Educar

Algunos menores violan a dos crías. Conmueve pensar en el sufrimiento de esas pobres niñas. Pero también en la confusión de esos muchachos a los que probablemente nadie ha enseñado a distinguir el bien del mal. Vivimos en una sociedad hipererotizada, en la que la mujer es presentada demasiado a menudo como un mero trozo de carne, un objeto para ser consumido por los varones, igual que unas deportivas o un coche. Y el sexo se nos ofrece como la satisfacción del deseo, sin más consecuencias. Una fórmula utilitaria que puede estar muy bien si es practicada por adultos libres e iguales, pero que sin duda crea un enorme caos en la mente de muchachos mal educados y, para colmo, con las hormonas a flor de piel y unas tremendas ganas de imitar a los mayores y a los héroes mediáticos que, por lo que se ve, follan sin parar.

Y es que educar bien no consiste en enseñar a los niños a usar la pala del pescado. Ni a hacer logaritmos. Educar bien es, creo, un largo proceso en el que deberíamos esforzarnos en convertir a nuestros hijos en seres éticos –otros preferirían decir morales–, en personas conscientes de su responsabilidad con el mundo. Supongo que hay muchos padres que lo intentan. Pero lo que triunfa es la lucha a dentelladas, la competitividad sin freno, el egoísmo absoluto.
Proponemos a nuestros críos ese modelo lleno de violencia del que todos formamos parte, unos obedientemente y otros con pasión. ¿Y luego pretendemos encerrarlos en instituciones cuando se saltan las normas que nadie les ha explicado? ¿No habrá que empezar por educar? ¿Y no deberíamos, antes de nada, educarnos a nosotros mismos?