Dominio público

El coche contra la ciudad

Jorge Moruno

Sociólogo

Jorge Moruno
Sociólogo

Contaba Paul Vilirio, que el poder es inseparable de la riqueza y la riqueza es inseparable de la velocidad; quien se mueve más rápido, más poder ejerce. Poder dromocrático. Dromos procede del griego y quiere decir "carrera", el poder de la carrera. Desde Tutankamon que aparece en su sarcófago sosteniendo un látigo y un cayado, símbolo del manejo de la velocidad y la sabiduría, pasando por las palomas mensajeras medievales que populariza el financiero francés Jacques Coeur, hasta la velocidad digital, instantánea, de las cotizaciones en bolsa, todo poder pasa por la aceleración y manejo del tiempo. La aparición del coche supuso un salto cualitativo en esta diferenciación, marcando claramente una distancia de velocidad entre quienes podían acceder a uno y quienes no podían. Era un objeto de lujo hecho a mano, fabricado por piezas distribuidas por el territorio. Más tarde, el coche pasó de ser un objeto de lujo a una mercancía popularizada y fabricada en masa. La máquina se democratiza, pero no por ello deja atrás toda la carga ideológica que arrastra. El coche es la consolidación del espíritu burgués sobre la sociedad que diría André Gorz, al reordenar el concepto de libertad, de relación con el otro y de compresión de ese ecosistema que todos compartimos, llamado ciudad. Todos podemos triunfar por encima de los demás, podemos ir más rápido que el resto y se asocia al éxito, nos encapsula, saca a relucir el egoísmo agresivo contra quienes caminan o usan otro medio haciéndoles más débiles.

En los anuncios de coches suele aparecer la imagen de la libertad asociada a la decisión para poder movernos cómo y a donde queramos; nadie nos molesta a nuestro alrededor. El coche fabrica un tipo de individualidad y de deseo. El deseo según el cual todos podemos ser élite cala en lo más hondo de nuestra antropología. Pero lo cierto es, que cuando el coche deja de ser un lujo esa exclusividad desaparece y nos vemos envueltos en un atasco, dado que cuanto más se usa más pierde su cualidad privilegiada. Francia, por ejemplo, lleva como apellido bouchon, cuando las salidas de las ciudades se convierten un infierno de automóviles que recorren 70km en dos horas.  Un coche es como un niño tonto suele decirse, no para de pedir y exigir, de consumir tiempo que podría ahorrarse. Contaba Iván Illich ya en los años 70, que un americano tipo le dedicaba al año una media de 1.500 horas, entre conducir, atascos, horas trabajadas para mantenerlo y pagar la gasolina. El coche adapta la ciudad a sus necesidades, obligando a gastar más tiempo en desplazarnos, precisamente, porque para que todo coche tenga su lugar debemos esponjar las distancias en nuestra vida cotidiana. Ante esta irracionalidad y congestión, perseveramos en seguir dándole un valor al coche que va perdiendo en las ciudades. Erich Fromm definía el carácter social de una sociedad en un periodo histórico determinado, como el carácter del hombre común al que le gusta hacer lo que debe hacer. Esa es la causa por la que a día de hoy se sigue jurando lealtad y obediencia al coche en la ciudad, no hay una justificación racional.

Comentaba Esperanza Aguirre ante el día sin coche y la decisión del Ayuntamiento de Madrid de cerrar parte de la ciudad al coche, que "hay que dejar que los madrileños elijan el tipo de transporte, creemos en la libertad." Según el informe "La felicidad en la ciudad", el 63% de los madrileños considera que lo que más le molesta de su ciudad es la contaminación. ¿De qué libertad hablamos? ¿La libertad anómica donde cada uno haga lo que quiera aunque eso perjudique a todos, incluso a quien lo hace, o de una libertad autónoma que beneficia a todos y a todas, individual y colectivamente? Quizás la señora Aguirre puede explicarnos de qué manera se pueden evitar las externalidades negativas de la contaminación, cómo se puede hacer que la contaminación solo perjudique al "propietario". Suele ocurrir que quienes más emisiones producen menos la padecen, pues viven en zonas menos saturadas y más verdes.

Según Grass Roots, si el 15% de los madrileños fuera en bicicleta, se ahorraría el equivalente a las emisiones de una ciudad con 100.000 habitantes, como son por ejemplo Lugo, Girona, Cáceres o Pontevedra. Con menos coches en la ciudad se respira mejor, se ahorra en sanidad, se fomenta la bicicleta y el deporte, se impulsa la economía verde, un nuevo urbanismo y el transporte público. La libertad no es meterte hasta la cocina con tu coche, la libertad pasa por poder vivir en una ciudad que no sea un cenicero.  Parafraseando a Louis de Saint Just cuando se juzgaba a Luis XVI, pero aplicado al coche, no hay libertad para los enemigos de la libertad.