Dominio público

No hemos pedido permiso

Agustín Baeza

Economista, consultor de Public Affairs y miembro de econoNuestra

Agustín Baeza
Economista, consultor de Public Affairs y miembro de econoNuestra

Nueve y media de la mañana del sábado 17 de octubre. En los alrededores de la Plaza de Vista Alegre hay formadas colas de cientos de personas. A pesar de la hora temprana se nota algo diferente. No han venido en autobuses organizados con un bocadillo debajo del brazo. Hay una energía especial.

Aunque es algo difícil de describir con palabras todos lo hemos sentido en algunas ocasiones. Suele acontecer raras veces. Desde luego, muy pocas en política. Es más propio de un gran acontecimiento deportivo o musical. Pero siempre he creído que la emoción es el combustible de la gran política, y este fin de semana parece que es una de esas veces en las que sabes que estás en el lugar donde se está produciendo un hito que dejará una huella indeleble en todos nosotros.

Después de una espera no muy larga accedemos a unas gradas que se van poblando de gente muy diversa. Un crisol de edades e identidades. Los quincemayistas se mezclan con los expertos en tecnopolítica. Los exmilitantes más maduros de otras formaciones con las personas que se han politizado por primera vez. Quieren cambiar de verdad este país y están aquí para contribuir alícuotamente. Las personas que se sientan alrededor comentan que la última vez que estuvieron en este coliseo fue en un acto de ZP. No soy el único, me digo para mis adentros, antes de darme cuenta de las enormes diferencias entre aquellos eventos y este.

Delante de mí hay un repetidor de señal WIFI y rápido observo que hay docenas estratégicamente distribuidos por todo el espacio. No son para jugar. Son para permitir la participación. Es la primera gran diferencia con los eventos que los otrora grandes partidos han celebrado en este escenario. Antes se contaba el número de asistentes como indicador del músculo del partido.

En la era de internet, esto es completamente irrelevante. No hemos venido a aplaudir, hemos venido a preguntar, a contestar, a proponer, a debatir. Hoy la tecnología (y la voluntad) lo hacen posible. Ya no puede haber excusas. Podemos explotará a lo largo del fin de semana, tal y como ha venido haciendo durante meses, los límites de la tecnopolítica a través de Plaza Podemos, del canal en AppGree y con Agora Voting. Es arriesgado, sí, pero para llegar lejos es necesario un grado de osadía y atrevimiento.

Un sentimiento que recorre las gradas y que se evidencia durante todo el fin de semana es que la lógica de la representación como forma exclusiva de ejercer derechos políticos ya no nos satisface. Queremos ser protagonistas. Y queremos estar presentes y alzar la voz siempre. Estamos más convencidos que nunca de que la política no es sólo cosa de partidos y de sus élites.

Populismo lo llaman quienes apenas logran entender lo que está pasando. Democracia Real han gritado ya muchos miles en las plazas y en las redes sociales. Una netocracia que se expande por todo el tejido social y político y que amenaza seriamente a las lógicas de un sistema institucional que hace aguas por todos los lados. Esto no es un Congreso como dicen muchos medios de comunicación (no hay delegados, sino activistas), ni tampoco es un mitin (no habla uno para todos, sino todos para todos).

Por el contrario es el momento álgido de una Asamblea Fundacional que se inició en julio y que finalizará a mediados de noviembre. Miles de personas debatiendo y discutiendo durante meses. Sin cortapisas, sin miedo, sin más horizonte que su contribución a un proyecto común para cambiar el país.

Por momentos se nota que es la primera vez que Podemos organiza un evento de estas dimensiones. Hay fallos de sonido, la conexión WIFI no funciona muy allá al principio, todo comienza con retraso. Fallos que no sólo se admiten como lógicos, sino que se asumen con normalidad. Además de un enorme ejército de voluntarios el presupuesto del evento es de varias decenas de miles de euros, sufragados a través de financiación colectiva (crowdfunding). Otra gran diferencia con los partidos tradicionales.

Pablo Iglesias abre el encuentro. Hace un discurso lúcido, breve y directo, acorde con los tiempos. El mensaje principal es que Podemos no ha nacido para conseguir un porcentaje de votos que permita obtener representación e influir, sino que "Podemos ha nacido para ganar y gobernar", y utiliza una parábola baloncestística para describir el escenario que se presenta a corto plazo para lograr ese objetivo.

Los medios de comunicación enseguida se quedan con la frase con la que cierra su intervención: "El cielo no se toma por consenso, se toma por asalto". Dicen que es la frase del día. De hecho el editorial del domingo del periódico icono del régimen del 78 insinúa que dicha frase es una llamada a un golpe autoritario para ganar el poder. Es evidente que este medio ya sólo representa a la voz de sus amos.

