Dominio público

¿Da lo mismo un rey que un presidente?

Augusto Klappenbach

Escritor y filósofo

Augusto Klappenbach
Escritor y filósofo

Cuando este artículo se publique, quizás tengamos ya un nuevo rey o estemos a punto de tenerlo. La fecha no tiene importancia, ya que la discusión acerca de la necesidad de convocar un referéndum sobre la monarquía no podría tener efectos prácticos inmediatos, teniendo en cuenta que los dos partidos mayoritarios –y algún otro-  habían decidido de antemano el apoyo a esa institución. De todas maneras, no está de más reflexionar sobre los resultados de la abdicación del rey, porque estamos asistiendo a los comienzos de un cambio político importante, dentro del cual no se puede excluir una necesaria reforma de la Constitución de 1978.

Los argumentos de la derecha sobre la institución monárquica son bien conocidos: la continuidad con una tradición venerable que asegura la unidad de España y la estabilidad del Estado y que  pone a salvo la nación de los vaivenes electorales. Pero existe otro argumento que proviene de sectores menos conservadores y que puede explicar la preferencia mayoritaria por el sistema monárquico que muestran algunas encuestas. Se dice que la alternativa entre un rey o un presidente tiene poca importancia teniendo en cuenta las facultades que otorga al monarca nuestra Constitución. Como el rey no tiene atribuciones legislativas ni ejecutivas, su papel se reduce a refrendar decisiones tomadas por otros o cumplir un papel representativo y protocolario. De modo que tanto da que estas funciones las desempeñe un rey o un presidente. Y previendo las complicaciones que traería aparejadas el cambio de modelo en la jefatura del Estado, más vale dejar las cosas como están, ya que los españoles tenemos problemas más urgentes, como el paro o la corrupción.

Creo que este argumento no se sostiene. En primer lugar porque las atribuciones del rey, pese a que no tiene funciones de gobierno, no carecen de importancia, sobre todo en las relaciones internacionales. El monarca ejerce frecuentemente como embajador de España, y más allá de los discursos y recepciones que impone el protocolo, se establecen en esas visitas relaciones personales con políticos extranjeros que incluyen discretas gestiones que facilitan acuerdos posteriores y relaciones comerciales. Y en la política interna también puede tener cierta importancia el papel de un mediador que, aunque carezca de competencias de gobierno, puede cumplir funciones que los dirigentes de los partidos tienen más dificultades para realizar. Por supuesto que los discursos y actividades oficiales del rey no las decide él mismo sino el gobierno de turno. Pero no resulta indiferente que la representación del Estado la ejerza una persona capaz de pensar y decidir por sí misma que dejarla en manos de un representante que se limite a repetir lo que le han dicho.

¿Es razonable dejar la elección de una persona así al arbitrio del azar? Porque ya se sabe que la herencia genética, único criterio para la elección de un rey, se construye aleatoriamente y con resultados imprevisibles. La historia se encarga de ilustrar suficientemente los problemas a los que puede dar lugar esta intervención de la casualidad, que ninguna educación es a veces capaz de compensar.  Aunque no sea este el caso previsible de la monarquía española, la decisión sobre un modelo de Estado futuro debe tener en cuenta este aspecto. Con todo respeto hacia la princesa Leonor, no sabemos todavía nada sobre las cualidades de esta niña, más allá de su simpatía, la ternura que despierta y su afición por el ballet. Y no parece precisamente una garantía la educación militar que le preparan. Aunque los errores pueden cometerse también en la elección de un presidente, los posibles desaciertos habrá que atribuirlos a nuestra propia incompetencia y no a la casualidad, ya que hemos contado con muchos más elementos de juicio en su elección.

Pero existe otra razón poco mencionada que desaconseja el modelo monárquico a la vez que  explica la predilección que ese modelo despierta en las filas conservadoras. La designación de un rey implica una garantía casi total de contar con un jefe de Estado de derechas por tiempo indefinido. Una derecha que puede ser más o menos moderada, pero en cualquier caso muy alejada de cualquier postura que pretenda poner en duda el sistema capitalista y el actual modelo de sociedad. Si bien no es imposible que un rey mantenga posturas de izquierda, debemos reconocer que es altamente improbable que suceda tal cosa.  Y no se diga que un rey o un presidente debe prescindir de cualquier ideología; sabemos de sobra que en cualquier actividad humana la ideología personal juega un papel importante, aun en el caso de que esa persona ejerza su cargo con imparcialidad y justicia. Las decisiones de un jefe de Estado, como las de cualquier mortal, surgen de una manera de entender el mundo y las relaciones sociales imposible de eliminar.

Y en cualquier caso lo que parece de elemental justicia es la consulta a los españoles acerca del modelo que prefieran. La actual Constitución fue votada en su día solo por los ciudadanos que hoy tienen más de 54 años. Y hay que tener en cuenta que esa Constitución fue el resultado de una situación histórica en la cual la libertad política estaba muy limitada: las deliberaciones se hicieron a puerta cerrada entre el ruido de sables y las presiones de poderes que poco tenían de democráticos. Hoy es necesario revalidar ese texto y preguntar a los ciudadanos acerca del modelo de Estado que prefieran, sin que eso implique –como se está tratando de hacernos creer- una caída en la anarquía y la ruptura de la convivencia.  Porque además de la elección de un jefe de Estado, la instauración de la República sería la ocasión para realizar una revisión a fondo de los principios constitucionales, que no tendría que limitarse a la elección de un presidente o la permanencia de la monarquía, sino que debería actualizar un texto que nunca ha sido reformado en profundidad en 36 años, con excepción del artículo 135, introducido con nocturnidad y sin debate previo.

En definitiva, ya que es necesario elegir jefes, es mejor que los elijamos entre todos en lugar de confiar esa tarea a un azar que merece todavía menos confianza que nosotros y a quien no le podemos pedir cuentas de sus errores.