Desde lejos

Mi Armstrong

Reconozco que tenía el corazón dividido. He sido seguidora de Lance Armstrong durante siete años. Disfruté con sus triunfos y sus hazañas, con su manera de correr dejándose la piel a pesar de tener la victoria asegurada, con su imponente pedalada en la montaña, sus escapadas y batallas, su implacable seguridad en las etapas contrarreloj. Pero ¿cómo no apoyar también a Alberto Contador, tan valiente, tan peleón, tan espléndido? Un hombre joven, de sólo 27 años, capaz de formar parte de ese club exclusivo de ganadores de las tres grandes carreras que únicamente componen cuatro corredores legendarios, Anquetil, Hinault, Gimondi y Merckx.

Pero confieso que, desde el domingo, me siento fascinada por el español. Le vi ganarse la etapa pedalada a pedalada, con esa escapada llena de coraje y esa resistencia física y mental que le llevó a la victoria en contra de la estrategia de su propio equipo. Y vi con tristeza cómo Armstrong se iba quedando atrás y llegaba por primera vez a meta exhausto y descompuesto. Quizá, tuve que admitir, sus muchos años de gloria hayan terminado.

No sé qué pasará estos próximos días. Espero que Contador sea capaz de mantener su fortaleza en la etapa de hoy, a lo largo de los dos interminables Saint-Bernard. Y que pasado mañana, en la contrarreloj de Annecy, flote ingrávido sobre el asfalto. Espero que se ponga el maillot amarillo el domingo en París. Le aplaudiré y lanzaré besos a la pantalla. Pero les aseguro que en mi corazoncito de aficionada al ciclismo, siempre habrá un hueco enorme para Armstrong. Y que le veré despedirse con pena y agradecimiento.