Y, precisamente por todos esos motivos, lo haré con más satisfacción que nunca. Votaré para no tener jamás la sensación de que he tirado la toalla, de que he dejado a los demás la posibilidad de decidir, de que me he lavado las manos en el peor momento y de que estoy desacreditada ante mí misma para protestar cuando empiece a ocurrir todo lo que nos tememos que ocurrirá.
Votaré para que se escuchen voces diferentes en el Parlamento, para que alguien tenga la posibilidad de poner un freno a las políticas de derechas –con sus diferencias matizadas– de los dos grandes partidos, para que haya un poco de aire fresco en esos salones rancios que pueblan nuestros gobernantes, para contribuir a lo que espero que sea el comienzo del fin del nefasto bipartidismo. Votaré porque, a pesar de todo, aún creo en la posibilidad de la rebeldía y el cambio. Votaré, se lo aseguro, con orgullo. Por mucho que me carcoma el inevitable escepticismo.