Desde lejos

Abusos

Siempre me ha espantado la facilidad con la que se puede abusar del poder. No importa a qué niveles: la madre que maltrata a sus hijos pequeños, el hombre que maltrata a una mujer más débil físicamente que él, el jefe que maltrata a sus subalternos, los estados que maltratan a sus ciudadanos... La cadena es interminable. Infinidad de seres humanos tienden a aplastar a otros en cuanto pillan una migajita de poder, como si se vengaran de todas las humillaciones a las que a su vez les ha sometido la vida. O, simplemente, como si disfrutasen ejerciendo la crueldad.

Cuanto más vulnerable es la víctima, más terrible el abuso. Nada pues más cruel que los excesos cometidos con los niños, dependientes de los adultos y por lo tanto indefensos. Cuando esos excesos son cometidos por quienes tienen la obligación moral de cuidar de ellos y protegerlos, la crueldad roza lo inhumano. Por eso me estremecen los informes que se han hecho públicos en Dublín sobre las agresiones físicas, psíquicas y sexuales que miles de niños padecieron durante seis décadas –que se sepa– en diversos internados estatales gestionados por la todopoderosa Iglesia católica.

El último informe ha demostrado que 46 sacerdotes abusaron sexualmente de centenares de niños entre 1975 y 2004. Lo más terrible es que, como ya ha ocurrido otras veces, esos criminales fueron amparados por la jerarquía eclesiástica, la Policía y hasta la fiscalía, que cerraron sus catolicísimos ojos ante esos desmanes. El único consuelo es pensar que todas esas personas que han causado tanto daño soñarán al menos, de vez en cuando, con los eternos castigos del infierno.