Desenredando

#NoTodasLasAgresiones

Protesta antirracista en Barcelona en junio de 2020 a raíz del asesinato de George Floyd en Estados Unidos.- LLUIS GENE AFP

El sábado por la noche en Granada, un hombre joven sufría una agresión a manos de otros tres hombres. El  joven agredido se llama Adil y es marroquí. Y la paliza se la dieron tres jóvenes españoles precisamente por eso. Es decir: Adil sufrió una situación de violencia por el hecho de ser una persona racializada.

Adil contactó con Safia Eladdam por Instagram para pedirle ayuda. Estaba confundido y no quería denunciar porque su situación administrativa es irregular. Y, siendo esa su situación, Adil sabe que entrar en una comisaría de policía con la intención de denunciar puede acabar volviéndose en su contra, debido a su situación irregular.

Esto es lo que le pasó a una mujer hondureña en 2019, en la Comunitat Valenciana: cuando entró en una comisaría para denunciar una agresión a manos de un hombre, los agentes que la atendieron no solo no le permitieron interponer la denuncia, sino que le abrieron un expediente de orden de expulsión.

Revictimización y violencia institucional

Las personas racializadas tenemos dificultades para confiar en los Cuerpos y Fuerzas de seguridad y en la justicia. Seguro que muchas mujeres feministas lo entenderán: a las mujeres nos cuesta en muchas ocasiones confiar en que, ante un caso de violencia machista, se nos atienda adecuadamente.

Las mujeres sabemos que hay una alta probabilidad de que, al ir a denunciar a la Policía, nos atienda un hombre. Si ese hombre no tiene formación en perspectiva de género, puede que nos encontremos ante una nueva situación de maltrato o que, en el peor de los casos, se nos anime a desistir de interponer la denuncia. Las mujeres también sabemos que, si nuestra denuncia llega al juzgado y, de nuevo, quien juzga es un hombre, nos podemos encontrar con que el veredicto sea que no se encuentran indicios de violencia machista. Y todo esto sucede, como bien sabemos, porque el sistema judicial es patriarcal y machista, y tiende a culpabilizar a la mujer por haber sufrido la agresión en función de su comportamiento o de cómo iba vestida. Lo hemos visto ya demasiadas veces.

Teniendo esto presente, tendríamos que ser capaces de trasladarlo a la violencia racista y entender que ese mismo sistema que es patriarcal y machista, también es racista. Estamos hablando de un sistema (policial y judicial) conformado en una amplia mayoría por personas blancas sin ninguna perspectiva antirracista y —lo que es peor aún— con el convencimiento absoluto de que en España no existe el racismo ni nada que se le parezca. Con este panorama, lo más comprensible es que a cualquiera que sufra una agresión racista, se le quiten las ganas de denunciar. Porque además, cuando denunciamos, en pocas ocasiones el fallo es en nuestro favor, y aquí hablo desde la experiencia personal por lo que me sucedió hace cinco años cuando denuncié insultos racistas.

¿Justicia para quién?

No todas las agresiones reciben el mismo trato. Ni legal, ni policial ni socialmente.

Adil representa a muchas personas racializadas y migrantes del sur global, es decir, de territorios empobrecidos. Y hago la precisión porque tengo la sensación de que la reacción de la policía y de la justicia es diferente ante la denuncia de una persona extranjera de un país europeo y la de una persona extranjera de un país de Abya Yala, africano o de Asia del sur.

Es muy difícil confiar en la justicia cuando existe el sentimiento de que no nos protege a todas las personas por igual. Es muy difícil creer en una reparación justa cuando ir a denunciar puede suponer una exposición a un riesgo mayor, como el riesgo de expulsión. Es complicado creer que estos actos van a ser castigados cuando la propia legislación española vulnera la protección de las víctimas de delitos permitiendo la apertura de esos expedientes de expulsión. Y, a pesar de que el Defensor del Pueblo ha instado hasta en tres ocasiones al Ministerio del Interior a asegurar que las víctimas extranjeras en situación irregular puedan interponer denuncias sin miedo a ser expulsadas, Grande Marlaska prefiere hacer caso omiso.

La responsabilidad de los medios

Este fin de semana teminaba el libro Todo sobre el amor, de bell hooks, cuya lectura aprovecho para recomendar. En el libro, hooks habla de cómo se trató en la prensa estadounidense de un joven asiático que llamó al timbre de una casa y fue recibido por un hombre blanco adulto que lo asesinó de un balazo. La escritora comenta lo siguiente:

«Posteriormente, los medios de comunicación informaron de la noticia con ligereza, hablando en tono distendido y casi satisfecho, como si no hubiera ocurrido ninguna tragedia, como si el sacrificio de una vida joven fuera necesario para defender el valor de la propiedad privada y el honor patriarcal de los blancos. Se anima a los espectadores a sentir simpatía por el hombre adulto y blanco, porque a fin de cuentas solo había cometido un error (...) La historia se cuenta de manera que los espectadores puedan identificarse con la persona que cometió un error».

A esto yo lo llamo supremacía blanca. Al hecho de que los medios de comunicación traten con ligereza, todas estas cuestiones y no se llamen por su nombre, minimizando su gravedad y sus connotaciones violentas y discriminatorias. Todas estas agresiones son agresiones racistas y deben calificarse como tal. No hablemos de casos aislados. No digamos que son comentarios desafortunados ni equivocaciones. Son expresiones de la educación racista que recibimos, y que perpetuamos y legitimamos en el momento en el que no la condenamos. También hay que pensar en esto.

Hablemos también de la movilización social

En última instancia, quiero hablar de la reacción de la población. Más allá de las cuestiones legales, también hay una diferencia sustancial en la movilización social cuando la víctima es una persona racializada. Pasó con Eleazar y pasó con Younes. Pasó también con las jornaleras de Huelva poco después de la manifestación contra la sentencia de La manada: ¿quién se moviliza? Una pequeña minoría.

No quiero que se me malinterprete: no estoy diciendo que cuando haya una agresión machista no haya que llenar las calles. No estoy diciendo que dejemos pasar las agresiones homófobas. Lo que estoy diciendo es que es hora de materializar, pero de verdad, que si tocan a una nos tocan a todas, porque parece que cuando tocan a una racializada, importa menos.

Alejémonos de la perfomartividad

Con esto quiero hacer una invitación: abandonemos el antirracismo performativo y pasemos a la movilización. No sirve de nada llenar las redes con cuadraditos negros cuando asesinan a un hombre negro en los Estados Unidos, ni pedir #AsiloYa para las mujeres afganas, si cuando sucede una agresión racista a la vuelta de la esquina, en nuestro propio país, permanecemos impasibles. Eso es activismo de mentirijilla y no sirve.

Adil sufrió un ataque racista que quedará impune, al menos a nivel legal. Independientemente de que Adil denuncie o no, este acto no debería quedar impune a nivel social, y debería recibir el rechazo de todas las personas que están en contra de la violencia.

Dicho queda.