Sin embargo, para mí la frase del fin de semana es una que pronuncia Iglesias y que pasa inadvertida para los grandes buscadores de titulares: "No hemos pedido permiso". Y es que precisamente de esto se trata. El establishment patrio es conservador (aunque la mitad del mismo siga con la retórica del centro izquierda) pero siempre ha admitido pequeñas evoluciones para evitar que se gripe su maquinaria. Eso sí, siempre que se haga con el consentimiento de alguno de sus Sumos Sacerdotes.

Podemos ha osado convocar a cambiar un país apelando a la gente y sin pedir permiso a ningún actor de un régimen político que ya es incapaz de ofrecer esperanza a la mayoría social.

El fin de semana transcurre de una manera nunca vista en un encuentro de una formación política en España. Decenas de personas van subiendo a un escenario para defender sus propuestas ante miles de personas (y decenas de miles que lo están siguiendo en streaming). Mientras la gente plantea y vota a través de Appgree los mensajes que se emiten en redes sociales y en las pantallas, y formula preguntas a los que están presentando los distintos documentos éticos, políticos y organizativos. Asamblea Abierta de verdad, sin trucos, sin retóricas.

Mientras los medios de comunicación más tradicionales y menos permeables al entendimiento de los nuevos parámetros de la nueva política insisten en preguntar por un supuesto enfrentamiento fratricida entre dos grupos internos, desde el escenario se invoca el debate abierto, franco y honesto como el ADN de la nueva formación.

En otros lugares las cosas se deciden en los llamados "pactos de capó", aquí no hay tal cosa: se propone, se debate, se confronta democráticamente y durante los días posteriores al evento los 130.000 inscritos decidirán en voto personal qué modelo de organización quieren. No sólo se eligen a las personas, también las grandes ideas y propuestas que conformarán el proyecto político. Cinco resoluciones de las decenas presentadas durante las últimas semanas son votadas por 214.000 personas para definir el primer esqueleto del que será el discurso político de la organización.

Podemos en parte ya ha ganado. El establishment trata de hacerle frente con cambios cosméticos. Nuevos disfraces para viejos rostros, con la esperanza de poder volver a convencer a los ciudadanos que han entendido el mensaje de protesta de los últimos años. En mi opinión, la mayoría ya no se va a dejar volver a engañar. Ahora retumban en nuestros oídos grandes gritos colectivos: "Nunca Mais", "No a la Guerra", "No nos falles", "No nos representan".

Todo adquiere de repente una clarividencia como si piezas de un puzzle se hubieran ido encajando hasta formar el retrato de lo que la gente ha ido pidiendo y que de repente parece haber cristalizado. Podemos es la única esperanza para que este país cambie de verdad. No se ha pedido permiso para jugar en un tablero que estaba trucado para evitar que los grandes anhelos de la sociedad triunfasen.

El gran éxito de Podemos es que ha conseguido sintetizar el nuevo imaginario de una mayoría social a través de la reconfiguración del tablero de juego y de las posiciones de todos los actores. Por eso, algunos de ellos ya no encuentran su lugar y están completamente desorientados.

Seis millones de parados, diez millones de personas con sueldos que apenas sirven para sobrevivir, segundo país de Europa en pobreza infantil, un sistema de corrupción institucionalizado, un país donde crece la desigualdad, y una deuda que no para de crecer y que ahoga toda posibilidad de generar bienestar, son motivos más que suficientes para decir que sólo un cambio radical de las políticas y una democratización de la economía y las instituciones pueden modificar los patrones políticos, económicos y sociales de nuestro país.

Podemos y otros movimientos y organizaciones que comparten ideas y métodos son los únicos que pueden llevar al país a superar su actual declive, no porque tengan las mejores ideas y equipos, que también, sino porque son los únicos que van a tener el coraje cívico y político de enfrentarse (democráticamente pero con firmeza) a las élites, y activar las palancas y resortes de un gran proceso de redistribución de la riqueza, de las oportunidades y de los recursos en este país.

El domingo, como corolario final a un fin de semana de debate abierto y de participación de miles de personas in situ y centenares de miles por redes digitales, Luiz de Azcárate, maestro republicano y veterano activista de 93 años (39 según su particular forma de contarlos), habló de la necesidad vital de que "la generación de la esperanza, nacida a partir del 15-M, coja las riendas de este país". Y frente al coro de voces que repiten a modo de letanía que "Podemos tiene su origen en Venezuela o en Bolivia" describió con la perspectiva que sólo gente de su generación puede tener que "la raíz de Podemos está en la Historia de España. En las luchas del s.XIX y del XX por una sociedad más justa e igualitaria".

Son las mismas razones durante los dos últimos siglos. Igual que Condorcet proclamaba que "a cada generación le corresponde su propia Constitución", podríamos afirmar que en cada periodo histórico le corresponde el protagonismo a un actor que desencadena el efecto catalizador que permite superar el statu quo paralizante.