Desenredando

Manifestémonos también contra el racismo

Concentración contra el racismo en Cartagena (Murcia).- DIMA / Europa Press

Hoy es 21 de marzo, el Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial, conocido popularmente como Día contra el racismo, y se celebra anualmente desde su proclamación por la ONU en 1966 para conmemorar que en ese mismo día del año 1960, la policía de Sharpeville, en Sudáfrica abrió fuego contra las personas que participaban en una manifestación pacífica contra la ley de pases del apartheid y asesinó a sesenta y nueve personas. Ha llovido mucho desde entonces, lo que persiste es la voluntad  de desmantelar el sistema racista, y eso requiere de la participación activa de toda la sociedad; de ti, que estás leyendo este artículo, también.

No es suficiente con no ser racista

Por más veces que se haya dicho esto, por más que lo hayan dicho activistas de la talla de Angela Davis, hay que seguir insistiendo: no ser racista no es suficiente. No lo es, porque el sistema en el que vivimos sí es racista. El problema es que ese racismo en sus formas más sutiles, se tiene identificado como la neutralidad, porque no afecta a la mayoría privilegiada, es decir, a las personas blancas.

No me canso de hacer la comparación —por más que me gustaría no tener que hacerla y que se comprendiera sin más— con el patriarcado y el machismo. La supuesta neutralidad es patriarcal y misógina y perjudica a las mujeres, porque el sistema en el que se nos educa y vivimos está diseñado para privilegiar a los hombres a través de leyes y costumbres. Es tiempo ya de entender que el racismo se erige como otro sistema jerárquico que crea desigualdades entre las personas, privilegiando en este caso a las personas blancas o con privilegio blanco, y perjudicando al resto.

La necesidad de la educación antirracista

Desfacer el entuerto no es fácil. Son siglos y siglos de imposición de un sistema que se sirve de la discriminación racial para justificar su progreso; y que, lejos de desaparecer, como creen algunas personas que ha sucedido, se sofistica para poder mantenerse.

De hecho, el sistema es tan sofisticado que convierte las desigualdades y las injusticias en imperceptibles, y por eso se sigue manteniendo. Porque no detectamos las situaciones de opresión racista. No nos parece extraño que en el sistema educativo solo aprendamos lo que hicieron personas blancas; el feminismo hegemónico reclama la presencia femenina, pero reclama la presencia femenina blanca la mayoría de las veces. Tampoco nos parece extraño que la policía pare por la calle sin motivo a personas negras y racializadas a pedirles su documentación, por el simple hecho de estar en el espacio público. Solo a las personas negras y racializadas se les pide que justifiquen su presencia sin que haya habido ningún incidente que lo requiera; en ese caso la mayoría de gente pasa mirando y pensando que «algo habrán hecho si les están pidiendo los papeles».

Todavía hay cantidad de personas que no saben qué es un CETI (Centros de Estancia Temporal de Inmigrantes) o un CIE (Centro de Internamiento para Extranjeros), ni la vulneración constante de derechos que se producen en ellos. Y hay un enorme desconocimiento sobre los vuelos de deportación y cómo se transporta a las personas deportadas; pero una gran mayoría cree que eso es lo que toca hacer con las personas que llegan al Reino de España sin papeles: deportarlas.

Para aprender sobre todas estas cuestiones es fundamental la educación antirracista. Y no, no está incluida en el currículum ni aprobada por el Ministerio de Educación en la mayoría de los casos. Y mal que me pese, todavía tiene que pasar mucho tiempo para que lo esté.

El racismo es una realidad

Y afecta la vida de muchas personas en muchas formas diferentes y en muchos ámbitos. Y hay que implicarse para cambiar esa realidad. Hay que luchar para lograr entornos con una mayor justicia social en los que la violencia racista deje de ser una constante.

Y esta implicación no solo interpela a las personas cuyas vidas se ven atravesadas por el racismo. Es necesario que todas las personas que conviven en sociedad se arremanguen y pongan de su parte. Como decía Desmond Tutu: «Si eres neutral en situaciones de injusticia, has elegido el lado del opresor». Así que el no ser racista y creerse neutral, es contribuir a que las situaciones de injusticia se perpetúen, porque al no actuar y al no cuestionar su legitimidad, participamos en su mantenimiento.

El 21M también hay manifestaciones

Y sería maravilloso que fuesen multitudinarias. Sería maravilloso que cada año se sumasen más personas. Personas que se acercasen a los discursos antirracistas para aprender, y no para atacarlos; para preguntar cómo colaborar, y no para ponerse paternalistas y condescendientes diciéndonos qué tenemos que hacer y cómo tenemos que hacerlo, desde una posición de superioridad.

Las manifestaciones del 21M son tan solo trece días después de las manifestaciones del 8M, y también se organizan marchas en muchas ciudades de España. Sin embargo no vemos a tanta gente movilizándose, haciendo talleres para hacer pancartas. Tampoco vemos a tanta gente compartiendo la información sobre esas manifestaciones para que se difunda y más gente sepa de ellas. Todo eso no sucede. Y todo eso es significativo.

Esta inactividad, esta escasa participación ponen de manifiesto que la mayoría, blanca y silenciosa que se considera no racista, cree que el 21M no tiene nada que ver con ella y que, precisamente por eso, puede mantenerse distante, desinformada e indiferente. Lamento ser la hermana aguafiestas que viene a echar eso por tierra y a decir que solo con una participación activa contribuiremos al cambio. Todo lo que no sea sumar (participar en la calle, difundir en redes y en tu entorno si no puedes salir, revisar tu propio racismo aprendido, etc.) es contribuir, por pasiva, al sostenimiento de un sistema de desigualdad e injusticia.

Dicho queda.