Opinion · Dominio público

El partido del auténtico Pablo Iglesias

Victorino Mayoral Cortés

Ex Diputado en el Congreso

Victorino Mayoral Cortés
Ex Diputado en el Congreso

 

Pablo Iglesias instaba al pueblo trabajador en 1914 a la acción política, imprescindible según él para limitar el poder ilegitimo del “elemento clerical”,  del militarismo y el caciquismo, dignificar el sufragio falsificado y lograr que “los hombres que ocupan el Poder no se burlen, como hoy hacen, de este país”. Era una llamada al activismo político para corregir graves males originados por la estructura social y  económica, la clase política incompetente y el sistema de la Restauración canovista, cobijado por la Constitución de 1876. En el registro de nuestra historia encontramos verificada esta llamada pablista a la acción política en varias ocasiones memorables, como la Huelga y crisis de 1917, la movilización que trajo la II República y el despertar de la Transición democrática, que no fue un  simple pacto por las alturas entre minorías, sino fundamentalmente el resultado de un proceso en que el pueblo español había recobrado la memoria antifranquista y tomado la palabra exigiendo respuestas y satisfacción a sus demandas de libertad, justicia y democracia.

También ha vuelto a ocurrir en nuestros días un crecimiento de la acción política, una repolitización de amplios sectores sociales, como consecuencia de los efectos de la demolición de importantes muros del Estado de Bienestar, el paro, el empobrecimiento, la desigualdad y la exclusión social que está originando la gestión neoliberal de la crisis, desde que esta se evidenció en el aciago mayo de 2010, se constitucionalizó en la desgraciada reforma del artículo 135 de nuestra ley fundamental y pasó a ser gestionada por un gobierno conservador que ha venido a consolidar la pérdida de derechos económicos, sociales y culturales, sin olvidar el debilitamiento también de algunos derechos civiles, erosionando la calidad de nuestra democracia y del Estado social que creíamos conquistados.

Las Mareas de diversos colores, el amplio movimiento popular del 15-M, las plataformas contra los desahucios y otros colectivos de acción social, sumados a la toma de conciencia generalizada por parte de la ciudadanía de la metástasis de la corrupción producida en el cuerpo de la clase política y empresarial dirigentes, desacreditadas y distanciadas del resto de la sociedad, hasta el punto del famoso clamor del “no nos representan”, han desbordado la iniciativa de los partidos políticos. Todo ello, conforme ponen de manifiesto reiteradamente las encuestas,  ha propiciado el desencadenamiento de una vuelta al activismo cívico, cuyo efecto ha sido una importantísima alteración del mapa político hasta ahora existente, afectando principalmente a la izquierda que, aun apareciendo mayoritaria en la suma de sus elementos, ofrece una imagen de fragmentación en dos grandes bloques, correspondientes al PSOE y a Podemos, más una IU estancada en su tamaño habitual. Es verdad que se trata de encuestas y no de resultados de una consulta democrática, pero nadie podrá negar que, del mismo modo que una brújula, están señalando con la persistencia de una aguja magnética las orientaciones que está tomando el electorado.

Los avisos, pues, se vienen repitiendo, pese a que las cifras que ofrecen las encuestas no son siempre las mismas. Primero el de la división de la izquierda, dentro de la cual está en este momento, pese a que verbalmente lo niegue, la nueva fuerza partidaria Podemos, como objetivamente refleja la escala de posicionamiento ideológico de algunos estudios de opinión. El segundo aviso, el que más debe preocupar de modo inmediato y directo a los dirigentes del PSOE, es el fenómeno de deslizamiento de importantes cifras de votantes y afiliados socialista hacia Podemos, debido a sentimientos de decepción y frustración que hemos de considerar reales, como pudo ejemplificarse en un reciente  programa de Jordi Évole, en el que Pedro Sánchez tuvo un encuentro con vecinos y  familiares de votantes y afiliados que hasta ahora eran socialistas, pero que expresaban decepción y duda sobre la credibilidad del Partido y, algunos, anunciaban su pase a Podemos. Esa misma situación se repite en otros muchos lugares, incluso entre afiliados tradicionales del PSOE que se están aproximando a la nueva formación política buscando una práctica política y posicionamientos ideológicos y programáticos  que no encuentran en su Partido.

La gravedad y relevancia de este segundo aviso a sus dirigentes se acentúa teniendo en cuenta que la mayoría de las encuestas conocidas sitúan al Partido Socialista por debajo de los malos resultados electoras de 2011 (28,7%), por lo que, si no remonta la situación, correría  el riesgo de perder, si no lo ha perdido ya, el papel que hasta ahora ha tenido de alternativa autónoma de gobierno en el Estado y, lo que sería aún peor, dejar de ser la fuerza política hegemónica en el ámbito del centro izquierda; o el drama inconcebible para muchos de verse convertido en el tercer partido nacional, como ya le está ocurriendo al PSC y al PSE, en Cataluña y Euskadi respectivamente.

