Desde lejos

Dieciséis años

Polémica en torno al artículo de la nueva ley del aborto que permite que las chicas de 16 años puedan abortar sin permiso paterno. Oigo a gentes de derechas y de izquierdas exigir el derecho de los progenitores a acompañar a sus hijas en un momento como ese. Perfecto. Mi propia hija aún no es mayor de edad y, si tuviera que pasar por esa situación, me gustaría estar a su lado. Pero si un día me enterase de que lo hizo sin decirme nada, tendría que plantearme que la que se equivocó fui yo y no ella.

Ese es el problema. Que no todos los padres son, como tratan de hacernos creer quienes tanto los defienden, comprensivos y respetuosos. Hay padres ultrarreligiosos que obligarían a sus hijas a tener el bebé estropeando sus proyectos vitales y no me refiero sólo a los católicos: cada vez existen en nuestro país más miembros de otras religiones igualmente

fanáticos.

Hay puritanos convencidos de que las demás adolescentes son unas zorras, pero que las suyas son unas crías castas y puras que no practican el sexo y que, de enterarse de que se han quedado embarazadas, querrían matarlas. Hay gentes que tuvieron una juventud muy libre y que ahora, cuando sus hijos han llegado a esa edad, prefieren no saber nada y se encierran en la incomunicación.
¿Y todos esos padres intolerantes o cuando menos incapaces de inspirar confianza a sus hijas pretenden que cuenten con ellos en el momento de enfrentarse a algo tan delicado? Quienes hayan sido buenos progenitores, no deberían preocuparse: sus chicas se lo contarán todo. Y en cuanto a los otros, que carguen con las consecuencias de sus actos.