Opinion · Desenredando

¿Existe el racismo inverso?

El racismo inverso es una expresión que probablemente hayas oído o incluso hayas dicho en alguna conversación relacionada con el racismo. Hoy vengo con la intención de desenredar un poquito la madeja tirando del hilo para que podamos ver si lo del racismo inverso es real o no lo es.

El racismo inverso es una de las bazas que tienden a jugar las personas blancas cuando se ven inmersas en Una Conversación Sobre Racismo y sienten que “van perdiendo”. Entiéndeme cuando digo que van perdiendo: no me planteo las conversaciones como un pulso en el que alguien gana y alguien pierde. Dejémos esos para los debates políticos televisados. Pero siento que el comodín del racismo inverso se pone sobre la mesa en el momento en el que la persona blanca siente que se queda sin argumentos y necesita contraatacar.

 

Algunos datos curiosos

Según una encuesta realizada el año 2015 en Estados Unidos, el 52% de los norteamericanos blancos consideraba que la discriminación contra ellos estaba a la par con la discriminación vivida por las personas negras y otras minorías.

En Canadá otra encuesta de 2014 reveló que la mayoría de canadienses no se consideraba racistas. El 84% incluso aseguró tener amistades de orígenes diversos; y aún así el 32% seguía haciendo comentarios racistas de vez en cuando, y un 27% estaba de acuerdo con los estereotipos y prejuicios raciales. Como puedes ver, esas ideas son contrarias, lo que nos demuestra el desconocimiento que hay sobre los conceptos más básicos sobre el racismo.

Si nos alejamos de Norteamérica y nos quedamos en España, el Observatorio Español del Racismo y la Xenofobia, en su informe sobre Actitudes hacia la Inmigración de 2015, deja datos como que entre el 54% y el 69% de los españoles considera que los inmigrantes perciben mucha o bastante ayuda estatal; que  entre el 60 y el 70% de los españoles consideran que los inmigrantes reciben más de lo que aportan.

También se dice en el informe que “la percepción de que otros grupos desfavorecidos diferentes a los inmigrantes perciben menos ayudas y que los inmigrantes reciben más de lo que dan, se podría corresponder con una actitud del tipo de racismo moderno o simbólico, que expresaría que la población percibe a los inmigrantes como competidores en la lucha por los recursos escasos, en comparación con otros grupos desfavorecidos (personas mayores que viven solas, pensionistas o parados) a los que otorgan mayores derechos para el acceso a las ayudas estatales”.

Otra cosa que recuerdo es que, con ocasión del documental “Manzanas, pollos y quimeras” de la directora de cine Inés París, la cineasta comentaba que habían salido a la calle a preguntar a la gente cuatro cuestiones: si conocían a alguna mujer africana, cómo creían que llegaban las mujeres africanas a España, qué nivel o formación académica creían que tenían las mujeres africanas que llegaban al territorio, y si consideraban que España es un país racista.

Las respuestas de la mayoría de gente fueron, en relación con la primera pregunta, que muy pocas personas conocían personalmente a mujeres africanas. Con relación a la segunda y tercera pregunta, la mayoría de la gente respondió que la mayoría de mujeres africanas llegaba a España en patera y que su nivel académico era básico o que eran analfabetas. Pese a estas respuestas, a la última pregunta respondían que España no es un país racista.

Como en Estados Unidos y Canadá, se nota que la gente, pese a que no se considera racista, cree en los estereotipos raciales. No hay más que ver las respuestas. Y, pese a esto, siento que los resultados en España están incompletos. Los resultados se refieren únicamente a las personas migrantes, y no tienen en cuenta a las personas españolas no blancas, ni a la opinión que las personas españolas blancas tienen de ellas, de nosotras. Aunque, pensándolo mejor, es muy probable que nos metan en el saco de “inmigrantes” a todas y listo.

 

La amenaza de las reivindicaciones

Algunas personas blancas se siguen poniendo muy a la defensiva cuando los grupos minorizados verbalizan sus opresiones (piensa un poco en lo que pasa con algunos hombres cuando las mujeres hablan del feminismo). Seguramente la fragilidad blanca tenga algo que ver. Les impide darse cuenta de que las personas que nos dedicamos al activismo antirracista, más que querer la división, lo que hacemos es luchar por la igualdad de todos los colectivos.

Hay hombres que se sienten tan profundamente amenazados por el feminismo que, además de extender por doquier el calificativo de feminazi sobre cualquier mujer feminista, sienten que el feminismo pretende su aniquilación. Tienen sus privilegios tan asumidos y arraigados, que la igualdad entre géneros les resulta opresiva. Pues con la raza pasa lo mismo: hay personas blancas que tienen muy asumida la desigualdad racial, y como a ellas esa desigualdad les resulta favorable, cualquier intento de las comunidades racializadas de luchar por la igualdad les suena a discriminación y opresión contra sí mismas. Y ahí es donde claman al racismo inverso.

