Desde lejos

El caso Polanski

Adoro las películas de Polanski. El baile de los vampiros, La semilla del diablo, Chinatown, Tess o El pianista figuran en la lista de los filmes de los que más he disfrutado en mi vida. Pero mi admiración por el cineasta no tiene nada que ver con mi condena al violador y pederasta. El delito por el que ha sido detenido en Suiza, permaneciendo a la espera de que los jueces decidan sobre su extradición a Estados Unidos para ser juzgado allí, es especialmente repulsivo.

Un día de 1977, Polanski conoció en Los Ángeles a Samantha Geimer, una cría de 13 años, a la que propuso hacer unas fotos para el Vogue. La niña, deslumbrada por semejante oportunidad, aceptó. Somos muchísimas las mujeres que, a diferentes edades, hemos vivido situaciones semejantes. Tipos que nos consideran a todas prostitutas, supongo, y que, aprovechándose de su influencia, te hacen una propuesta amistosa o profesional que luego se convierte en una encerrona. En el caso de Samantha, la trampa fue fatal: Polanski la emborrachó, la drogó y la violó.

Muchas personas han salido ferozmente en su defensa. Cineastas, actores, intelectuales y hasta el ministro de Cultura francés exigen que se le libere. Tiene 76 años, arguyen (edad que no le impide seguir presumiendo de frecuentar a menores). Aquello pasó hace mucho tiempo, como si los años pudieran borrar semejante atrocidad. Y además –y sobre todo– es un genio. Pero ningún genio está exento por el hecho de serlo de que la ley caiga sobre él, especialmente cuando el crimen que ha cometido es tan asqueroso como la violación de una menor. Se puede ser a la vez un genio y un cabrón.