Opinion · Dominio público

Democracias, leyes y relatos

María García Yeregui
Historiadora

Sería interesante exponer una breve historia de los significados diacrónicos y sincrónicos, según los clásicos ejes crono y topos, encerrados en el término ‘democracia’. Comprobaríamos cómo una de las múltiples conceptualizaciones de democracia a lo largo de la historia fue, precisamente, la libertad ligada a la subversión de un orden, pero no sólo referido al del absolutismo de monarcas reales, sino al de los propietarios revolucionarios burgueses cuyo derecho de voto y, por tanto, de consideración de ciudadano, venía en virtud de la propiedad. El significado de democracia que se construyó y se hizo preponderante —borrando y olvidando que existieron otros— en relación a estas revoluciones liberales se ha enraizado, para darle historia y, por ende, legitimidad, con una de las líneas de construcción preferidas para la cultura occidental preponderante. Me refiero, por supuesto, a los renombrados griegos clásicos. Sin embargo, como decíamos, se han borrado otras que estuvieron presentes en tiempos muy posteriores a las antiguas y diversas ciudades-estado griegas aunque anteriores a que la noción de democracia fuera también objeto de pugnas según modelos de sistemas económicos, políticos y sociales durante el último siglo. Esta conceptualización a la que nos referimos era profundamente diferenciada del orden liberal instaurado que imponía su legalidad y sus límites para blindar la conquistada posición social. Ese contenido se refería a una terrible y aterradora llegada al poder, no de los ciudadanos (condición reservada según la propiedad como decimos) sino de la muchedumbre, de la plebe que había compartido con la burguesía el tercer estado del Antiguo Régimen y de la que, precisamente, querían diferenciarse también legalmente, es decir, por hecho y por derecho. La democracia fue, por esta interpretación, entendida como el aterrador ejercicio del poder de la chusma, de la turba, en definitiva, del pueblo, por fuera del relato burgués heroico que lo hizo partícipe de la violencia para después desaparecerlo como sujeto real. Eso sí, por el bien del orden, de los límites y de la mesura que no son más que eufemismos de la exclusión y los privilegios, sean nuevos o viejos.

Fue una historia de violencia, a gran escala, y de intensas represiones locales, la que acompañó a la llamada inclusión de las masas en la política, finalmente, según estructuras institucionales liberales. Por ende, pensar que tuvo lugar sin fortísimos encuadramientos de control es desconocer la historia de los mecanismos de poder. Así pues, esas formas de control siempre tuvieron relación con el impacto de enormes violencias en masa, casi siempre represivas, sistemáticas y administradas pero relatadas como si fueran consecuencia precisamente de lo contrario, del descontrol de la turba. A este respecto, luce mención de honor las interpretaciones dominantes dadas a la guerra civil del 36 en el caso español. La utilización sectaria del miedo resultante de éstas acompañan como una tenaza a los controles del sujeto masificado mediante, como decía Foucault, montones de cotidianos dispositivos de poder. Y ahora resulta que en la historia de España, “la democracia es el imperio de la ley”.

Por lo tanto, es asimilada a las reglas del orden imperante, y no tanto al gobierno del pueblo, por ende, es sinónimo de un mecanismo para mantener la ley, las reglas de juego que se refieren, últimamente es muy evidente, al orden de privilegios que incluyen las leyes hechas a la medida de algunos poderes. Y lo podemos afirmar con muchos ejemplos: los desahucios o los artículos de la sacro-santa constitución referidos a trabajo o vivienda incumplidos sistemáticamente. En última instancia, lo podemos afirmar así porque pareciera que los corruptos ligados al poder político y económico pudieran serlo sin mancillar el “imperio de la ley” porque la verdad es que la corrupción no amenaza el orden, pero los referéndums, por lo visto, sí. He aquí el quid de la cuestión, la legalidad. Una de las respuestas que siempre se olvida cuando se habla de la impunidad franquista es, precisamente, que la depuración
represiva de España se hizo con la legalidad en la mano, con la que el poder de ganar una guerra dio. A diferencia de lo que ocurrió en la última dictadura cívico-militar argentina en la que se optó por un método represivo clandestino para que la represión pudiera ser mayor a la que podría haberse llevado a cabo en aquel lugar, en ese momento, si hubiera sido con la legalidad en la mano.

