Opinion · Dominio público

G-20: La gobernanza mundial del siglo XXI

 MANUEL DE LA ROCHA VÁZQUEZ

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Al día siguiente de la Cumbre del G-20 en Londres, el mundo se despertó y la misma crisis económica continuaba en toda su virulencia. Previo a la reunión, diversos medios la comparaban con la Conferencia Económica Mundial, celebrada en Londres en 1933 en mitad de la Gran Depresión, cuyo fracaso sembró la semilla de la discordia que condujo directamente a la Segunda Guerra Mundial. La situación actual puede ser muy distinta a la de los años treinta, pero, dadas las altas expectativas, un fracaso sonado del G-20 habría desatado seguramente un escenario muy negativo, hundiéndonos en una crisis aún más profunda y dura que la actual. Por fortuna esto no ha ocurrido, la Cumbre fue un relativo éxito y, en algunos aspectos, se lograron avances muy relevantes.

Por un lado, el billón largo de dólares acordado para el estímulo financiero de la economía internacional es más de lo que se manejaba en los debates previos y es, sin duda, el mayor plan fiscal concertado de la Historia. Las cifras son tan enormes que uno se pregunta qué pasará si no funciona. Con los tipos de interés casi en cero y la deuda pública y los déficit disparados en muchos países, no está muy claro qué más, se podrá hacer si el paquete de estimulo financiero no logra arrancar a la economía internacional de la recesión. Es algo que los líderes mundiales deberían estar ya preguntándose.
En el medio plazo, las medidas anunciadas en Londres para reforzar la regulación de los mercados y sistemas financieros internacionales son lo más cercano que se ha acordado nunca a una regulación económica mundial destinada a evitar crisis futuras. Sin embargo, el alcance real de muchas medidas dependerá de su verdadera puesta en marcha y ejecución en los próximos meses. No olvidemos que, por ejemplo, a nivel europeo ya existen numerosas regulaciones de las entidades y mercados financieros que no han evitado la crisis. Desde 2005 hay incluso una directiva para acabar con los paraísos fiscales, los cuales siguen existiendo en el interior de la UE. La clave, por lo tanto, será la voluntad real y decidida de poner en marcha los acuerdos.

Uno de los aspectos destacados de la Cumbre es el reforzamiento del Fondo Monetario Internacional, al que se le dota de enormes recursos para actuar de prestamista de última instancia, a la vez que se le encomienda un papel central de vigilancia del sistema financiero internacional junto al nuevo Consejo de Estabilidad Financiera. El FMI sale también de Londres con el encargo de ser más ágil y transparente, dar mayor representatividad a los países en desarrollo y acabar con la condicionalidad leonina que acompañaba a sus créditos. Esto representa un gran cambio para un organismo que hasta ayer imponía a muchos países en desarrollo la amarga medicina del ajuste estructural y el consenso de Washington.
Además, habrá que ver en el futuro en qué medida EEUU permitirá realmente al FMI monitorear y criticar el sistema financiero americano cuando este suponga un riesgo para la estabilidad internacional. Pero, siendo optimistas, tal vez la mejor prueba de que la reforma del Fondo va en serio sea ver a un país como México apresurarse en la Cumbre por ser el primero en obtener uno de los nuevos préstamos del FMI; o que China haya accedido a aportar 40.000 millones de dólares al Fondo, algo a lo que se negaba si no se aumentaba su influencia en el mismo.

En mi opinión, sin embargo, la reunión de Londres será recordada en el futuro sobre todo, como la Cumbre que estableció los pilares de la nueva gobernanza internacional del siglo XXI, más inclusiva y multipolar. Las actuales instituciones y organismos internacionales fueron creados tras la Segunda Guerra Mundial, reflejando el equilibrio de poderes e influencias de los vencedores de entonces. Eso explica el reparto de poder de voto a favor de EEUU y algunos países europeos en los organismos que surgieron tras los acuerdos de Bretton Woods, y en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Posteriormente, la creación en 1975 del Grupo de los Siete (G7), después transformado en G8, vino a escenificar aún más claramente una manera de entender el mundo en la que un club de países ricos se arrogaba el derecho de decidir por todos, pero en función de sus intereses.

Es muy posible que este orden internacional anacrónico y profundamente antidemocrático haya firmado su defunción en Londres. La Cumbre del G-20 ha sido la primera en la que las grandes economías emergentes como China, Brasil, India o México se sientan a la mesa en igualdad de condiciones con las más poderosas, y no como, hasta ahora, de convidados de piedra a compartir el postre. Estos países han venido para quedarse y no aceptarán fácilmente una vuelta al status quo anterior, lo que augura una consolidación del G-20 (que, no olvidemos, representa cerca del 70 % de la población mundial) como auténtico foro de decisión, frente a un G-8 cada vez menos relevante y falto de legitimidad.
Por lo tanto, si el G-8 pierde fuerza a favor del G-20, si los organismos de Bretton Woods y el Foro de Estabilidad Financiera son reformados, dando mayor voz y voto a los países emergentes y en desarrollo, cabe preguntarse cuánto más habrá que esperar para una verdadera reforma del Consejo de Seguridad de la ONU, que apuntale y consolide esta nueva gobernanza surgida en Londres.

En definitiva, la Cumbre del G-20 ha supuesto un importante avance en la creación de la nueva gobernanza mundial del siglo XXI, pero la agenda pendiente sigue siendo inmensa. Pero ¿es que alguien pensaba que el capitalismo se podía refundar en un día?

Manuel de la Rocha Vázquez es  Economista. Miembro de la Fundación Alternativas

Ilustración de Enric Jardí