Pero, no nos engañemos, Podemos no tendría capacidad de causar los problemas de pérdidas electorales que según las encuestas padece el PSOE. Por eso es francamente ineficiente la táctica que están siguiendo muchos dirigentes y algunos sectores de opinión tradicionales del Partido, cuya principal providencia consiste en la descalificación descarnada de un contrario que en este momento apenas tiene construida su organización y su perfil político; descalificando al nuevo competidor con un anatema condenatorio que, muy posiblemente, contribuya a hacer irreversible la marcha de aquellos votantes y afiliados que han decidido probar suerte aventurándose con la nueva formación política .Es evidente que la responsabilidad de los males del Partido Socialista no la tiene el éxito de Podemos, aunque sea lo más habitual, humano y fácil echar las culpas de nuestras desgracias al competidor, un competidor que ni siquiera tiene un año de existencia, cuando nuestros males quizás ya venían siendo importantes y endémicos desde hace mucho más tiempo. Es preciso mirar hacia dentro y hacia atrás para reflexionar sobre aquello en lo que el Partido y sus dirigentes se han equivocado, o se sigue equivocando, y ha sido la causa real de la pérdida de credibilidad.

Tras cerca de los cuarenta años trascurridos desde que comenzó en Suresnes la última y actual etapa de la vida de un Partido centenario, cuya acción política decisiva y constructiva sobre los destinos de los ciudadanos españoles ha sido innegable durante el siglo XX y lo que llevamos del siglo XXI, en los que  junto a graves errores, algunos aún no rectificados, ha predominado su contribución a las más importantes conquistas sociales y democrática, es muy necesario que esta organización mire a su interior, compruebe el alcance del desgaste sufrido y los malos hábitos debidos al envejecimiento, así como las causas de la credibilidad perdida por sus equivocaciones y concesiones ideológicas. Porque la credibilidad, como la confianza, no es algo que se regala gratuitamente a cambio de nada, sino algo que se conquista y que requiere esfuerzos y  lealtades  correspondidas con electores y afiliados de base para mantenerse; pero que una vez perdida es difícil recuperar, como estamos viendo le ocurre hoy al Partido Socialista.

En el seno del PSOE han convivido y conviven dos almas o tendencias de fondo, la socialdemócrata conservadora, minoritaria pero con gran capacidad de influencia para decidir la política socioeconómica y muchas cosas más del Partido y del Gobierno, y la socialdemócrata sin apellido, mayoritaria, pero sabedora de que sus aspiraciones profundas y objetivos, habitualmente moderados, se ven aplazados y sacrificados a la espera de momentos que casi nunca llegan, y que en las circunstancias presentes de crisis social tan grave y de triunfo tan olímpico del neoliberalismo capitalista sin alma que destruye sin repararos las conquistas del Estado de Bienestar, aprecia con disgusto, no siempre resignado ya, respuestas tímidas e insuficientes de su Partido. Ello explicaría en gran medida la fuga de muchos votantes y afiliados hacia la otra fuerza partidaria. Porque también en el ámbito de votantes y afiliados se ha producido la repolitización que imponen las circunstancias, sin que las aspiraciones de acción política que manifiestan los votantes y afiliados más críticos, activos e ideologizados haya tenido el estímulo, el encauzamiento orgánico y el liderazgo que movilizan a un colectivo deseoso de intervenir en la acción política.

Son cuestiones que no se solucionan con la mera elección de un Secretario General, ni con una potente campaña publicitaria para dar a conocer su figura y las propuestas políticas que, según las claves demoscópicas en cada momento, convenga o sea oportuno proponer. Se requiere también la existencia de unos militantes preparados y convencidos de su entrega a un proyecto de transformación, reforma y progreso, y una sólida organización con un programa coherentemente socialista detrás. Colgándose de un aerogenerador o escalando un peñón, solamente se ha hecho conocer a la opinión pública la excelente fortaleza física de una persona, y poco más. Posiblemente haya ocasiones mejores y con más contenido pedagógico para llamar la atención sobre la figura de un dirigente, la solidez del colectivo que lidera y la potencia de sus mensajes a la sociedad. Porque el protagonista principal de toda esta historia es el colectivo organizado como Partido Socialista, que elige a sus dirigentes para realizar su misión política, sin desdibujarse nunca como sujeto principal que vive,  participa y decide democráticamente.

No se debe olvidar que la revitalización de un partido desgastado por la erosión de los elementos internos y externos durante cuarenta años, y con dificultades para remontar sus previsiones electorales, requiere como acción prioritaria un duro trabajo interior, humilde, persistente, sin relumbrón aparente, de fortalecimiento orgánico de carácter democrático, de renovación ideológica y revitalización de la actividad y participación en las decisiones y debate entre todos sus militante, no limitándose, como ahora, a la simple acción institucional minoritaria de  los cargos públicos, si se quiere de verdad alcanzar la solidez y credibilidad que le devuelva la confianza  perdida de los españoles. Es necesario para poder seguir realizando en nuestros días misiones iguales o parecidas a las que al comienzo de este articulo mencionaba el Pablo Iglesias histórico, el auténtico y ejemplar fundador del único real socialismo democrático que ha existido en España. Del que dijo el bueno de Don Antonio Machado que su voz tenía “el timbre inconfundible -e indefinible- de la verdad humana”.