Dominio público

La aviación no ocupa territorios, los destruye

Augusto Zamora R.

Profesor de Relaciones Internacionales 

Augusto Zamora R.
Profesor de Relaciones Internacionales 

Durante la guerra de Vietnam, EEUU lanzó sobre el país asiático más bombas que las utilizadas en la II Guerra Mundial, sin lograr quebrantar un ápice la voluntad de lucha del pueblo vietnamita. El único resultado tangible fue la muerte de cuatro millones de civiles y la criminal destrucción de centenares de pueblos y ciudades en Vietnam. En Afganistán, todo el poder aéreo de la OTAN resultó inútil ante unas fuerzas irregulares que se disgregaban fácilmente antes de que cayeran bombas y misiles.

El efecto fue similar al de Vietnam. La vasta mayoría de víctimas eran civiles y el asesinato de inocentes, junto a la destrucción de poblados, hacía más fuertes a los talibanes. Israel se ha hartado de bombardear Gaza y Líbano, sin lograr, ni de lejos, liquidar a Hamás y Hezbolá. La historia militar enseña que la aviación es efectiva contra fuerzas regulares, cuando concentran grandes cantidades de soldados y material bélico. En la I y la II Guerra del Golfo, la aviación fue determinante para destruir al maltrecho y anticuado ejército iraquí, pero fue inútil para derrotar a las guerrillas suníes y chiitas. Pretender combatir a grupos irregulares con misiles es como matar moscas a cañonazos.

Esta realidad, fácilmente verificable sin haber tenido que pasar por West Point, lleva a preguntarse cuáles son, realmente, los objetivos y propósitos de EEUU y sus constreñidos coaligados en la incierta guerra contra el Estado Islámico. Una guerra donde destacan más las contradicciones que oponen a los coaligados que la desconocida estrategia que piensan seguir.

Entre estas contradicciones, resalta en primer término la que afecta a Turquía, la pieza más fundamental del tablero estadounidense. Por una parte, resulta cada vez más obvio que el Estado Islámico ha contado —hasta hace poco— con un indispensable apoyo turco. El Gobierno de Turquía es enemigo a muerte del Gobierno sirio y apostó todas sus cartas a una guerra rápida y de bajo costo para derrocarlo, lo que ha fracasado totalmente.

La irrupción del EI en Iraq ha puesto a Erdogán ante uno de sus mayores conflictos. Las zonas afectadas por el Estado Islámico corresponden en su mayor parte al Kurdistán sirio y al iraquí. Los kurdos turcos (cuyo territorio hace la frontera turca con esos dos países) intentan alistarse por miles para combatir junto a sus hermanos del sur. Turquía sabe que casi todos ellos son del odiado PKK, razón por la cual impide tanto la entrada de refugiados kurdos, como el paso a Siria de combatientes kurdos y se opone a que EEUU arme a los kurdos sirios e iraquíes, y con razón. Teme que, pasado el conflicto, los kurdos queden armados hasta los dientes y vuelvan esas armas contra sus enemigos turcos.

En la actual disyuntiva, Turquía tiene mucho que perder y poco que ganar. Participar en los ataques contra el Estado Islámico haría que éste o sus restos pasen a considerar a Turquía como Estado infiel y, por tanto, enemigo. La decisión del Parlamento turco, de autorizar la entrada en combate de su ejército —motivada por el temor a que se forme en Siria e Iraq un potente ejército kurdo—, puede provocar que los soldados turcos se vean combatiendo en Siria, en Iraq y en la propia Turquía, no sólo a los kurdos, sino también al EI (o viceversa).

No obstante, EEUU necesita armar a los kurdos, como única alternativa viable al envío de tropas estadounidenses. Y digo viable, porque las otras dos alternativas (armar al ejército sirio y sus aliados y armar a los chiitas proiraníes), chocan con la política encubierta de Washington, que busca, torvamente, hacer una  carambola que permita eliminar o, mejor, redirigir, al EI contra Damasco y debilitar al máximo al Gobierno sirio, para hacer posible su posterior derrocamiento o derrota militar.

La idea de EEUU de armar al Ejército Sirio de Liberación no parece efectiva, pues éstos  son los únicos que combaten a muerte contra Damasco y redirigirlos contra el Estado Islámico tiene dos efectos indeseados. Por una parte quitaría presión a Damasco y, por otra, pondría a matarse entre sí a las mayores fuerzas antigubernamentales sirias, lo que Damasco vería con complacencia.

