Opinion · Dominio público

La impunidad en Kenia

dominio-08-07.jpgWangari Maathai

Empezó con los exploradores y primeros colonos, quienes no demostraron respeto alguno por el sistema de normas que regulaba a la gente con la que se toparon. Cuando avanzaron desde la costa hasta el interior, se enfrentaron a diferentes tribus que intentaron detenerles con arcos, flechas y lanzas, y trataron de obligarles a que respetaran las leyes locales y mantuvieran el orden. En ocasiones, se suscribieron tratados y acuerdos verbales, pero nunca fueron respetados. Por el contrario, los nativos fueron rápidamente reducidos gracias al empleo de pistolas, que eran armas más efectivas. Una vez que se establecieron de manera fija, los recién llegados gobernaron con impunidad.

Antes de eso, las relaciones entre las tribus eran limitadas, a menos que fueran vecinas. En ese caso, podían intercambiar bienes, casarse entre sí e incluso comerciar con el ganado según las normas establecidas en sus acuerdos. Al margen de esto, estas micronaciones eran como extraños. Sin embargo, a medida que iban trasladándose o moviéndose alrededor e interactuando, más que cultivar la unidad de propósitos, desarrollaron y adoptaron tendencias y prejuicios sobre las prácticas y costumbres. Esto sólo sirvió para motivar el viejo refrán “divide y vencerás”.
La lucha por la libertad de los Mau Mau ofreció una oportunidad a algunos líderes tribales para unirse y acabar con el colonialismo. Pero, durante la independencia, la Administración colonial transfirió los instrumentos de poder a los partidarios del Gobierno vigente y a los oportunistas que habían apoyado a los colonos frente a aquellos que lucharon en la guerra de liberación llevada a cabo por los Mau Mau. Al haber apoyado a la Administración colonial, la nueva élite dirigente, cuyos miembros habían sido entrenados por los administradores colonos, adoptó el mismo estilo de vida poco moderado, explotador y despilfarrador, y despreció y desconsideró a los nativos. El cambio consistió simplemente en un cambio de vigilantes.

Finalmente, el mal uso del poder, la corrupción y la falta de gobernanza de un sistema depredador empobrece y hace más subdesarrollado al país, el cual se convirtió en dependiente y ahora amenazado por la inseguridad y la necesidad de superviviencia. A pesar de que las lealtades y afiliaciones tribales son muy fuertes, los miembros de las élites gobernantes y el sector privado rico son capaces de unirse y formar fuertes alianzas para ganar elecciones y compartir poder y privilegios, con lo que ello acarrea. En la medida en que cogieran porciones del pastel nacional para los miembros de sus tribus y les convencieran de que protegían sus intereses, eran valiosos. Si no, se convertían en una carga y se prescindía de ellos.
Esta capacidad de los gobernantes y el sector acomodado de establecer acuerdos entre ellos y persuadir a sus comunidades para que les apoyen –incluso cuando dichos compromisos van en contra del bienestar de la mayor parte de la sociedad y el país– se basa en la impunidad. Las nuevas élites gobernantes han llegado a creer que pueden cometer cualquier crimen y librarse de la justicia al estar apoyados por sus micronaciones y por su comunidad.

Los crímenes que cometen varían desde traficar con sustancias ilegales, como drogas y alcohol, aceptar sobornos, corrupción, robar tesoros y grano, repartirse el bosque, pantanos, tierras y propiedades públicas para vendérselas a otros, cometer fraude electoral y, en general, gobernar como si el Estado fuera una propiedad personal que supervisa y consiente los asesinatos de miembros de otras micronaciones, tal y como ocurrió durante los choques tribales de 1991, 1992, 1997 e incluso 2008. Debido a que controlan el Poder Judicial, la Policía, el Ejército y hasta, recientemente, el Parlamento, siempre les ha sido posible llegar a acuerdos con los que se defienden ante la opinión pública mientras piden “olvido y perdón” a las víctimas de su falta de buen gobierno. Los crímenes son rápidamente barridos debajo de la alfombra y las élites gobernantes vuelven a coger el timón y a hacer negocios como siempre.

A veces puede que no estén de acuerdo si se sienten engañados o comprometidos. Y en ese momento, puede que apelen a los miembros de las micronaciones para que hagan sus demandas por la fuerza si fuera necesario. Esto explica
la reaparición de los conflictos tribales e incluso la violencia posterior a las elecciones de 2007.

Por tanto, la impunidad ha sido siempre parte del sistema de gobierno en Kenia. Es por ello que el país es incapaz de establecer un tribunal para intentar buscar a los sospechosos de la violencia que tuvo lugar después de los comicios de 2007. La verdadera intención de la recién creada Comisión de la Verdad, Justicia y Reconciliación (RJRC) es facilitar la impunidad y el engaño, manipular a las víctimas y esconder de nuevo los crímenes debajo de la alfombra. Ninguno de estos líderes ha dado nunca explicación alguna por los crímenes que cometieron contra el Estado. ¿Por qué no? Lo cierto es que ninguno de ellos está realmente interesado en que se conozca la verdad o se haga justicia. Pero, de manera similar a lo que tradicionalmente ha ocurrido en Kenia, se ha creado una Comisión de la Verdad, Justicia y Reconciliación para recabar información de la opinión pública y hacer un informe para las élites gobernantes, que se acabará archivado.

Wangari Maathai es Premio Nobel de la Paz en 2004

Ilustración de Miguel Ordoñez