Desenredando

El 8M y la instrumentalización de las mujeres racializadas

Imagen de archivo. Manifestación en protesta contra el asesinato de George Floyd.- Stephanie Keith / ZUMA Wire / dpa

Hoy reflexiono sobre las sensaciones que me suscitan los actos de conmemoración el 8 de marzo, año tras año. Pienso en por qué y cómo participo en determinadas actividades, y también pienso cómo el resto del año las instituciones y organizaciones que me invitan se olvidan nosotras, las mujeres racializadas. Así que hoy toca hablar de la instrumentalización que, desde el feminismo hegemónico, se ejerce sobre las mujeres racializadas.

Si tengo que pararme a pensar en qué significa el 8M, me siento transitando sentimientos encontrados. Y este año, además de todo lo que está pasando a nivel mundial, la cercanía del 8M suma más sensación de agobio. Para que se me entienda, me explico.

El 8M me sobrepasa porque es una de las veces del año en las que muchas entidades feministas [blancas] me contactan porque quieren que participe en sus eventos o quieren entrevistarme. Generalmente quieren que su acto sea interseccional; porque, ya sabemos: «el feminismo será interseccional o no será» —o eso dicen—, y no se puede organizar un debate interseccional a menos que una de las invitadas sea una mujer racializada.

Y digo «eso dicen», porque quieren que el evento sea interseccional, pero lo que quieren es hablar de experiencias personales. Quieren que explique anécdotas. Quieren la exposición, ante un grupo más o menos numeroso de personas blancas, de mis vivencias con el racismo. Que cuente lo que vivo. Eso se llama instrumentalización. Me pasa a mí y les pasa a otras muchas mujeres negras y racializadas. Porque si yo me niego a ir, contactarán con otra hermana, con otra compañera que diga que sí. Y a mí eso me quita las ganas de participar en actividades por el ocho de marzo.

Además de participar en actos y eventos, hay organizaciones que me piden que me sume a sus iniciativas. Que movilice a mi comunidad en redes sociales para que se unan a sus actividades. Pero no hay reciprocidad. Porque, ¿dónde están tan solo trece días después, el 21 de marzo? ¿Por qué el 21M no están apoyando las manifestaciones contra el racismo? ¿O es que ahí la interseccionalidad no opera? Claro, cuando el racismo no afecta, hay personas que no entienden por qué deberían manifestarse. La respuesta es bastante sencilla: porque es una injusticia social —como el machismo y la misoginia— que también hay que eliminar porque impacta en la vida de millones de personas.

El 8M me entristece. Veo a todas esas feministas [blancas] denunciando la alianza performativa de muchos hombres.  Insisten en que no van a aceptar sus felicitaciones. Veo a muchas feministas señalando a todos esos hombres que van de aliados, y llamándoles la atención porque durante el resto del año no se significan contra el patriarcado. Observo cómo les dicen que no piensan asistir a mesas sobre feminismo organizadas por hombres... pero ellas me quieren en sus mesas sobre feminismo organizadas por feministas blancas que durante el resto del año no se interesan por el antirracismo. Y me entristece que no vean que muchas veces desde el feminismo hegemónico hacen lo mismo: performar la alianza con las mujeres racializadas, cuando en realidad, en muchos casos lo único que hacen es instrumentalizarnos para su propio beneficio.

La instrumentalización de las mujeres negras es constante. El feminismo hegemónico nos suele utilizar como su cuota, su token, su negra en la mesa. Así se aseguran de que nadie les dirá que su evento es demasiado blanco. Ya tienen «la nota de color» que les permitirá decir que su actividad no es tan blanca, porque me invitaron a mí o a cualquier otra mujer negra (pero solo a una, para salvarse del escarnio, porque dos ya son demasiadas mujeres negras).

Otro tema es el papel que se nos concede en esos espacios. El feminismo hegemónico —la blanquitud en general— quiere que expliquemos anécdotas. «Explícanos cuándo fue la última vez que te pasó [inserte una situación racista aleatoria]». Estamos invitadas para exponer nuestro sufrimiento, para obligarnos a hurgar en nuestras heridas, a revivir traumas que no sanan.. Eso es utilizarnos, exponernos, exhibirnos. Eso es promover la pornografía de nuestro sufrimiento y de nuestro dolor, algo que no queda nada lejos de las prácticas coloniales de antaño, de los zoológicos y circos humanos. Estos eventos son los circos y zoológicos del siglo XXI. Y el colonialismo ya fue. 

Eso es para lo que se nos requiere. No se nos quiere denunciando el privilegio blanco. No se nos quiere hablando de cómo el feminismo hegemónico contribuye a sostener un sistema supremacista blanco que no quiere reconocer que le beneficia. Y no es una cuestión novedosa. No señalamos nada que no se haya señalado antes. Ya lo hicieron Angela Davis o bell hooks en Estados Unidos o Esther (Mayoko) Ortega en España. Sin embargo el mensaje les suena a nuevo porque antes no estaban escuchando. Y cuando señalamos la supremacía del movimiento feminista, como no quieren escuchar, intentan desacreditarnos y acallarnos diciendo que generamos división en El Movimiento. Porque tenemos que ser feministas, pero como ellas quieren. Y así no es.

El exceso y el solapamiento de invitaciones alrededor del 8M con las que las mujeres negras y racializadas nos vemos inundadas se convierten en soledad el resto del año. Después del 8M ya no somos útiles para el feminismo blanco. Pasado el 8 de marzo volvemos a ser prescindibles. Ya nadie necesita que expliquemos ninguna experiencia. No somos útiles en ningún evento más. Se siguen organizando eventos feministas que vuelven a ser blancos prácticamente en su totalidad y a la mayoría de gente le cuadra. Y por otro lado, se quedan al margen de denuncias; no se suman cuando denunciamos los abusos que sufren las mujeres racializadas. Se hace el silencio. Es descorazonador.

Esta sensación desoladora es la que me hace observar otro ocho de marzo más desde el escepticismo y que cada vez tenga menos ganas de conmemorarlo.