Dominio público

Viva España

Augusto Klappenbach

Escritor y filósofo

Augusto Klappenbach
Escritor y filósofo

España es un país inclinado a la autoflagelación. Con motivos, sin duda. Los recientes casos de corrupción han proporcionado abundante material para deplorar nuestra propia imagen, aunque los comentarios dedicados a este tema no ocultan un cierto regusto morboso, sobre todo cuando se refieren a los adversarios. Lo mismo sucede con la vida política en general, con la justicia, con la limpieza de nuestras ciudades, con el funcionamiento de los servicios públicos. Y con casi todo.  La frase "¡esto solo sucede en España!" expresa este pesimismo generalizado del imaginario colectivo, aunque bien podría extenderse a la humanidad en su conjunto.

Sin embargo, las recientes elecciones europeas han dado motivos para un modesto optimismo.  En muchos países europeos la crisis ha generado movimientos de una derecha racista y xenófoba, frecuentemente antieuropea, que ha obtenido considerables resultados electorales. O partidos pintorescos de ideología imprecisa. Así ha sucedido en Francia, en Inglaterra, en Hungría, en Holanda, en Suecia, en Noruega, en Finlandia, en Alemania, en Austria y en otros países. Y en algunos casos, como Francia e Inglaterra, estos partidos han sido los más votados. En Grecia, a pesar del triunfo de Syriza, el tercer partido en número de votos ha sido Amanecer Dorado, que ha traspasado ya los límites del delito.

Por supuesto que en España no faltan ciudadanos de extrema derecha. Pero su presencia en la vida pública se limita a pequeños partidos que no logran representación en las instituciones y sobre todo a algunos grupos medianamente domesticados dentro del Partido Popular. En su lugar, la crisis ha generado aquí el nacimiento de un partido de izquierdas como Podemos que ha conseguido más de un millón de votos, cuya identidad todavía debe consolidarse pero que sin duda se trata de un partido democrático, pacífico, abierto a los inmigrantes y europeísta. El mérito de esta diferencia con respecto a otros países hay que buscarlo en el movimiento 15M, que ha sido la cantera de Podemos. Miles de ciudadanos, jóvenes y no tanto, comenzaron a hacerse preguntas sobre la sociedad en la que vivimos, a organizarse  y a exigir respuestas que los partidos políticos no daban. Mientras tanto, en otros países  la dispersión de los afectados por la crisis ha dado lugar a que muchos de ellos adoptaran las respuestas fáciles del fascismo: la culpa es los de los inmigrantes, es necesario un estado autoritario, etc. El 15 M es un movimiento sin duda poco estructurado y con sectores muy diversos dentro de sí, pero desde el principio fue un movimiento mayoritariamente pacífico que desde su nacimiento fue absurdamente acusado de socavar el sistema democrático, de agitador y violento, entre otras lindezas. Por supuesto que Podemos no representa al 15 M, pero no cabe duda de que se ha nutrido de él y que buena parte de su programa, utopías incluidas, proviene de sus asambleas.

Como sucede con su origen, Podemos es todavía una proyecto de porvenir impredecible, ya que su mérito constituye también su debilidad, en la medida en que ha sido capaz de aglutinar sectores muy diversos como estudiantes, parados, intelectuales, obreros y jubilados, cada uno de los cuales trae consigo sus propias ideologías y formas de enfrentarse a la crisis. Pero precisamente esta dificultad es la que le aporta su valor: la ruptura de la esclerosis propia de los partidos políticos y la representación de los ciudadanos ajenos a cualquier dependencia de su disciplina. El desafío al que se enfrenta consiste en saber si podrá superar el vicio tradicional de la izquierda: la intolerancia hacia cualquier opinión que no coincida exactamente con la propia, tarea especialmente importante en un partido nuevo que incluye sectores heterogéneos.

Porque el pecado original de la izquierda ha sido siempre el sectarismo, quizás porque la actitud crítica que la caracteriza –y que debe caracterizarla- termina por convertirse en una enfermedad autoinmune que se vuelve contra sí misma. Y los modestos éxitos de algunas movilizaciones recientes, como haber evitado la privatización de la sanidad en Madrid o haber evitado muchos desahucios demuestran que la presión solo tiene éxito cuando es capaz de superar los intereses de la propia parroquia. Tarea difícil, por supuesto, porque para detener esta destrucción de nuestro precario estado de bienestar es necesario algo más que acciones más o menos espontáneas: se necesita una organización política que requiere ceder poder a otros, justo lo que la actitud sectaria detesta. Para superarla hay que entender que es posible recorrer parte del camino con quienes no comparten la totalidad de las posturas propias pero coinciden en algunas urgencias. Y para ello es preciso evitar personalismos, dejar de lado objetivos propios quizás importantes pero menos urgentes y sobre todo aceptar que posibles competidores se conviertan en compañeros de viaje. Al menos tres partidos, como Izquierda Unida, Podemos y Primavera Europea, podrían formar parte de un limitado proyecto común que no exija perder la propia identidad ni someterse a los partidos más fuertes. Un proyecto del cual no puede excluirse todavía al PSOE, cuyo descalabro actual puede dar lugar a algunas novedades y que sigue recibiendo el voto de millones de ciudadanos de izquierdas, aunque sus actuales dirigentes insistan en distanciarse de ellos. Solo en el caso de que se concrete la gran coalición con la derecha propiciada por algunos de sus dirigentes podría hablarse de una exclusión total del Partido Socialista, ya que en ese caso habría dejado de existir.

Pero en cualquier caso hay que insistir en la necesidad de comprender que es indispensable una organización política que supere la espontaneidad y el asambleísmo que cumplieron su función en un momento, y que en su medida todavía la cumplen, pero que no pueden institucionalizarse como única estrategia sin caer en una autocomplacencia inoperante. No se puede dejar a la derecha la gestión de una enorme estructura institucional que tiene un peso considerable en la vida concreta de los ciudadanos. Si se quiere pasar de "interpretar el mundo a transformarlo" hay que ocupar un lugar en las instituciones, aun corriendo el riesgo de enturbiar la pureza de la propia doctrina. Lo cual no significa, por supuesto, caer en el oportunismo ni renunciar a unos pocos principios innegociables: exige tan solo establecer prioridades y dejar para mejores tiempos las reivindicaciones menos urgentes.