Dominio público

El factor Holbrooke

Pere Vilanova

PERE VILANOVA 

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Como viene siendo habitual, muchos se siguen preguntando qué va a hacer, o no va a hacer, el nuevo presidente de Estados Unidos. Por un lado, diversos medios y analistas han planteado los grandes temas de la agenda mundial, y entre las profecías más extendidas, destaca una: esa agenda mundial está llena de problemas y son todos de difícil solución. Por ejemplo, llama la atención que muy pocos de entre los expertos se hayan acordado de un artículo que Richard Holbrooke publicó en el número de septiembre/octubre de 2008 en Foreign Affairs, y que ahora conviene rescatar.
La primera tiene que ver con el título y el subtítulo: "El próximo presidente: gestionando una agenda
desalentadora", así como el hecho de que Holbrooke, que escribió el artículo en el punto álgido de la larga campaña electoral estadounidense, no sabía todavía quién sería el próximo presidente de Estados Unidos. El artículo es de obligada lectura.
Pero otro tema importante es el perfil del interesado. ¿Quién fue Richard Holbrooke? Fue en su día Embajador de Estados Unidos ante Naciones Unidas, al final de la segunda legislatura Clinton, de quien tenía toda su confianza política y personal. En este sentido, un personaje que encarna por sí solo toda la diferencia de estilo y de manera que desplegaron ante Naciones Unidas la Administración Clinton y la Administración George W. Bush, sobre todo si se le compara con John Bolton.
Pero Richard Holbrooke fue mucho más conocido por ser el (duro) negociador de los Acuerdos de

Dayton de noviembre de 1995, que pusieron fin a la guerra en Bosnia Herzegovina. Hoy en día algunos argumentan que los Acuerdos de
Dayton son un fracaso, pero para cualquiera que conoció la guerra de Bosnia Herzegovina, la intervención de la OTAN de septiembre, la negociación subsiguiente y la imposición de la paz, fueron un cambio sustancial. Sin prejuzgar los resultados políticos finales, que todavía están en proceso, la dimensión militar de
Dayton se cumplió a rajatabla, se cumplieron las cláusulas previstas, y queda como ejemplo –ante las dudas conceptuales de mucha gente– de lo que es una operación de imposición de la paz, como algo distinto a las misiones de interposición tradicionales.
Cuando Holbrooke escribió el artículo en cuestión, era presidente de la Asia Society. No sabía que a estas alturas sería el enviado especial del presidente Obama para Afganistán y Pakistán, como hombre de confianza del nuevo líder y como símbolo de la voluntad de empezar a actuar con rapidez en un tema que está entre la lista de los más sensibles de la agenda. Todo esto tiene que ver con tres cuestiones que son cruciales en materia de política exterior, sobre todo en un "mundo complicado" como el actual. La primera es que, a más poder, más responsabilidad, y aquí la evaluación del experimento unilateralista anterior y la inevitabilidad de volver al multilateralismo son concluyentes. Y no porque el menú sea muy largo, simplemente porque no hay otra opción: ante un mundo más interdependiente (y con más interconexiones heterogéneas) que nunca desde 1945, el liderazgo es a veces una carga ineludible, pero el modo de ejercerlo será juzgado con mucha severidad. Nye ve reivindicada su noción de soft power, más allá de las simplificaciones de gente que lo cita sin haberlo leído por completo. La segunda cuestión tiene que ver con márgenes y tiempos. En su larga carrera, Holbrooke aprendió que cuando se consigue romper una situación de bloqueo, o cuando se produce una expectativa colectiva de gran intensidad sobre una crisis, el momento o coyuntura más favorable para actuar dura poco. Hay que introducir cambios, hay que tomar decisiones, sin esperar a que el tiempo lo arregle todo. Y ello siendo consciente de que la etapa siguiente, de estabilización, de progreso, puede durar mucho más tiempo. Oponerse a los Acuerdos de Dayton so pretexto de que no garantizaban que se cumplieran todos de golpe, equivalía simplemente a permitir que la guerra –o mejor dicho, la masacre– siguiera su curso, a la espera del día del milagro. Y en tercer lugar, y lo más importante, los márgenes de acción con que se cuenta en política exterior en el mundo real son los que son. Escasos.
Cualquier político que haya pasado por el ejercicio de gobernar sabe muy bien que este es el arte de lo posible. O de lo limitadamente posible. Cuando un líder (o un partido) gana unas elecciones por primera vez, no digamos ya si se está en una transición frágil, lo primero que aprende es que no empieza de cero, como ante una página en blanco en la que desplegar su impecable visión en política exterior. Empieza con una pesada carga sobre la mesa, la herencia de la etapa anterior, y ello ya reduce bastante el margen de acción, porque los constreñimientos externos son muy pesados y muy determinantes. Y ello es cierto incluso para los casos de alternancia en democracias sólidas y estables, como Estados Unidos. Por ello, Obama tiene ante sí un inventario en que no sólo están Irak o Afganistán: Irán, Próximo Oriente, Rusia, Asia-Pacífico, Latinoamérica, crisis económica global (y su impacto interno). Todo ello es un vasto campo de negociaciones, transacciones, multilateralismos de grado diverso. Incluye situaciones de uso o amenaza del uso de la fuerza, pero exige también una correcta identificación de los intereses que unos y otros –incluyendo adversarios– ponen sobre la mesa. El margen
de acción en cada caso puede variar, pero no es ilimitado. En otras palabras: el estatus de un actor poderoso se medirá sobre todo por su capacidad de iniciativa y de adaptación a situaciones tan variables. Sin que sea ningún hombre milagro, Obama ha llamado a Holbrooke para que le guíe en la lectura de esta complicada partitura.

Pere Vilanova es  Catedrático de Ciencia Política y analista en el Ministerio de Defensa

Ilustración de  Miguel Ordóñez