Opinion · Dominio público

El miedo más viejo del mundo

 JUANA SALABERT

elmiedook.jpg

El caso de la periodista sudanesa Loubna Ahmed Al-Hussein, enjuiciada por un tribunal islámico que pide una pena de 40 latigazos por vestir “indecorosos” pantalones en un país al que no le duelen prendas los miles y miles de animistas y cristianos exterminados por su Gobierno –acusado de genocidio por la Corte Penal Internacional– debería inducirnos a múltiples reflexiones. En un mundo de globalizadas tecnologías y oscurantismos en alza y liza, la modernidad, surgida de la Ilustración, los conceptos fundamentales de la separación entre Iglesia y Estado y del laicismo (una asignatura aún pendiente, por desgracia, en España), se inscribe hoy en clave de ineludible emancipación femenina “universal”.
Ya Engels escribió con anticipadora lucidez que “el grado de emancipación de una mujer es la medida del grado de la emancipación general”. En este sentido, habría que preguntarse, frente al reaccionarismo segregacionista de los llamados relativistas culturales (no tan diferente en su ceguera al de esos opusdeistas que vociferan en nuestro país contra los avances sociales y la laicidad), por los orígenes del miedo más viejo del mundo, que no es otro que el miedo a la mujer, a su cuerpo diferente capaz de albergar y alumbrar otros cuerpos en evolución.

Este ancestral miedo masculino, psíquico y asimismo físico, a las mujeres (a su sangre, que Plinio calificaba de “envenenada”, a su sexualidad y a sus gestaciones) determinó, entre otros muchos factores, la enajenación histórica de las mismas y dominó en mayor o menor grado los distintos corpus ideológico-religiosos estructurados por varones que le prestaron al habla de sus dioses parte de su propia aprensión e ignorancia. Más allá del pánico a la castración invocado por Freud, dicho temor originario a una naturaleza cambiante percibida a la vez como caos y misterio fue tornándose fantasma y pulsión represora.

El reaccionario, el fundamentalista, el machista sienten aversión por cuanto se transforma y evoluciona. Invocan “el derecho natural” o los “mandatos divinos” y aborrecen la modernidad porque su campo es el de las certidumbres inmutables y su territorio el acotado de los relatos cerrados (Etiemble señaló muy agudamente a este respecto que “la novela, al revés que el cuento, es un imposible en las sociedades teocráticas”).
Pero el que todas las tradiciones conocidas –y no digamos ya las jerarquías religiosas– abunden y hayan abundado en la misoginia (en el 942 Odón de Cluny escribió: “Si los hombres vieran lo que hay debajo de su piel, la mera visión de las mujeres les resultaría nauseabunda… ¿cómo podemos desear estrechar en nuestros brazos ese saco de estiércol?”) no es razón para desentendernos del drama padecido por Loubna Ahmed Al-Hussein o las mujeres flageladas, lapidadas y recluidas intramuros por las “policías del pudor” de Arabia saudí, Irán o Gaza, donde la brutal Hamás vela voluntades, apalea bañistas y retira maniquíes de los escaparates para ¡”no despertar los deseos masculinos”! No es de recibo pretender, como algunos “relativistas culturales”, que tales prácticas tradicionales tengan su lógica en sociedades subdesarrolladas porque también la quema de brujas fue tradición (en la misma y bien compleja época de Montaigne) en nuestro continente, por fortuna ya liberado de sus inquisidores y tribunales eclesiásticos dados a la tierra plana e inamovible, a la caza de disidentes, herejes y científicos y a los índices de prohibición.

Y tampoco viven precisamente como subdesarrollados unos dirigentes teocráticos que mientras se preocupan, móvil de última generación en mano, del “Tamaño natural” de maniquíes por desterrar de sus visiones o de la compostura de sojuzgadas compatriotas, encargan arsenales nucleares aseguradores de potencia en el reino excluyente de su mundo. Aquel donde la palabra de una hipotética Marie Curie en ciernes valdría la de dos hombres cualquiera ante un
tribunal.

Algunas tradiciones, como la ablación clitórica, los matrimonios forzosos, las palizas o los infames “crímenes de honor”, atentan contra los derechos fundamentales de la persona y son tan poco dignas de preservación como lo fueron los autos de fe, la esclavitud, las torturas inquisitoriales o la execrable costumbre, tan extendida antaño en Extremo Oriente, de ahogar a recién nacidas que no valían, según un poema contemporáneo de Confucio, su peso en “oro y jade”, sino en “polvo de ladrillos”. Asunto este que inspiró a Amin
Maalouf El siglo de Béatrice, inteligente novela de política ficción sobre las devastadoras consecuencias de desequilibrios poblacionales y guerras por las mujeres, escasas tras el uso en ciertas regiones del mundo de un elixir capaz de garantizar la elección del sexo, masculino, faltaría más, de los hijos…

La lucha por sus derechos de las feministas de ámbito musulmán (nada que ver con esas integristas sermoneadoras sobre “la degradación occidental”, cínica punta de lanza en foros internacionales de ciertas teocracias duchas en propagar a los antisemitas negacionistas de la Shoah) es también la nuestra, en pro de una universalidad capaz de “aliarse civilizadamente” por lo mejor de nuestras culturas y la abolición de cuanto nos rebaja. Derechos que implican, también, los de la disensión, el agnosticismo y la libre interpretación de los textos y los libros en su maravillosa pluralidad.
A mí, como a Loubna, me gusta llevar pantalones. Pero puedo hacerlo porque no hace tanto hubo quien exigió en las calles que sus hijas pudiéramos vivir, estudiar, votar, trabajar, elegir y vestirnos y desvestirnos sin miedo.
¿Vamos, acaso, a dejar solas a las Loubnas de ahora y de mañana?

Juana Salabert es escritora.

Ilustración de Daniel Roldán