Dominio público

Bienvenidos, españoles...

dominio-09-04.jpgLuis Sepúlveda

Cuando escribo estas líneas se cumplen 70 años de la llegada del Winnipeg a Valparaíso. Dos mil quinientos derrotados de la República tocaban tierra chilena una fría mañana de invierno, atrás quedaba la derrota, el horror del fascismo y el miedo a terminar en un campo de concentración nazi. En aquel lejano país gobernaba un profesor, Pedro Aguirre Cerda, que encargó al poeta Pablo Neruda hacer lo posible y lo imposible por salvar a la mayor cantidad de españoles. Para la llegada de esos derrotados se habían previsto unas instalaciones que servirían de primer alojamiento, pero la población de Valparaíso dijo no, rotundamente no, y agregaron que esos hermanos y hermanas de España tenían casas a las que llegar: sus casas. En el Winnipeg llegó a Chile un tesoro de cultura; pintores, impresores, bailarines, historiadores, pescadores, cineastas, que aportaron su creatividad con la misma generosidad con que fueron recibidos. Una bonita historia que, por desgracia, no ha encontrado una justa reciprocidad en la España moderna.

Celebro el aniversario de la llegada de ese barco bendito, varios de mis profesores eran de los que viajaron en él, y el próximo octubre quería celebrar mi cumpleaños número sesenta rodeado de todos mis hijos y mis nietos. No podrá ser, porque tengo una hija cuyo gran delito es ser ecuatoriana, para más inri casada con un ecuatoriano y, peor aún, ambos me dieron una nieta ecuatoriana. A ninguno de los que subieron al Winnipeg se le pidió que mostrara una cantidad exorbitante de dinero como condición para subir a bordo. A los ecuatorianos que quieren viajar a España, a mi hija y a mi nieta sí se les pide. Los chilenos nunca dejaremos de agradecer que José Balmes viajara en el Winnipeg porque con él llegó el arte contemporáneo en su más alta expresión. Pablo Neruda no vendió las citas con los españoles que necesitaban viajar, y habló con todas y todos en medio de la impotencia que significó para el poeta no poder llevar más derrotados de la República a Chile. Los ecuatorianos, mi hija, mi nieta, tienen que comprar en un banco una cita antes de ser atendidos en el consulado español de Quito, y en la jerga canalla de los funcionarios se habla, no de la necesidad de fijar una cita, sino de comprarla.

Nunca dejaré de agradecer que Víctor Pey llegara en el Winnipeg y fundara Clarín. El periódico más popular de Chile y en el que hice mis primeros intentos para ser periodista y escritor. Y Víctor Pey subió a ese barco glorioso sin tener que mostrar una fotocopia legitimada por un notario que demostrara que él era él, ni su DNI legitimado por un notario. Tampoco tuvo que mostrar la escritura de la propiedad de quienes le recibirían en Chile legalizada por un notario. Mi hija y mi nieta, en cambio, deben gastar una considerable cantidad de dinero llevando ante notarios la invitación que les hice para asistir a mi cumpleaños, la escritura de mi casa, mi DNI europeo, mi certificado de nacimiento y una serie de documentos absurdos que contradicen la existencia de otros documentos oficiales españoles como la tarjeta de residente comunitario.

Cuando Roser Brú desembarcó en Valparaíso, con ella llegó también un aire de frescura y renovación de la pintura chilena. Antes de subir a bordo se entrevistó con Neruda, sin que mediara pago de por medio, y supo que podía confiar en el poeta, que aplicaba rigurosamente las reglas de la legalidad chilena. Mi hija y mi nieta, en cambio, deben someterse a la arbitrariedad de medidas que son, o de pura invención del consulado español en Quito, o letra pequeña del convenio de Schengen que el resto de los mortales desconocemos. Celebro el aniversario de la llegada del Winnipeg a Chile y de la misma manera quería celebrar mi cumpleaños número sesenta junto a todos mis hijos, hija, yerno, nuera, nieta y nietos. No podrá ser en España, porque mi hija y mi nieta son ecuatorianas, y porque España se toma muy en serio el papel de portero de la Europa rica.

Luis Sepúlveda es Escritor. Su última novela es ‘La sombra de lo que fuimos’

Ilustración de César Vignau