Dominio público

El fin de los largos años grises

Bruno Estrada

LópezEconomista

Bruno Estrada López
Economista

Soplan frescos vientos en esta primavera madrileña, frescos vientos que ansiamos que nos traigan el fin de los largos años grises. Veinte años sí, han sido ya veinte largos años grises en los que la polución política lo ha ido impregnando todo.

En los que una economía basada en la especulación y la corrupción ha ido entrelazando cada vez con más fuerza los vínculos entre los gestores públicos y los "señores del ladrillo" (y de las contratas municipales), que han merodeado por la Tierra Media de nuestra comunidad con absoluta impunidad, edificando fantasmales burbujas de cemento que al derrumbarse han mostrado el vacío productivo que había detrás.

Las investigaciones judiciales en torno a los casos "Gurtel", "Púnica" o "Bankia" no son más que la punta del iceberg del volumen que ha adquirido esta elite extractiva en nuestra región, a caballo entre la política y la economía especulativa y clientelar. Esa elite extractiva que nos ha robado a los madrileños muy por encima de nuestras posibilidades de generar riqueza con nuestro esfuerzo y con nuestro trabajo, hasta empobrecer a miles y miles personas. Gestores con una supuesta valía profesional intachable, como Miguel Blesa y Rodrigo Rato (personas del Partido Popular, o que compartieron pupitre con ellos), han devenido en presuntos responsables últimos de unas perdidas en Bankia de más de 20.000 millones, perdidas que han obligado a que el conjunto de nuestro país haya adquirido una pesada hipoteca con la Troika.

Veinte largos años grises con ininterrumpidos gobiernos dirigidos por una pléyade de siniestros personajillos que, cual familia real afectada por la endogamia, se han ido degradando hasta alcanzar las más altas cotas de la miseria, bien sea por inutilidad propia o adquirida a través de áticos no escriturados correctamente.

Pero estos largos años grises también lo han sido por la polución atmosférica que ha propiciado este modelo de crecimiento, en los cuales hemos visto como nuestras ciudades se llenaban de asfalto y de humo hasta niveles tales que la Comisión Europea ha tenido que multar a las autoridades españolas, aquellas que tienen la obligación de velar por la mejora de nuestro bienestar y salud, por permitir el lento envenenamiento masivo de los madrileños.

Veinte largos años grises en los que hemos asistido al deterioro de nuestro Estado del Bienestar, esto es, de la solidaridad, que ha hecho que cada vez en mayor medida en Madrid la esperanza de vida de sus ciudadanos dependa del bolsillo individual de cada uno, no de la riqueza colectiva generada en forma de centros de salud, hospitales, médicas y enfermeros. Las últimas protestas de los enfermos de Hepatitis C nos han mostrado directamente a la cara, con la obscena crudeza que supone protestar por estar al borde de la muerte, esta atroz realidad.

En los que hemos visto cómo nuestras mejores cabezas, formadas en gran parte en las universidades públicas (que se han ido deteriorando por la escasez de recursos que les ha destinado el gobierno regional), tenían que poner en valor su conocimiento y su inteligencia muy lejos de aquí. En los que los avances alcanzados por una plena igualdad de género se han ido erosionado por la pertinaz actuación de esas políticas y políticos del PP que consideran que las mujeres deben jugar un papel subalterno en la sociedad.

Veinte largos años grises en los que hemos visto como se han deteriorado las libertades y ha retrocedido el Estado de Derecho. Donde la protesta ciudadana ante situaciones de palmaria injusticia, como los desahucios de personas enfermas, mayores, indigentes, o ante el deterioro de la sanidad o la educación pública madrileña, ha sido respondida desde la Delegación del Gobierno con su criminalización, recordando otro largo periodo de años grises, que creíamos que formaba parte de un pasado que nunca iba a volver, en el que la indefensión aprendida era el comportamiento social dominante.

En los que, a pesar del esfuerzo diario de miles de actores, escritores, dramaturgos, guionistas, cineastas, historietistas y cantantes por ayudarnos a sentir y a pensar, la cultura ha pasado a ser considerada como un mero bien de consumo de lujo, penalizado con un IVA similar al de los yates.

Estos veinte largos años grises se han ido depositando sobre nuestras conciencias. Conformando una pesada capa de ceniza que ha ido cegando nuestros sentidos, hasta hacer imposible que pudiéramos imaginar que Otro Madrid era posible, hasta hacernos olvidar que las ciudades se hacen para las personas, no para incrementar los beneficios de los especuladores inmobiliarios, que la democracia es un ejercicio diario, individual y colectivo, que nadie nos ha regalado nada, y que nadie nos va a regalar nada.

Sin embargo, los frescos vientos con los que viene preñada esta primavera, nos han devuelto la ilusión de que es posible limpiar toda esa ceniza, toda esa basura política y material que se ha ido acumulando en Madrid. De que ha tenido sentido el esfuerzo de todas y todos los que hemos participado en multitud de protestas cuyo denominador común era rebelarnos contra quienes intentaban sojuzgar hasta nuestra capacidad de imaginar.

Pero para que ese esfuerzo se transforme en palanca de cambio en las instituciones es necesaria una nueva mayoría social que incluya a todas y todos los que hemos participado en las luchas, y en las organizaciones, que se han enfrentado a esas políticas durante estos largos años grises: en Podemos (gracias en particular a Manuela Carmena y a José Manuel López), en CCOO, UGT y otros sindicatos que han aguantado con firmeza el temporal y han encabezado emblemáticas luchas sociales (como la de las contratas de limpieza del Ayuntamiento de Madrid o la de la fabrica de Coca-Cola en Fuenlabrada), en el PSOE,  en el 15-M, en IU ( tanto los que estaban y se han ido y como los que permanecen), en las Marchas de la Dignidad, en Juventud Sin Futuro, en Equo, en las plataformas antidesahucio y en las Mareas.

Una nueva mayoría social que también debe recoger en su seno a los millones de madrileñas y madrileños que, aunque no hayan participado activamente en esas luchas, en su fuero interno, cuando uno se mira al espejo en la soledad de la mañana y reflexiona sobre lo que esta bien y lo que no, han ido tomando conciencia de la degeneración moral a la que nos precipitaba la acumulación de años grises.

Nos necesitamos a todos para recuperar la alegría de vivir en Madrid, en una sociedad creativa, abierta, limpia, generadora de riqueza pero también de bienestar, solidaria e inclusiva, respetuosa con las personas y con el medioambiente, y también, por qué no, amable.