Opinión · Dominio público

La banalidad del mal

Augusto Klappenbach

Escritor y filósofo

Augusto Klappenbach
Escritor y filósofo

La frase del título fue utilizada por Hannah Arendt con ocasión del juicio celebrado en Israel contra Adolf Eichmann, un criminal de guerra responsable de miles de asesinatos de judíos durante el régimen nazi. Arendt, que asistió al juicio como corresponsal, sostenía que Eichmann no era un monstruo psicópata, sino un burócrata obediente a las órdenes de sus jefes, que así como le ordenaban organizar matanzas de inocentes podían encargarle otras tareas administrativas. Por supuesto que esto no disminuye su culpabilidad, pero cambia la imagen que solemos asociar con el mal radical: no siempre los actos monstruosos están realizados por monstruos. Muchas veces sus ejecutores son personas más parecidas a nosotros mismos de lo que estaríamos dispuestos a aceptar.

Todo esto viene a cuento del libro de Jean Ziegler Destrucción masiva. Geopolítica del hambre (Ed. Península, Barcelona), donde describe las consecuencias de la especulación dirigida a los productos alimentarios. Como consecuencia de la crisis, que provocó la implosión de los mercados financieros, los llamados “tiburones tigre” de las finanzas migraron a los mercados de materias primas, especialmente a los agroalimentarios. Un ejemplo de tantos: en Sierra Leona, uno de los países más pobres del mundo, algunos pequeños agricultores producen desde siempre sus propias semillas y cultivan arroz, mandioca y legumbres, con cuyo producto pueden comer y enviar a sus hijos a la escuela. La empresa transcontinental Addax Bioenergy ha adquirido allí una concesión de 20.000 hectáreas de tierras fértiles para producir bioetanol, destinado al mercado europeo del transporte. Los campesinos se enteraron por rumores de que pronto van a perder los campos que cultivaban a cambio de unos pocos puestos de trabajo por los que reciben 1,80 euros diarios y que no podrán absorber a todos los agricultores de la zona, muchos de los cuales deberán emigrar a “los barrios de chabolas de Freetown, donde corretean las ratas y sus hijos se prostituyen”.

No hay que pensar que quienes han decidido esta operación financiera son personas distintas de nuestros vecinos. Seguramente se trata de honestos padres y madres de familia, cariñosos con sus hijos y con sus animales domésticos. Y hasta capaces de colaborar con alguna ONG y ayudar a alguno de sus empleados que esté en dificultades. Probablemente han elaborado un discurso que justifica sus decisiones, con argumentos del tipo: “si no lo hago yo lo hará cualquier otro”, “las reglas no las impongo yo”, “no es una decisión mía, es la política de la empresa”, etc. Pero las consecuencias de lo que hacen conducen a destrozar familias, a prostituir adolescentes, a extender el analfabetismo y a engrosar la cifra de los millones de seres humanos que mueren literalmente de hambre cada año.

Nuestra cultura civilizada abomina de los excesos. Con excepción de algunos crímenes atroces, el mal suele adoptar formas que no agreden el buen gusto de los ciudadanos. El paro, los desahucios, la desnutrición infantil, el deterioro de la sanidad y la educación no suelen mostrar sus aspectos más sórdidos en público. El mal se esconde. Y sus causas nunca se presentan como el resultado de decisiones tomadas por seres humanos de carne y hueso, sino como subproductos de una situación económica de la que nadie es responsable. Además de banal, el mal de hoy es impersonal. Y así como los ejecutivos diluyen su responsabilidad en otros, los poderes públicos justifican sus políticas en las exigencias de anónimos mercados y en instituciones que están fuera de sus competencias. Directores de bancos que siguen obteniendo ganancias importantes en medio de la crisis no dudan en dejar en la calle a familias enteras para que esos domicilios queden vacíos, mejorando, eso sí, su cuenta de resultados. Empresas transnacionales despiden a cientos de trabajadores solo para aumentar sus beneficios. Y los gobiernos se apresuran a facilitar esas decisiones adecuando la legislación a los intereses de esas empresas, aterrados por las posibles consecuencias de enfrentarse con quienes pueden decidir su futuro político.

La globalización financiera actual ha acentuado este aspecto anónimo e impersonal del mal. En la medida en que los centros de decisión se sitúan fuera del control de los estados, su impunidad aumenta y la docilidad de los gobiernos también. Y el resultado consiste en que en la primera época histórica en la cual sería técnicamente posible erradicar de este planeta el hambre y la miseria extrema, más de 800 millones de sus habitantes pasan hambre severa y son casi cinco millones los niños que mueren al año por insuficiencia alimenticia.

El mal del siglo XXI no es peor que el de tiempos anteriores. Basta con recordar la Inquisición, la esclavitud legal, las dos guerras mundiales, el holocausto o las discriminaciones de mujeres y homosexuales para convencerse de que todo tiempo pasado no fue mejor, sino solamente anterior. Y casi siempre peor. Tampoco se trata, por supuesto, de equiparar los crímenes del nazismo y los males de nuestras naciones. Es evidente que los “hombres de negro” que toman decisiones que provocan marginación y miseria no son personalmente comparables a Eichmann. Pero el carácter banal e impersonal del mal de nuestros tiempos, su ausencia de espectacularidad y dramatismo no puede hacer olvidar que las nuevas formas del mal siguen provocando consecuencias terribles, de las cuales sus ejecutores siguen siendo responsables. Con un agravante: que muchos males que en tiempos pasados hubieran sido inevitables —como el hambre— hoy podrían ser superados.