Lo que olvidan estas personas blancas es el hecho de que ellas no sufren opresión cuando un grupo desfavorecido gana derechos que ellas siempre han tenido. En serio. No es opresión. Es solo eso: adquisición de derechos. Es reparación en consecución de la igualdad.

Cualquier conversación en la que la blanquitud no es el centro se interpreta como anti-blanca o como inversamente racista

Esa sensación de amenaza se percibió claramente en 2016, cuando muchas personas racializadas en Twitter participamos en la iniciativa propuesta a través de la etiqueta #EstadoEspañolNoTanBlanco para mostrar que hay personas españolas de todos los colores. Las personas que se sintieron amenazadas por esta iniciativa mostraron mensajes muy claros de rechazo a quienes lo hicimos. Comentarios claramente racistas y amenazantes, por supuesto, ya que muchos entendían que la iniciativa era una clara muestra de racismo inverso.

 

Los ejes del racismo

Bien, veamos. El racismo como construcción social -ya aclaramos que, biológicamente, las razas no existen- está basado en los ejes de poder y opresión ejercidos históricamente. Ambos, poder y opresión se han ejercido desde una posición de privilegio sobre personas no blancas. Así que seamos sinceros: las personas blancas no han sido colonizadas, vejadas, violadas, perseguidas ni esclavizadas en la proporciones y con la sistematización con que lo han sido las poblaciones no blancas durante siglos. Por lo tanto no tiene sentido comparar sus experiencias con las de los pueblos africanos o indígenas de Abya Yala o nativos americanos.

Voy a ir más allá: incluso aunque todas las personas no blancas dijésemos que odiámos a la gente blanca, ¿afectaría eso de alguna manera a esas personas, más allá del impacto emocional? Cuidado, no digo que el impacto emocional sea poca cosa, ¿pero les impediría acceder a la educación, a un trabajo digno, al sistema de salud, a conseguir una vivienda? ¿Les supondría eso ser objeto de detenciones policiales por perfil étnico? ¿Incrementaría sus posibilidades de ser detenidos o acusados por crímenes aunque no los hayan cometido? No, no tendría ese impacto.

Sin embargo, cualquier conversación en la que la blanquitud no es el centro se interpreta como anti-blanca o como inversamente racista… cuando me parece más una cuestión de egos heridos por haber sido desplazados (del centro). Lo que nos lleva de vuelta a la fragilidad blanca, que aparece en cuanto el racismo y los problemas que conlleva aparecen en la conversación y la gente se siente incómoda.

Aún así, no hay conversación sobre racismo en la que una persona blanca no lance algún argumento del estilo de “bueno, pero que los negros son incluso más racistas que los blancos, ¿eh?”.

El poder del “racismo inverso”

Otros casos en los que a mí misma se me ha acusado de ejercer racismo inverso es cuando, por ejemplo, en un hilo de Twitter interpelo a las personas blancas diciendo “Dear White People”. Ya ha habido varias personas que, ofendidas por la expresión, se han apresurado a decirme que “lo de Dear White People sobra”, o han venido a marcarse un #NotAllWhitePeople, igual que hacen los señores con el #NotAllMen.

Esa necesidad de desmarcarse la tiene quien no está acostumbrado a que se le agrupe junto a personas a quienes no eligió voluntariamente, a diferencia de lo que ocurre con las comunidades minorizadas. Es lo que tiene el privilegio de la individualidad. Por eso cuando yo hablo de personas blancas y sus conductas debo concretar para no ofender, pero yo oigo constantemente frases acusatorias que empiezan con un “es que vosotros los negros…”. ¿Se aprecia la diferencia?

Es como considerar ofensivo algo como “Dear White People”, cuando esa misma gente blanca puede que se refiera a las personas negras como negrata, negro de mierda e insultos similares. No hay un equivalente tan ofensivo como la n-word para personas blancas.

Vayamos terminando. No voy a negar el hecho de que haya personas no blancas teniendo comportamientos que puedan hacer sentir mal a gente blanca (párate un momentito, eso sí, a considerar por qué). Aún así, descarto el hecho de que hacer sentir mal a la gente blanca sea racista o sea un acto de racismo inverso.

Yo te pediría, si eres una persona que quiera jugar la carta del racismo inverso, que te pares un momentito a reflexionar, chiqui. Piensa si alguna vez te has tomado el tiempo para estudiar o para comprender verdaderamente qué es el racismo y cómo afecta a las diferentes comunidades sobre las que se ejerce. Y si, aún así, no lo entiendes, te recomendaría que vieras este vídeo del cómico Aamer Rahman para acabar con cualquier tipo de duda y concluir que el racismo inverso, efectivamente, no existe.