Dominio público

Doble o nada

Jorge Moruno

Sociólogo

Jorge Moruno
Sociólogo

Todos los profetas que contaban con las armas vencieron;
los desarmados fueron siempre vencidos.

Nicolás Maquiavelo

 

Los tiempos de crisis sociopolítica y económica, de crisis orgánica, son como bien destacaba Antonio Gramsci, tiempos de crisis de autoridad, esto es, de la pérdida de capacidad por parte de la clase dominante para generar consenso entre los dominados, y por lo tanto, de cierto desgarro en las lealtades que mantenían con las ideologías tradicionales en las que antes se creía. Ahora bien, todo apunta a que ese distanciamiento con las élites no se traduce mecánicamente en apoyo a las tradicionales ideas y formas, que han jugado el papel de alternativa. Esto nos debe hacer reflexionar sobre un cierto esencialismo que atribuye a la caída de unos la subida de otros. En política no existe la naturaleza de las posiciones dadas antes de la propia experimentación política, no hay un espacio previo a las formas de nombrar e interpretar los dolores sociales. Para que tenga lugar dicha experimentación política, es necesario poner de manifiesto una ruptura con la normalidad dominante que provoque la existencia pública, de los que hasta ahora solo existían como inexistentes. Los inexistentes son un vasto conjunto heterogéneo, plural, a veces contradictorio y con aspiraciones y ambiciones coincidentes en algunos puntos, pero distantes en otros. La clave política estriba, en operar sobre aquellos aspectos que apuntan a desestabilizar el  núcleo ideológico dominante, y que por esa misma razón, posibilitan  generar amplios consensos por el cambio en la sociedad.

Las movilizaciones sociales han ido muy por delante de las organizaciones políticas a la hora de fijar esos núcleos de buen sentido, que disputan el propio sentido, del sentido común existente. Son estos consensos sociales que ponen en tela de juicio la dominación de las élites, el punto de partida desde donde hay que pensar el cambio político que impugne una economía, que funciona a favor de la opulencia de unos pocos y condena al empobrecimiento a la mayoría. Esta hoja de ruta choca frontalmente con la convicción política inversa, aquella que busca hacer de su perspectiva la condición de partida para generar un consenso social rupturista.  Fue el propio Lenin quien señalaba que se aprende,  por así decirlo, de la práctica de las masas, y no pretende enseñar  a éstas las formas de luchas inventadas por sistematizadores de gabinete. Por lo tanto, cuando la orientación pasa por escuchar y aprender, en lugar de enseñar y atraer a un paquete cerrado, todo lo asimilado puede y debe ponerse en duda. Si se concluye, a la hora de analizar la realidad actual española, que no responde a imaginarios o anhelos ideológicos anteriores al estado de las cosas, es decir, si el  estudio de la situación histórica concreta impide llevar a cabo una apuesta política dada, es necesario cambiarla de raíz.

Partimos de una condición social fragmentada donde los antiguos vínculos comunitarios están despiezados, en una sociedad despolitizada y mercantilizada a partes iguales a lo largo de tres décadas, pero que desde hace unos años a esta parte, sí que comparte y se incuba una cierta percepción transversal y difusa de nociones no siempre articuladas, capaces remover los pilares del régimen político constituido. Otorgar nombres a lo que ocurre construye realidad, dado que altera la relación mantenida entre las palabras y los cuerpos, entre lo que se dice, se hace y se es, desplazando nuestra percepción y actuación a un nuevo plano. En tiempos de emergencia social y crisis política, es urgente construir una herramienta política que la ciudadanía sienta como propia y sirva como alternativa de gobierno. Una alternativa que mire hacia afuera de las organizaciones y su mundo para construir una nueva mayoría política, no es una simple suma de lo existente, hay que cambiar el orden de los factores para alterar el producto. El marco que interpreta el cambio bajo la unidad de la izquierda, es un marco demasiado limitado para aunar las esperanzas democráticas de mucha más gente. En este sentido, no hay cambio de marco sin trauma, sin conflicto, sin riesgo, de cara a llevar a cabo una operación rápida, incisiva y de amplia extensión, con todos los riegos y dificultades que eso implica, pero también, con todas las virtudes y el potencial que arrastra. Es necesaria una apuesta de doble o no nada cuando el tiempo escasea y la necesidad apremia. Si las fuerzas del régimen son capaces de reordenar las posiciones, no habrá premio de consolación para el buen perdedor, ni nadie recompensará, ni tendrá en estima las buenas intenciones o la valía de los militantes, pues se suele querer a quien es fuerte, pero no se suele ser fuerte por ser querido.