Opinion · Dominio público

¿Quién se la juega el 7-J?

 IGNACIO URQUIZU

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Una vez se conozcan los resultados electorales el próximo domingo, todos nos enzarzaremos en un debate sobre en qué medida podemos extrapolarlos a la política nacional. Es cierto que en estas elecciones lo que está en juego es el Parlamento Europeo, pero esto no impide que estos comicios vayan a tener consecuencias dentro de nuestras
fronteras políticas.

Por un lado, sabemos que en las elecciones europeas las cuestiones domésticas influyen en la decisión de apoyar a un partido u otro. De hecho, este tipo de elecciones son consideradas de segundo orden. Esto significa que los ciudadanos se sienten más libres y aprovechan para mandar mensajes al Gobierno y a la oposición.
Por otro lado, los partidos van a tener que digerir los resultados. Si no se colman sus expectativas, siempre surgen voces críticas, en especial con más fuerza cuando se está en la oposición. Por ello, aunque los resultados no reflejen fielmente la distancia que habría entre Partido Socialista y Partido Popular en caso de celebrarse unas elecciones generales, analizar qué consecuencias tienen estas elecciones para la política nacional es de gran interés.
Las encuestas vienen anticipando un empate técnico entre Partido Socialista y Partido Popular, aunque la mayoría de ellas se decantan por una ligera ventaja para los conservadores. Esto significa que en las expectativas socialistas todos descuentan la posibilidad de perder las elecciones por muy poco. Además, les tranquiliza que, si lo que estuviese en juego fuese el Gobierno de la nación, la participación electoral aumentaría y el voto de castigo se reduciría notablemente. Sólo si la derrota fuese dramática y Mayor Oreja consiguiese una victoria aplastante, veríamos cambios en la estrategia socialista.

Siempre quedará la tentación de mirar al pasado y argumentar que en las elecciones europeas de 1994 el Partido Popular ganó por casi diez puntos y 1.734.193 votos, mientras que dos años más tarde esta ventaja se redujo a algo más de un punto porcentual y menos de 300.000 votos. Caer en este análisis sería un gran error, porque no podemos olvidar que la contundente victoria de 1994 anticipó la dulce derrota de 1996. No obstante, este escenario es el menos probable ahora mismo.

En una situación muy distinta se encuentra Mariano Rajoy. Tanto la victoria como la derrota van a tener consecuencias internas negativas. Para entender este contrasentido debemos echar la vista al pasado. Tal y como se analiza en detalle en el próximo Informe sobre la Democracia 2009 de la Fundación Alternativas, tras la derrota en las elecciones generales de 2008, el líder del PP descubrió que con la crispación no podía ganar ni gobernar. Por ello decidió cambiar su estrategia de oposición. Esto ha implicado prescindir de algunos de los dirigentes y apoyos mediáticos más estridentes, aunque ha recurrido a ellos cuando se ha encontrado acosado por los escándalos de
corrupción.

Este cambio en el estilo de oposición se enfrentó a otro problema: ¿quién es realmente Mariano Rajoy, el que alentaba la estrategia de la crispación o el líder moderado actual? Los cambios de estrategia suelen verse acompañados de cambios en el liderazgo, pero modificar los mensajes sin cambiar a su portavoz suele reducir la credibilidad de estos.
Estos dos conflictos nos ayudan a entender por qué el líder del PP optó por Mayor Oreja. La situación que vive el Partido Popular en estas elecciones europeas es paradójica. Los estudios académicos nos dicen que los votantes castigan a los partidos divididos. Por ello, antes de conocer quién iba a encabezar la lista del Partido Popular, los críticos dentro del PP tenían incentivos en alentar y dar publicidad a esta división.

Así, una vez los resultados electorales fuesen malos, los que incitaban a la disidencia interna reprocharían a Mariano Rajoy su derrota electoral. Por este motivo el líder popular eligió a Mayor Oreja como cabeza de cartel: para neutralizar futuros reproches internos. En caso de perder el próximo domingo, los defensores de la crispación verían cómo un candidato de los suyos tampoco conseguía vencer a los socialistas.

Dados todos estos conflictos y dilemas, tanto la victoria cómo la derrota presentarán dificultades al liderazgo de Mariano Rajoy. Si el Partido Popular gana al Partido Socialista, los críticos siempre podrán argumentar que su primera victoria electoral en todo el territorio nacional desde el año 2000 se ha producido cuando la lista la encabeza uno de los duros. En cambio, si las elecciones del domingo arrojan una victoria socialista, los defensores de la crispación podrán decir que el nuevo estilo de oposición y el liderazgo de Mariano Rajoy les conducen una vez tras otra hacia la derrota. Dicho en otras palabras, para los críticos, si gana el PP, gana Mayor Oreja y si ganan los socialistas, pierde Mariano Rajoy.
En definitiva, no es cierto que las elecciones del 7-J vayan a acabar con la división interna dentro del PP. El Congreso de Valencia del año pasado se cerró en falso. Aunque los escándalos de corrupción han servido para unir internamente el partido, esta situación es un espejismo. Únicamente cuando los dirigentes populares entiendan que es necesario un cambio generacional en sus filas, comenzando por su líder, podrán empezar a preparar una estrategia de vuelta al poder. Mientras tanto, harán buena la popular frase de Giulio Andreotti: “El poder desgasta, sobre todo cuando no se tiene”.

Ignacio Urquizu es  politólogo de la Fundación Alternativas y profesor en la Universidad Complutense de Madrid.

Ilustración de Enric Jardí.