Dominio público

Educación para la igualdad

MARISA SOLETO DÁVILA

22-11-07.jpgLamentablemente, el agrio y abrupto debate al que hemos asistido en relación con la asignatura de Educación para la Ciudadanía nos ha privado de la posibilidad de concentrar esfuerzos y considerar diversas opiniones sobre cómo debe fortalecerse la educación en valores dentro del sistema educativo, en general, y en particular en relación con la igualdad de oportunidades entre mujeres y hombre, chicas y chicos.

Todo el mundo nos hemos planteado que hay problemas sociales que sólo vamos a poder arreglar en las generaciones futuras. Lo pensamos porque depositamos en la educación nuestra esperanza de una sociedad mejor para nuestras hijas e hijos, frente a problemas, frecuentemente de orden estructural, que somos incapaces de resolver desde nuestra realidad cotidiana. Es habitual encontrar este argumento en relación con la desigual posición social de mujeres y hombres y, sobre todo, en relación con la erradicación de la violencia contra las mujeres.

Pero si queremos que los chicos y chicas que en este momento están en el sistema educativo aprendan a construir sus relaciones mutuas desde el respeto y sean capaces de un diseño social futuro sin problemas de asimetrías discriminatorias para con las mujeres en los espacios públicos y privados, es evidente que tendremos que darles criterios y fundamentos que les ayuden a superar los problemas que las personas adultas (sus padres y sus madres) no hemos sido capaces de resolver en nuestra vida, con la suficiente eficacia como para eliminar la discriminación social por razón de sexo.

La pregunta es si lo estamos haciendo y la respuesta la podemos encontrar en cualquier colegio a la hora del recreo. Los modelos de relación entre las niñas y niños actuales apenas han cambiado y siguen basados en roles muy parecidos a los que existían hace 30 años. Existen problemas para compartir juegos y espacios. Se tiene una idea certera sobre qué cosas corresponden a los territorios masculinos y femeninos y las relaciones se segregan. El primer amor continúa prisionero de los mitos del príncipe azul y la princesa que espera su oportunidad de agradar. El acoso es una práctica extendida que en muchas ocasiones tienes motivaciones de género, por poner algunos ejemplos.

No podemos cambiar esta situación confiando exclusivamente en la asignatura de Educación para la Ciudadanía. La educación para la igualdad dentro del sistema educativo, necesariamente, tiene que tener una visión más amplia y más integral. Debe cubrir el itinerario escolar completo desde la educación infantil y debe implicar no sólo los aspectos relativos a la docencia, sino al propio funcionamiento de los centros y la participación de toda la comunidad educativa.

Sí. Se trata de recuperar y desarrollar plenamente la malparada transversalidad de la educación en valores, que ya se propuso en reformas educativas anteriores, y que sigue siendo la mejor de las actuales opciones posibles. Es necesario considerar la experiencia de un fracaso previo y aprovechar la información que los errores cometidos nos pueden dar sobre cuáles deberían ser los pasos a seguir en esta segunda oportunidad.

No podemos ni debemos sobrecargar los tiempos y las tareas relativas a la docencia. No resulta razonable atribuir toda la responsabilidad de la tarea al profesorado. Necesitamos herramientas, concretar contenidos y propuestas de intervención que tengan cabida en el normal desarrollo de la actividad de los centros educativos. El compromiso debe incluir no sólo la labor docente sino el conjunto de relaciones que se desarrollan dentro de las escuelas y los institutos. Necesitamos una mejor y mayor formación del profesorado, pero también la intervención de otro tipo de profesionales y entidades. Hay que trabajar en medidas de apoyo que conviertan la educación en una tarea también de otros miembros de la comunidad y otros agentes sociales, como las familias y los medios de comunicación.

La tarea es conjunta y deberíamos estar hablando de todas estas cosas en lugar de discutir, como tozudamente se empeñan las posiciones sociales, políticas y religiosas más conservadoras, sobre si nos asiste o no un derecho individual para preservar, dentro de la escuela, modelos tradicionales de transmisión de valores.

Nadie quiere que la injusticia social de la discriminación por razón de sexo se perpetúe. En términos generales queremos que la sociedad futura esté libre de desigualdades que impidan un verdadero desarrollo social y un crecimiento democrático pleno, real y efectivo, o al menos eso declaramos la mayoría social. Confiamos en la educación como uno de los principales vehículos para ello. Pero cuando se hacen propuestas relacionadas con la apertura de modelos y contenidos que puedan cambiar las cosas, intentan convencernos de que debemos apelar a la libertad individual para pedir que las cosas no cambien, para reivindicar el valor social de modelos tradicionales que son, en parte, responsables de los problemas que queremos erradicar.

Así no hay manera. Terminemos cuanto antes con debates circulares, promovidos por quienes no quieren que las cosas cambien, por quienes quieren conservar patentes de corso sobre la educación moral de la futura ciudadanía, y vamos a concentrarnos en proponer soluciones prácticas y valientes sobre cómo educar desde la escuela para conseguir un futuro con mejores y más equilibradas relaciones sociales entre mujeres y hombres dentro y fuera de las familias y de las relaciones afectivas y sexuales. Quizá en un marco de debate más amplio sobre cómo abordar y desarrollar una educación para la igualdad desde el sistema educativo, cuestiones como la utilización del velo en la escuela por parte de las niñas de religión musulmana no nos producirían tantas dudas, ni nos generarían tantos problemas. Aunque esto, también, forma parte de otra historia.

Marisa Soleto Dávila es directora de la Fundación Mujeres

Ilustración de Enric Jardí