Opinion · Dominio público

No hay nadie al otro lado

dominio-08-04.jpgJoan Ridao

Hasta no hace mucho tiempo, las izquierdas catalanas, las no soberanistas, habían hecho del federalismo el maná de su relato territorial: su propuesta defendía el entente Catalunya-España. Ante los que abogamos, simple y llanamente, por la independencia, y subrayamos nuestro planteamiento democrático sobre la cuestión en base al derecho a decidir, se postraban los adláteres de un discurso que se nos antojaba conciliador, defendiendo a ultranza consolidar la relación Catalunya-España a partir de un proyecto común, plural y de carácter federal. Aunque no es menos cierto que del dicho al hecho hay un buen trecho. Esto es, jamás hemos visto acompañar ese cacareado federalismo no ya con propuestas políticas sino con gestos. Más bien, parecería que el federalismo es el antídoto al que se aferran las izquierdas sucursalistas ante un planteamiento como el de la izquierda independentista, con atisbos de inestabilidad y ruptura, de sacudida. Una retórica, la del federalismo, huelga decirlo, más amable, más asumible a priori para una sociedad que bastantes problemas tiene ya como para plantearse el envite de una confrontación –por mucho que desde Catalunya se plantee en términos estrictamente democráticos– con el Estado español.

De hecho, el federalismo tiene una larga tradición en el catalanismo de izquierdas. He ahí grandes nombres que dejaron eruditos ensayos sobre la cuestión, como Pi i Margall o el mismo Valentí Almirall e incluso la misma Esquerra Republicana de Catalunya, que contó ya desde su fundación con claros exponentes de esa corriente ideológica. ¿Cuál era si no la trayectoria del president Lluís Companys? Pues la de un hombre de un intachable bagaje republicano y obrerista tanto más federalista. No obstante, Companys, ante la evolución de los pormenores de la República y el alzamiento franquista, acabó tomando un camino de corte claramente soberanista, tal vez el único que le quedaba. Y a juzgar por algunos hechos, más por necesidad que por convicción.
La propuesta federalista requería el consenso de dos y Companys comprobó amargamente, como tantos otros, que cuando alargaba la mano a España, no había nadie que quisiera encajarla, sino más bien morderla. No ya sólo entre una derechona de tintes claramente catalanófobos (un repaso a las hemerotecas de la época del Estatut republicano proporciona una ajustada idea de hasta qué punto), sino también entre el grueso de la izquierda española: oscilando entre la callada por respuesta y un acusado seguidismo canino de la derecha. Para muestra un botón: los excesos catalanófobos forman parte de las memorias en el exilio de aguerridos republicanos como Manuel Azaña o Negrín.

Ese federalismo sincero de Companys y tantos otros jamás encontró reciprocidad en España. Y huelga decir lo absurdo de mantener la voluntad de sellar un acuerdo de convivencia con alguien que no tiene ningún interés en dar ningún paso en esa dirección. Sencillamente, porque ya se siente cómodo en esa tesitura de una España centralista, esa España radial del kilómetro cero que no tolera la diferencia porque no está dispuesta a asumir su propia pluralidad. Esa España catalanófoba que guiaba las retransmisiones radiadas de Queipo de Llano desde Sevilla: “Convertiremos Madrid en un vergel, Bilbao en una gran fábrica y Barcelona en un inmenso solar”.
Llevamos más de 30 largos años de postfranquismo, de Constitución monárquica, de eso que describió Público en un solvente reportaje como el “dedazo”. Y poco o nada parece haber cambiado en lo que atañe a la concepción de España por parte de la izquierda que tanto se asemeja a la derecha. Es ahí donde cojea la izquierda sucursalista catalana: su receta mágica del federalismo no tiene credibilidad. Esa suerte de comodín, el federalismo, se ha agotado. Sencillamente, porque no hay nadie al otro lado.

¿Qué hacer pues? ¿Cómo dar respuesta a un encaje, el de Catalunya en España, que chirría? Alguien me dirá que el nuevo modelo de financiación cambia las cosas. Craso error. Básicamente, porque se trata de un buen apaño para los próximos cinco años, pero en ningún caso de un modelo que resuelva el contencioso. Lo cierto, y ese es el meollo de la cuestión, es que el día a día de los gobiernos de Madrid es el de un Estado unitario descentralizado, que con la excusa de la solidaridad está creando una vasta megalópolis que poco tiene que ver con criterios de redistribución territorial de la riqueza y menos aún de eficiencia. Sólo hay que ver las ansias por petrificar el modelo aeroportuario heredado del franquismo. No sólo no se ha modificado, se ha potenciado contra toda lógica del sistema de mercado y de espaldas a los modelos que funcionan en Europa. Como no hay manera de entender que el Gobierno de Madrid siga, erre que erre, ignorando que el eje mediterráneo es el más vigoroso del Estado.

Ahí está también el asunto de las competencias de algunos ministerios y sus 150.000 funcionarios que concurren deslealmente con las competencias autonómicas, con una curiosa ecuación: a más competencias de las CCAA, mayor gasto del Estado. ¿Cabe mayor paradoja? Pues ese es el modelo de Estado que comparten la izquierda y la derecha española, pese a darse de bruces contra la lógica económica y de mercado. Y eso es también lo que, a la postre, ahoga el discurso federalista en Catalunya. Ese camino no lleva a ninguna parte. Por tanto, caben dos posibilidades: seguir metidos en el lodazal a sabiendas de que no tiene remedio o levantar la cabeza, apoyarse en la sensatez, proclamar desacomplejadamente que hasta aquí hemos llegado y hasta pronto España, nos encontraremos en Bruselas.

Joan Ridao es Secretario general de Esquerra Republicana de Catalunya y portavoz en las Cortes

Ilustración de Mandrake