Opinion · Dominio público

La crisis explicada a los niños

Augusto Klappenbach

Escritor y filósofo

Augusto Klappenbach
Escritor y filósofo

“No es probable que muchos legos en la materia se opongan al ministro de economía o a sus asesores. Si lo hicieran se les diría que son cosas que no les incumben. La liturgia debe celebrarse en una lengua oscura, que solo sea accesible para los iniciados. Para todos los demás, basta la fe.” Tony Judt, Algo va mal.

Es sabido que el conocimiento y la información son una importante fuente de poder, ya que en la medida en que un grupo o corporación reserva el saber para sus miembros, adquiere una significativa superioridad sobre el pueblo llano. Y para ello la oscuridad del lenguaje constituye un instrumento privilegiado, utilizado desde siempre por diversos colectivos. Frecuentemente esta oscuridad no se debe al carácter complejo del tema sino al deseo de ocultar afirmaciones que todos podrían entender bajo un velo de supuesta sabiduría que desalienta a quien pretende penetrar en su significado. Los filósofos, entre otros, somos especialistas en el manejo de una jerga cuya comprensión está reservada a los iniciados y que no pocas veces oculta trivialidades o afirmaciones de sentido común. (No pretendo generalizar, por supuesto: sería imposible explicar la deducción de las categorías, la física cuántica o la biología molecular en román paladino)

Pero los economistas superan a los filósofos en el arte de secuestrar el idioma. Si alguien lo duda puede leer la letra pequeña de cualquier documento bancario presentado a su firma. En estos casos, la intención es más clara. ¿Hubieran firmado una hipoteca muchos ciudadanos si hubieran advertido que si no pagan no solo podrían perder su casa sino que quedarían con una deuda durante toda su vida? ¿Aceptaría un anciano un depósito preferente si hubiera sabido que no podría sacar su dinero cuando quisiera y que incluso podría perderlo? Sin embargo, esas consecuencias podían deducirse del papel que firmaron, si en lugar del lenguaje bancario hubiera estado escrito en castellano.

Y lo mismo sucede con las causas de esta crisis que lleva ya siete años. Puede ser útil describir este proceso omitiendo toda referencia a siglas ininteligibles, términos en inglés, fórmulas matemáticas, etc., porque limpiando el lenguaje de hojarasca técnica queda mucho más clara la manipulación en la que han participado financieros y gobiernos para que nos hagamos cargo nosotros de las tropelías que han cometido los bancos y fondos de inversión de medio mundo. Propongo este ejemplo, pidiendo disculpas por abusar del derecho que tenemos los que no somos economistas a hablar sobre un tema que nos concierne:

A causa sobre todo de la desastrosa gestión de los créditos inmobiliarios que protagonizaron los bancos e inversionistas de Europa y Estados Unidos, los bancos y cajas necesitaban dinero urgentemente. El Banco Central Europeo les prestó ese dinero a un interés muy bajo (el 1% entonces, hoy un 0,05%) para que se recuperaran. Inmediatamente esos bancos prestaron ese mismo dinero al Estado a un interés mucho mayor (4%, 5%, 6%, 7% y más). De esta manera se recuperaron en parte los bancos privados españoles y así pudieron satisfacer sus deudas especialmente con la banca y las cajas de ahorro alemanas, porque tal fue el objetivo de esta generosidad del Banco Central Europeo. Teniendo en cuenta que el dinero del Banco Central Europeo es de todos los ciudadanos de Europa, el resultado ha sido que nos hemos prestado dinero a nosotros mismos, regalando el interés de esos préstamos a los Bancos, muchos de los cuales habían sido causantes de la crisis. Y de este modo los problemas que tenían los bancos pasaron a los Estados: las deudas privadas se nacionalizaron y nadie (salvo en Islandia) pidió responsabilidades a quienes habían puesto en peligro el sistema financiero. Antes bien, fueron recompensados evitando que se declararan en quiebra y ahora pueden enorgullecerse de que han pasado con nota el test de estrés al que los sometió la Unión Europea.

De manera que actualmente la deuda del Estado es casi igual a toda la riqueza que somos capaces de producir (el producto interior bruto). Y el déficit público muy alto (la diferencia entre lo que el Estado ingresa y lo que gasta), como consecuencia precisamente de los elevados intereses que se deben pagar por el regalo a los bancos. Para hacer frente a esa deuda que en su origen era privada y ahora convertida en pública, el Estado impone recortes en otros gastos, preferentemente en los servicios sociales como sanidad, educación, atención a la discapacidad, cooperación exterior, etc. Y para asegurar esos recortes se reformó el artículo 135 de la Constitución estableciendo que el pago de la deuda tiene prioridad sobre otras necesidades del gasto público (la sanidad, la educación y la discapacidad, por ejemplo).

El resultado de todo esto es que las decisiones políticas que toman los Estados en materia económica en adelante están supeditadas a las posibilidades de pagar esa deuda. De modo que gracias a este proceso se ha eliminado cualquier veleidad de supeditar la economía a la democracia: la última palabra sobre muchas decisiones políticas la tienen nuestros acreedores y ya no los parlamentos. Es decir, los mismos que causaron la crisis. Y esos bancos así favorecidos encuentran mucho más rentable y seguro utilizar el dinero que les hemos dado para dedicarlo a la especulación y comprar deuda soberana que destinarlo a créditos que reactiven la economía productiva.

Preguntas ingenuas (aunque confieso que malintencionadas): ¿por qué el Banco Central Europeo no prestó ese dinero directamente a los Estados o a través una Banca Pública (hoy inexistente), imponiendo, por supuesto, condiciones razonables para su empleo y devolución? ¿Se suponía que los bancos privados iban a hacer mejor uso de esos fondos, después de la crisis que provocaron? ¿Tiene sentido que los ciudadanos tengamos que poner nuestro dinero para pagar deudas que han contraído los bancos y cajas privadas? ¿Por qué no se aprovecharon las crisis de los Bancos privados para nacionalizarlos en todo o en parte en lugar de entregarles dinero público? ¿Por qué sigue sin crearse una banca pública que gestione los créditos según las necesidades reales de la economía productiva? ¿Se sigue pensando que el desastre de la gestión pública de muchas cajas de ahorro demuestra que cualquier otra gestión pública será igualmente desastrosa? ¿Qué pensar entonces de la gestión privada de Lehman Brothers y similares, que tuvieron consecuencias mucho más graves que las de las cajas de ahorro?

La simplificación del lenguaje permite descubrir que detrás de sofisticados tecnicismos se ocultan decisiones dirigidas hacia el interés de quienes las toman, y no, como se nos pretende hacer creer, leyes económicas tan inmutables como la ley de gravedad. Porque de eso se trata: la oscuridad del lenguaje se utiliza para convencernos que solo un grupo de especialistas es capaz de desentrañar los mecanismos económicos que regulan nuestra vida social y que cualquier intento de modificarlos es producto del populismo o la ignorancia. Ocultando que las leyes de la economía tienen poco en común con las leyes de la naturaleza: mientras estas últimas solo podemos descubrirlas, las leyes económicas dependen en gran parte de nosotros.

Y lamento si todo lo anterior es ya sabido y este artículo no agrega nada nuevo. Por eso se dirige a los niños.