Dominio público

Pedro Sánchez y el PP: cambiarlo todo para que nada cambie

Eduardo Maura

Miembro de Podemos y profesor de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid

Eduardo Maura
Miembro de Podemos y profesor de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid

A la luz de los últimos movimientos de los principales actores políticos, cabe plantear que nos encontramos en un momento decisivo para este país. El PP busca cerrar el ciclo político que se abrió con las elecciones europeas imponiendo, probablemente en solitario, su reforma de la ley electoral. Sea cual sea la modalidad por la que finalmente se opte, la reforma tiene mucha importancia: es un intento de mantener a toda costa sus posiciones en los lugares clave, incluso si con ello regala alcaldías a Bildu o genera gobiernos municipales insostenibles. Poco importa. El movimiento es ofensivamente defensivo: obliga a moverse a las demás fuerzas, viejas y nuevas, y trata de evitar un resultado adverso en las municipales que tendría una enorme carga simbólica de cara a las legislativas de otoño. Es un ejemplo perfecto de en qué consiste ser casta: con la reforma, el PP demuestra que su apuesta política es la conservación a toda costa de sus privilegios, así como los de sus compañeros de viaje públicos (cargos, viejas y nuevas glorias que debe colocar) y privados (intereses económicos decisivos y fuentes de financiación con vistas a la doble prueba electoral de 2015). O lo que es igual, la política como autoconservación.

Que este movimiento implique un desgaste enorme, e incluso algún que otro incendio local o autonómico, puede verse, desde este punto de vista, como un mal menor. Asimismo, disloca la posición de un PSOE en pleno proceso de maquillaje y asediado por la tendencia, a estas alturas innegable, que señala que Podemos está en condiciones de competir de igual a igual también en el terreno electoral. En otros terrenos hace meses que lleva la iniciativa, por más que ciertos medios se empeñen en hacer de Pedro Sánchez no ya una apuesta renovadora, sino un verdadero genio benigno capaz él solo de dar la vuelta a las encuestas y de devolver al partido socialista a las cumbres del bipartidismo. Obviamente, este cuento es malo de solemnidad: haber llegado el último no convierte a Pedro Sánchez en nueva política.

Tristemente, la estrategia discursiva de Pedro Sánchez revela que poco ha cambiado en el PSOE, salvo la realidad que lo rodea y a la que, sin embargo, parece impermeable. Su "Agenda del Cambio" copia demasiados elementos del argumentario de Podemos, pero a remolque y casi contra natura. Habla de acercarse a la ciudadanía, de lucha contra la corrupción, de celebrar asambleas abiertas, prohibición de las puertas giratorias, de reforma fiscal, primarias, etc.

No nos hagamos trampas: el PSOE no puede prescindir fácilmente de unas puertas giratorias que dan sentido a gran parte de su historia reciente. Igualmente, un proyecto de país no puede pasar por denunciar en foros mediáticos afines que el programa de Podemos es irrealizable —basándose por cierto en una lectura  selectiva y sesgada de un texto orientado a otras elecciones, el cual, como no podía ser de otra manera, se halla ya en proceso de deliberación y renovación— mientras Ferraz propone agendas de cambio que mimetizan hasta la desesperación no ya puntos enteros del programa de Podemos, sino elementos de un proceso de cambio ciudadano que no son en absoluto retóricos. Hablamos de aspectos fundamentales para una manera nueva de hacer política. El PSOE debe entender, si no quiere seguir mareándose con Podemos, que un proyecto de país no se construye con palabras prestadas, viejos repertorios y de espaldas a la ciudadanía, por muchas agendas que uno tenga a mano y por muchas caras nuevas que uno pueda poner sobre la mesa. Por eso las asambleas abiertas que propone el PSOE tienen toda la pinta de ser actos electorales disfrazados.

En definitiva, sus posiciones y su lectura de la realidad no han cambiado: siguen atados al horizonte bipartidista como un clavo ardiendo y ni siquiera pueden entender la posibilidad, cada vez más viva, de otro escenario. Más de uno de sus dirigentes renovadores lo mismo piensa que la reforma electoral les favorece. Son rehenes de la corrupción, dentro y fuera de su partido, y de un modelo fallido que ha conducido a millones de personas al paro, la pobreza o el exilio económico. Su discurso sigue siendo uno en el que el horizonte de lo posible coincide exactamente con lo que ya hay. En otras palabras, otra versión del reciente "o nosotros o el caos" de Cospedal.

Asoma aquí la marca de la casta: que todo siga igual, cueste lo que cueste. Toda la estrategia de su partido se asemeja en ocasiones a un intento de explicar por qué en el fondo nada debe cambiar, salvo la "agenda", para que todo cambie, para que salgamos de la crisis —nada menos— y para que el país se "modernice". Mientras el PSOE se dedica a estos asuntos, la iniciativa política sigue quedando del lado de Podemos. Cuando se juega sobre un tablero en plena transformación, no puede pretenderse que uno o dos trucos vayan a resolver la papeleta.