Opinion · Dominio público

Siria, entre Palmira y Qalamun

Pablo Sapag M
Profesor-investigador Universidad Complutense de Madrid y del Centro de Estudios Árabes de la Universidad de Chile

Mucho se ha movido en Siria en las últimas semanas. Sin embargo, no todo ha ido en la dirección planificada y deseada por la alianza yihadista-occidental que asedia el país árabe desde hace cuatro años. Mientras esa coalición -menos contra natura de lo que a priori se pueda pensar- se ha apuntado algunos tantos en la noroccidental provincia de Idlib y en la muy visible ciudad de Palmira, los medios de comunicación censuran los avances de la otra coalición en el frente occidental de las Montañas de Qalamun. Allí el Ejército Árabe Sirio y el Hezbolá libanés están dando buena cuenta de Jabat al Nusra y otros grupos.

En Idlib capital y la ciudad de Jisr al Shugour los avances yihadistas fueron posibles después del agrupamiento de varias organizaciones bajo el paraguas del Ejército de la Conquista. En realidad, la marca blanca de Jabat al Nusra, una maniobra de camuflaje que le ha permitido recibir ayuda de varias potencias regionales y globales, sorteando así los hipócritas pudores estadounidenses y europeos ante la posibilidad de ayudar directamente a Al Qaeda. Como han probado el Gobierno sirio y la Fiscalía turca pero ocultado la prensa islamista y occidental, el Ejército de la Conquista contó con apoyo artillero desde Turquía, país del que las ciudades sirias hoy ya en manos terroristas están a pocos kilómetros. De hecho, varias webs yihadistas han reconocido que la “sala de control” de la operación estaba en una Turquía miembro de la OTAN que ofreció paso franco a chechenos, afganos, tayikos, saudíes, libios, tunecinos y europeos para que participaran en una operación que inaugura una nueva etapa de coordinación entre Turquía, Arabia Saudí y Qatar frente a Siria.

Poco después de esa maniobra que también logró la dispersión de las fuerzas sirias, se produjo la caída de Palmira, situada en pleno desierto y entre la zona densamente poblada y fértil de Siria y el Iraq también en manos del Estado Islámico, otra mutación de Al Qaeda. Ocurrió en dos fases. El fin de semana del 16 de mayo los yihadistas aprovecharon una “ventana de sombra” ofrecida por las defensas antiaéreas sirias para que los estadounidenses supuestamente realizaran una operación de castigo aéreo al EI. La oleada de miles de yihadistas -imposible de no ser detectada en pleno desierto por los aviones y satélites de EE UU- fue frenada en primera instancia. Sin embargo, días después el Gobierno sirio ordenó, como en Idlib y Jisr al Shugour, la retirada para evitar más bajas producidas por esas extrañas coincidencias, en realidad operaciones bien planificadas, coordinadas y consentidas por sus muchos enemigos –esos mismos días Obama se reunía en Camp David con los monarcas absolutos del Golfo Pérsico-. El revés militar se ha compensado en parte en términos propagandísticos, al quedar en evidencia los métodos del EI y la incapacidad absoluta pero difícilmente casual de la coalición con la que EE UU dice querer frenar al EI. Al menos por unos días, Palmira ha permitido romper el bloqueo informativo con el que los medios occidentales han ocultado sistemáticamente el genocidio al que desde hace cuatro años se somete al pueblo sirio.

Mientras los occidentales derraman lágrimas de cocodrilo por Palmira, el Ejército Sirio y sus aliados también nacionalistas y antimperialistas de Hezbolá han lanzado una gran operación en las montañas de Qalamun, que separan Siria de Líbano. Su avance ha sido arrollador, liberando en dos semanas 500 kilómetros cuadrados que durante año y medio han estado en poder de Jabat al Nusra. Damasco se garantiza así la seguridad y un corredor vital con el Líbano. De paso manda un mensaje claro dentro y fuera. La última línea de resistencia es la franja occidental del país donde vive el 80% de la población y por lo mismo donde más visible es la multiconfesionalidad de la sociedad siria, esa milenaria coexistencia entre cristianos y musulmanes de distintas denominaciones solo garantizada por el estado aconfesional sirio. De paso fuerza a las potencias que la asedian a hacerse cargo de las consecuencias del “caos creativo” con el que EE UU, Francia y sus comparsas se han empeñado en diseñar un nuevo Oriente Medio fragmentado en mini estados confesionales como Israel o el EI controlados con mando a distancia desde Washington o París. La externalización de servicios a través de subcontratas que cambian de nombre –“rebeldes moderados”, Jabat al Nusra, EI, Ejército de la Conquista, etc.- y dirigidos por aliados regionales caracterizados por su islamismo radical ha traído estos resultados. Ahora, sin embargo, el paisaje está mucho más claro. Más allá de ruinas, petróleo y gas, para Siria las opciones son solo dos: civilización o barbarie. Hasta el final.