En España, no hacía falta esa política de clandestinidad, más bien todo lo contrario, la coyuntura daba para que la violencia sistemática fuera acompañada por el miedo surgido, no del secreto, sino de la ejemplaridad de la ejecución y el asesinato. Por supuesto, dentro de esa legalidad del mando militar se incluyeron crímenes de guerra según doctrinas firmadas, como en toda guerra, especialmente en las modernas, en las que por esto de la lucha de la inserción de las masas en el poder político, ganaron presencia como focos de violencia las retaguardias. Pues bien, no sólo la represión de Franco fue secundada por la legalidad sino que la transición política, la económica ya se hizo durante la propia dictadura, se realizó mediante una reforma de esa legalidad por parte de sectores del propio régimen, reconocimiento que desde el stablishment actual es traducido en halagos al bautizado como “el arquitecto de la transición”. Y así, llegamos al mentado papel del monarca, repetido hasta la saciedad estos días: “renunció a su poder absoluto”. Lo dicen como si fuera una cosa excepcional porque a ver quién es el guapo de nosotros, mortales, que hubiese sido capaz de hacerlo. La grandeza de los grandes de cuna vuelve a aparecer una vez más, en contra de la rapiña de la chusma. Dentro de poco será comparado, por tal generosidad, a la Madre Teresa de Calcuta. Su papel en el 23 F será tildado de un espíritu pacifista a lo Gandhi, mientras que se acuñará que tenía un sueño que finalmente se cumplió, como Martin Luther King. Y, listo, ya tenemos la articulación ilusoria actualizada a través del bien pensante naif posmoderno, despojada de contexto y realidad por doquier.

Señoras en todo este relato, ¿saben quién está ausente? El pueblo español porque, resulta, que no fuimos pueblo hasta que él, el elegido por dios según la tradición monárquica, y, a su vez, nombrado por el que antes fuera también designado por dios, según la tradición nacional-católica, “nos convirtió en pueblo soberano”. ¡Tremendo y nauseabundo para muchísimos muertos y algunos vivos! En este relato vemos la raíz imperturbable de una narración inventada que con bases en el final del franquismo, y otras anteriores, hizo un buen trabajo en la transición: los españoles por naturaleza —como si hubiera naturalezas nacionales: pura mitología de los metarrelatos del XIX— son envidiosos, cainitas y violentos. Por esta razón han de ser controlados –a qué me recuerda… ah, sí, volvemos al monarca absoluto del XVII: los principios de estado de naturaleza de Hobbes-, encauzados, más que educados, aunque también, por un patriarca, faltaría más. Y, así, Franco, evitaba, al menos parcialmente, la caracterización en la posteridad como un sanguinario golpista —hecho, el del golpe de estado militar del 17 y 18 de Julio, cuyo parcial fracaso devino en la guerra civil; la última guerra civil, lo que es usado para retroalimentar el relato de la naturaleza violenta y el chantaje del miedo arraigado en el hecho de que hubo varias guerras civiles durante el siglo XIX; lo cual viene, a su vez, acompañado de la supuesta especificidad y excepcionalidad española respecto a Europa, como si los últimos dos siglos europeos no hubieran incluido, pongamos, unas cuantas guerras: parece un chiste macabro; hablando de memoria reflexiva: habrá que mirar al continente como lo que ha sido, de paso como lo que es, y no como la proyección antagonista de libertad y progreso histórico que se construyó desde el sufrimiento precisamente de la autarquía franquista de posguerra y que se reforzó en transición y los primeros 20 años de democracia liberal—.

Así pues, según la caracterización del tardofranquismo y la transición hegemónica: Franco pasó a ser el padre que con “mano dura, necesaria”, había conseguido doblegar la naturaleza temeraria de sus díscolos hijos, lo que propició que al morir él, pudieran convivir en democracia, sin guerra, en una modélica y milagrosa paz. Así se convierte en fábula la represión sistemática y la eliminación de miles de personas a lo largo de 40 años y, esto, nos remite a lo que planteábamos al principio sobre las violencias en masa. Pues bien, Juan Carlos I fue heredero y, como figura, reproductor de ese relato, salvador, no de la patria, sino de los españoles, al menos así lo atestiguan muchas de las opiniones versadas en periódicos y tertulias acerca de la reivindicación de un referéndum tras su abdicación a favor de su hijo.