Desde lejos

Abandonar a los viejos

Otra residencia de ancianos clausurada en Sevilla. No sólo no tenían licencia, sino que además maltrataban a los viejitos. Cada vez que ocurre algo de esto –demasiado a menudo–, no puedo evitar estremecerme ante la aterradora capacidad para la crueldad que tenemos los seres humanos: violencia contra los niños, las mujeres, los disminuidos, los ancianos, los pobres, los vencidos en las guerras. No es sólo un problema de indiferencia moral. Es también un asunto de desalmada satisfacción personal: hay quien disfruta machacando a quienes no pueden defenderse, como si esa perversión les hiciera sentirse poderosos.

Pero estos asuntos de las residencias tienen una segunda parte: ahora aparecerán los familiares lamentándose y afirmando en voz muy alta que no sabían nada... Me resulta difícil creerme esa ignorancia. He tenido a dos personas cercanas ingresadas en lugares de ese tipo, y toda la familia sabíamos a diario cómo eran tratadas y cómo se sentían. Basta con fijarse en cada visita en el estado de las instalaciones, con detenerse a observar el aspecto de tu ser querido y de los demás, con fijarse en el trato de los cuidadores y, por supuesto, con preguntarles, al menos a los que aún pueden expresarse, qué tal va todo. No es tan difícil.
Pero supongo que para muchos es más cómodo abandonar allí los trastos viejos, meter la cabeza bajo tierra y hacer como que no ven lo que está ocurriendo. ¡Con la lata que dan y lo que cuestan las residencias, no van encima a preocuparse por si están bien! Y suerte que no los abandonan en mitad de las carreteras, como a los perros. Total, para lo que sirven...