Opinion · Dominio público

El nacionalismo catalán, a la deriva

dominio-08-30.jpgJosé Antonio González Casanova

Las derechas han sido nacionalistas de toda la vida. Ellas fueron las creadoras del mito nacional patriótico con el que pretenden trocar la democracia en populismo y reducir las reivindicaciones de las clases trabajadoras. Con su poderío económico obtuvieron el monopolio del político y dijeron que ellas representaban a la nación. Definieron el patriotismo como el sometimiento a ambos poderes por “amor a la Patria” y la renuncia a dividirla con luchas de clase (la obrera), pues perjudican la economía nacional (es decir, la suya) en beneficio de otras naciones (otras derechas). El fascismo español resumió tal tríada de renuncias en el grito “España, ¡una, grande y libre!”. Junto a esa trampa ideológico-sentimental tendida al ciudadano, la actual oligarquía del PP añade un plus en nombre de la “Patria común”: separar de España a sus hermanos gemelos (nacionalismos catalán, vasco y gallego) por no ser español un idioma propio que no sea el castellano, lengua oficial de la nación.

El nacionalismo español es un bloque unido dentro de la derecha e incluso alcanza a gente que se cree de izquierdas. El catalán tiene dos alas: CiU y ERC. Esta segunda basa la independencia de Cataluña en la voluntad democrática de su población, ya sea nativa o foránea. En cambio, CiU exige compartir el pastel oligárquico de la derecha hispana alegando que Cataluña es tan nación como la española. Con todo, al igual que el PP, su nacionalismo es retórico. En ambos partidos puede más la cartera que la bandera (corrupción, caciques, clientelismo, poder político en monopolio). Unas veces rivalizan en “patrióticas” campañas paralelas (y “para lelos”) que les den votos “patrióticos” en idéntico caladero conservador. Otras, se alían contra la izquierda para defender los intereses particulares que comparten. Jordi Pujol apoyó la investidura de Aznar y este le dio al catalán un respiro de cuatro años frente a Maragall. Rajoy combatió el nuevo Estatuto y fomentó la ancestral catalanofobia de una España irracional e inculta. Hoy necesita al señor Duran y Lleida para desbancar a Zapatero. Esa alianza no la consiente Artur Mas si no es a trueque de que Rajoy o Zapatero desbanquen a su vez a Montilla. La derecha nacionalista catalana está partida. Su retórica soberanista (para robarle votos a ERC) cubre los pactos oportunistas con quien mande en Madrid a cambio de recuperar el poder y sus beneficios. Antes de que las Cortes rasuraran un Estatuto que ERC volvió peliagudo e impresentable ante el Tribunal Constitucional, ya lo había recortado. Mas a cambio de que Zapatero dejara caer a Maragall, su peligroso rival invicto. CiU se convirtió en una sucursal del PSOE como antes lo fue del PP. De nuevo pretende serlo de este, aunque jure ante notario que no. Ahora bien, no parece ser el mejor aliado un partido al que corroe la corrupción, es mendaz por sistema y reincide en su estrategia conspirativa (11-M) y crispada (ZP=ETA). Tampoco es probable que ambas derechas puedan colmar su ambición de volver al poder para apoyarse mutuamente, una vez plegadas en la cartera sus banderas nacionalistas.

ERC también está dividida. Sus rencillas personales; su defensa-rechazo-defensa del Estatuto; estar a la vez en el Gobierno y en la oposición; la distancia entre “los de la poltrona feliz” (Carod Rovira) y los militantes sin esperanza de ella; todo eso, más su hipotético izquierdismo (valedero para pactar con el PSOE y gobernar con Montilla) pero opuesto al nacionalismo tradicional y conservador del sector más afín a CiU, hace de ERC una olla de grillos. Su asambleismo y sus bases, radicalizadas por la retórica soberanista, amenazan desestabilizar en todo momento cualquier giro táctico. La proeza del presidente Montilla ha sido impedir que ERC se escinda para que el tripartito que gobierna resista las maniobras divisorias y sucursalistas de CiU. La futura sentencia sobre el Estatuto es ya motivo de una excitación previa del nacionalismo, que dividirá aún más a ambos rivales. Sin base jurídica ni posibilidad de rechazo legal, sólo por “dignidad nacional”, se reitera el clásico victimismo, triste consuelo de una división conducente a la inoperancia. Meses atrás, la prensa sectaria denunció ya con grandes titulares que “El Constitucional ultima una sentencia que cercena aspectos claves del Estatuto”. Si esto acabara siendo verdad y no bulo agorero, CiU no osaría apoyar ni apoyarse en Rajoy, que es el beneficiado impulsor del recurso triunfante.

Por contra, el socialista de origen cordobés José Montilla se ha ganado la confianza de los catalanes por enfrentarse al Gobierno de Rodríguez Zapatero con coraje, pero de forma sincera, paciente y hábil; con cortesía y juego limpio; virtudes de las que suelen carecer sus oponentes. Él es el único que podrá solucionar eficazmente los escasos y secundarios problemas que la sentencia, desde mi óptica jurídica, pueda plantear. Mientras el nacionalismo va a la deriva, la izquierda catalanista gobernante no ha perdido el rumbo. El Ulises de Montilla sigue navegando con gobernalle ágil entre el Escila del PSOE más nacionalista y el Caribdis de una sucursal madrileña llamada CiU.

José Antonio González Casanova es Catedrático de Derecho Constitucional y escritor

Ilustración de Miguel Ordóñez