Hay un tercer factor en el tema Turquía. Casi nadie se pregunta cómo, en una región azotada hasta el horror por el fenómeno del terrorismo (incluyendo Irán, donde unas 12.000 personas han muerto por actos terroristas financiados por EEUU, Israel y el ejecutado Sadam Husein), Turquía permanece al margen de él, como al margen permanece también Qatar, otro gran financiador de grupos extremistas y fundamentalistas islámicos sunitas y opuesto, igualmente, a la política de EEUU contra el Estado Islámico, que la quisiera contra Damasco. La respuesta parece simple. Turquía y Qatar son las fuentes principales de esos grupos, que deben actuar bajo la premisa sagrada de excluir sus territorios de sus acciones.

Se ha hablado mucho de la presencia de combatientes extranjeros en las filas del EI y de otros grupos antisirios. Como ocurre en otros campos, nadie explica de qué manera estos miles de combatientes extranjeros lograron alcanzar territorio sirio e iraquí. Turquía tiene blindada la frontera con esos países y no hay forma que un extranjero pueda dar un paso sin caer en los controles militares turcos.

De eso fuimos testigos mi hijo mayor y yo, cuando, hace tres años, regresábamos de Iraq, por Silani, y tomamos un autobús a Diyarbakir. A la altura de Alepo (lo sabíamos, por letreros que anunciaban la carretera a Siria), soldados turcos nos hicieron bajar del autobús, nos metieron entre insultos en una garita militar y en la garita estuvimos como dos horas, rellenando un infinito cuestionario en inglés, hasta que el oficial que nos hizo bajar, insultó y detuvo nos devolvió los pasaportes e indicó que podíamos continuar el viaje. Viendo que toda la zona estaba militarizada y que los extranjeros eran mal recibidos, decidimos cambiar de rumbo, hacia Vam, y tomar el primer avión a Estambul. Para sustos, Iraq.

Conociendo sobre el terreno los estrictos y draconianos controles turcos sobre toda la frontera con Siria e Iraq, cuesta imaginar que los voluntarios extremistas extranjeros hayan podido siquiera llegar a la frontera con esos países sin llevar un salvoconducto turco. Este hecho explicaría las iniciales reticencias turcas para ir a la guerra contra el Estado Islámico: le estarían obligando a combatir a sus propios grupos, lo que puede provocar, como ya señaláramos, que éstos podrían volver sus armas contra sus antiguos protectores, ahora convertidos en verdugos.

Otro elemento que nadie parece conocer, dentro de la campaña más propagandística que informativa existente sobre el Estado Islámico, es que se trata de un grupo con fuerte apoyo sunita. Ninguna guerrilla, en ninguna parte del mundo, puede subsistir sin respaldo popular. Lo dijo Mao: la guerrilla es el pez, el pueblo el agua (EEUU en Vietnam concentraba a la población en grandes campos de concentración, buscando quitar el agua al pez).

Turcos, qataríes y sauditas son sunitas y por ese motivo han venido apoyando a los grupos  irregulares sunitas. Los kurdos son kurdos y los chiitas aliados de Irán, el gran rival de Israel y Arabia Saudita. Irán se ha negado a apoyar la coalición porque es una coalición sunita. En cambio, arma, asesora y entrena a los chiitas iraquíes y a Líbano, además de apoyar a muerte a Siria. Rusia no forma parte de la coalición, pero arma y sostiene a Siria. La coalición de EEUU vive instalada en la esquizofrenia.

Resumiendo, hay unos  países, grupos y etnias —kurdos, chiitas, Damasco, Irán y Hezbolá—, que realmente quieren acabar con el Estado Islámico.  Hay otros que dicen querer acabar con él —EEUU, Turquía, Israel, Qatar, Arabia Saudita— , pero lo que realmente estarían buscando es que abandone Iraq y vuelva sus armas contra Damasco, como era el plan original. Por esa razón, Turquía  rechaza el apoyo a los kurdos y prefiere, con EEUU, armar a los sunitas sublevados en Siria o intervenir con su ejército, para que, una vez resuelto el problema del EI, ataquen al Gobierno de Damasco.

Existiendo sobre el terreno dos coaliciones, hay que darle la razón al Gobierno inglés: la guerra contra el Estado Islámico es de geometría variable y durará sine díe. EEUU y Turquía dicen combatir al EI, pero Turquía combate contra Damasco y los kurdos. Los kurdos luchan por su pueblo y causa. Los chiitas, por impedir que retorne la dominación sunita gobernada por sauditas y qataríes. Irán, por mantener al Gobierno sirio y consolidar su influencia en Iraq. Los sunitas, por volver a tener peso y presencia en aquel Iraq dominado por Sadam Husein. Y colorín, colorado, este cuento está lejos de haber terminado…