Artículo del director

El rapto de Europa

Sin Europa, España sería posiblemente hoy un país retrasado, con una democracia inestable o a lo mejor ya frustrada, peleando por mantener una cierta ventaja sobre los vecinos más cercanos del norte de África. El ingreso en la Unión Europea, firmado en junio de 1986 con el Gobierno de Felipe González, representó el fin del aislamiento, la salida de la autarquía franquista y la creación de multinacionales, la incorporación al bloque más rico del mundo, el que, pese a las crecientes desigualdades, mejor reparte la riqueza. Con un peso económico y político que le sitúa entre los países medianos de la Unión, el Gobierno de nuestro país lleva años compartiendo el protagonismo con los grandes en el corazón de la política europea.

Las ayudas de la UE y los flujos de inversión han hecho de las últimas dos décadas el período más largo e intenso de progreso. Pero ahora España y Europa entera están inmersas en la crisis mundial que empezó por el hundimiento del sistema financiero. El primer impacto ha sido el predominio de los intereses nacionales frente el interés común. La zona económica más importante del mundo ha sido incapaz de afrontar unida el reto de salvar la economía.sa.jpg

La organización internacional de más éxito en la historia, integrada hoy por 27 países pertenecientes antes a bloques enfrentados, parece hoy ser más débil y estar más desunida que nunca. Por eso no es de extrañar que la campaña para las elecciones del Parlamento Europeo se haya convertido en una confusa maraña de controversias internas. Por poner algún ejemplo, en el Reino Unido estas elecciones se han convertido en un test de las generales que se celebrarán dentro de muy pocos meses. El líder conservador,  David Cameron, será el seguro vencedor y ya ha anunciado que cuando conquiste el poder una  de sus primeras medidas será un referéndum para vetar el Tratado de Lisboa.

Esta futura Constitución Europea se quedaría así en riesgo de muerte cuando el compromiso común era salvar el escollo que supuso el no irlandés. El de Lisboa no es sólo la recopilación de los sucesivos tratados que integran la construcción europea, sino, además, la ambición de poner en común la ciudadanía y el mercado laboral en un club en el que ha primado hasta ahora la libre circulación de capitales y mercancías. El déficit de los derechos de las personas es una cuenta pendiente y por eso extraña aún más que en los socios de nuevo cuño, los antiguos países del Este, hayan surgido partidos que reclaman políticas de segregación y racismo sin que el Parlamento ni la Comisión Europea hayan tomado nota de ello.

Según el mito griego, la bella fenicia llamada Europa fue raptada por Zeus, transmutado en toro, que la llevó hasta Creta para abusar de ella. La fértil Europa parió trillizos y uno de los tres regalos que le hizo el dios fue Laelaps, el cazador perfecto, un perro que nunca soltaba la presa. Los capturadores de votos que los grandes partidos europeos lanzan en sus cotos nacionales suelen ser antiguos perdedores de elecciones que se quedan sin sitio en las listas de los grandes comicios estatales. En nuestro país, estos cazavotos se han olvidado de los proyectos urgentes de Europa para  azuzarse con trajes de dudoso origen o gripes que superan las defensas de algunos militares, trofeos de
corto alcance.

El Parlamento Europeo, pese a su buen nombre, es una Cámara irresponsable que sólo tiene poderes de codecisión legislativa en algunas áreas. Tampoco los eurodiputados parecen preocupados de su escaso prestigio ni les duele su mínimo poder de convocatoria porque nunca vota ni la mitad del censo. También alguno de ellos, como el cabeza de lista del PP, Jaime Mayor Oreja, presta oídos sordos al dudoso honor de pertenecer al grupo de europarlamentarios que hace más pellas.

Hace falta más Europa, pero conservadores y socialistas coinciden en mantener al frente de la Comisión Europea a Durão Barroso, el ex primer ministro que metió hace años a Portugal en una depresión sin fácil salida. Desde que en 1995 se fue Jacques Delors, los jefes de Estado y de Gobierno han elegido para la Comisión a un presidente débil y manejable, porque así es más fácil defender los intereses nacionales. Han arrebatado el porvenir a la bella Europa.