Opinion · Desenredando

Cuatro razones por las que los autocuidados emocionales son importantes en el activismo

Estamos  a punto de cerrar mayo, el mes de la concienciación sobre la salud mental que, aunque empezó a celebrarse en los Estados Unidos de América, cada vez tiene más eco en otras partes del mundo. Y no quería yo cerrar este mes sin hablar sobre los autocuidados emocionales en el mundo del activismo aprovechando la ocasión.

La reivindicación y la celebración de que las personas negras somos fuertes y resistentes, de que nos crecemos ante la adversidad y la transformamos, igual que hicieran nuestros ancestros está bien, pero solo en parte. A veces me parece una trampa en la que nosotras, como comunidad, caemos creyendo que estos estereotipos nos empoderan. Pero tal vez no lo hagan y, en realidad sean dañinos.

Con esta necesidad de creer en esa fortaleza, no solo física sino también mental, negamos nuestra humanidad, y minimizamos los efectos del trauma racial sobre nuestra salud emocional. Y, ojo, puede que lo hagamos por una simple cuestión de supervivencia; pero esa supervivencia es a costa de nuestro propio dolor y sufrimiento, por eso deberíamos dejar de hacerlo.

Foto de Samuel Martins en Unsplash

No voy a ahondar en cuestiones de salud mental, porque no es algo de lo que yo pueda hablar con conocimiento más allá de lo que leo y aprendo de otras personas activistas. Así que me limitaré a decir que, puesto que vivimos inmersas en la supremacía blanca, la salud mental asume la misma narrativa. Por lo tanto ignora y excluye a las personas negras que, en muchos casos tenemos mayores dificultades de acceso a los servicios y recursos, sobre todo si la situación administrativa es entendida como irregular por el estado español que, entonces, niega el acceso a un sistema de salud que deja de ser gratuito y universal.

Negamos nuestra humanidad y minimizamos los efectos del trauma racial

Durante un tiempo en el que me encontré bastante estable a nivel emocional, decidí que los jueves, en Instagram, me ofrecería como espacio de escucha, contención y apoyo a personas negras con algo tan sencillo como publicar el sticker de pregunta y publicando lo siguiente: “Para mis personas racializadas, ¿cómo te encuentras hoy?”. No soy psicóloga ni pretendo serlo, evidentemente, pero decidía ponerme al servicio de personas de la comunidad afro -u otras etnicidades- que se sienten solas y emocionalmente frágiles y que en su entorno más cercano no tienen la posibilidad de sentirse escuchadas sin juicio para poder desahogarse.

Las críticas de personas blancas que no entendían la necesidad de este espacio no tardaron en llegar. No se entendía mi ofrecimiento, ni que las personas racializadas muchas veces quedamos excluidas de los sistemas de salud mental, no solo por limitaciones económicas, sino también por barreras culturales. Y que, además, muchas veces, cuando recibimos atención, se trata de una atención de mala calidad e incompetente para muchas de nosotras ya que la gran mayoría de profesionales de la psicología no incorpora perspectiva de raza y, desafortunadamente, la existencia de profesionales de nuestras mismas etnicidades es prácticamente nula. Otro obstáculo más, ya que puede ocasionar que el racismo se cuele dentro de la terapia; por lo tanto, no estamos a salvo. Eso puede ahondar el daño psicológico si la persona terapeuta blanca despliega toda su fragilidad blanca sobre nosotras.

Así que el artículo de hoy está dirigido a las personas de mi comunidad y de otras comunidades minorizadas que sufren los estragos de la supremacía blanca y el racismo para que, en la medida de lo posible, y con los recursos de que disponemos, nos autocuidemos y nos cuidemos entre nosotras a nivel comunitario, para intentar preservar en la medida de lo posible una salud emocional adecuada que nos permita afrontar el impacto devastador que implica vivir en constante discriminación en nuestros entornos.

Hablemos abiertamente sobre salud mental.

Tenemos que llegar a la comprensión de que la salud mental también se convierte en un problema de justicia social, pero tenemos que lograr romper las barreras establecidas para encontrar la ayuda que necesitamos. Tengamos en cuenta que quienes parecen más fuertes son, en ocasiones, quienes corren más riesgos. En los espacios activistas, cuidémonos y compartamos la carga.

Compartamos los contactos servicios de salud mental culturalmente competentes 

Desafortunadamente en España tenemos pocos recursos a nuestra disposición; pero si conoces alguno, compártelo. Sería maravilloso poder crear un directorio de profesionales de la salud mental de origen diverso que incorporen la perspectiva de la racialización en sus tratamientos. A día de hoy sé que desde el Espacio del Inmigrante, en Barcelona, se ofrece un servicio de atención psicológica, presencial y gratuito; pero si hay más iniciativas así en el territorio español, valdría la pena saberlo.

Practiquemos los autocuidados

No me canso de decirlo en mi cuenta de Instagram. Los autocuidados son importantísimos, sobre todo para las personas dedicadas al activimos antirracista. El cuidado personal, el amor propio… son actos de resistencia radicales en un sistema supremacista que nos quiere doblegadas.

Es necesario que respetemos nuestros propios límites y aprendamos cuándo debemos retirarnos, porque podemos hacerlo y no deberíamos olvidarlo. No tenemos por qué estar siempre al pie del cañón.

Apoyemos las competencias de asesoramiento en justicia social y multicultural

Sería genial luchar para descentralizar y descolonizar los modelos de supremacía blanca de la salud mental y el tratamiento, buscando, investigando y aprendiendo de otras fuentes de conocimiento; fuentes de conocimiento de las comunidades marginadas y desatendidas, sobre sus creencias sobre la salud mental, la curación y sobre las necesidades de la comunidad.

Y, único consejo para personas blancas. Si te dedicas profesionalmente a la salud mental, trabaja para que tu práctica sea antirracista. Aprende sobre el impacto de la raza y el racismo en tus pacientes de otras etnicidades y familiarízate, de forma que puedas ofrecer los servicios que las comunidades oprimidas necesitan.