Opinión · Dominio público

Neoesclavismo emergente

Luis Moreno

Profesor de Investigación del Instituto de Políticas y Bienes Públicos (CSIC) y autor de ‘La Europa asocial’

Luis Moreno
Profesor de Investigación del Instituto de Políticas y Bienes Públicos (CSIC) y autor de ‘La Europa asocial’

La Cina è vicina, rezaba el título de la película de Marco Bellocchio de 1967. El filme tuvo un moderado éxito de crítica y público en su tiempo. Para los nacidos después de los convulsos años de fines de los años 1960, la obra del cineasta italiano les dirá poco. No así su título que se utiliza a menudo para significar la presencia cada vez más cercana del gigante asiático en nuestra vida cotidiana. Raro es que cualquier lector de este artículo de opinión no tenga una tienda de “todo a un euro” en los aledaños de su vivienda.

El filme de Bellocchio, su segundo largometraje tras “Il pugno in tasca”, era también una crítica indirecta al maoísmo admirado por los jóvenes italianos y sus coetáneos europeos, a la sazón ideologizados y seducidos por las ideas de Mao Zedong. Buena parte de ellos se convirtieron con el paso del tiempo en miembros de la denominada “radical chic”, expresión acuñada por el historiador Indro Montanelli, según una celebrada crónica del escritor estadounidense Tom Wolfe. La expresión idiomática hace referencia a personas de la burguesía que profesan arrebatadas tendencias de izquierda.

El maoísmo no goza ahora del mismo predicamento que tuvo hace 50 años. Sin embargo, con su reinvención institucional representado por el capitalismo-leninista de la China actual, sí ha posibilitado unas grandes magnitudes de crecimiento económico en el populoso país de más de 1.300 millones de habitantes. Con aumentos sostenidos de su PIB de más del 10 por ciento durante los últimos lustros, la superpotencia china reclama su protagonismo como modelo emergente global.

En lo que afecta a nuestro Modelo Social Europeo, las últimas evoluciones de la mundialización económica han reducido la escala de sus alternativas sistémicas a dos: (a) la adopción de un modelo de individualización re-mercantilizadora, característico del neoliberalismo anglo-norteamericano, o (b) la asunción de un tipo de neoesclavismo laboral distintivo del modelo asiático emergente. Si respecto al primer modelo, más afín a los antecedentes históricos y los presupuestos políticos de los países europeos, se propone una renovación capitalista que preserve, aun residualmente, algunas de sus más conocidas improntas sociales, el segundo modelo apunta a una mayor competitividad en el (des) orden económico global favorecido por la ausencia de derechos y tutelas sociales, y por una permanente pugna por el regateo y la espiral a la baja (race to the bottom). En la confluencia de ambas opciones se denota una preferencia común por la devolución a la esfera privada de aquellas responsabilidades tradicionalmente asumidas, en el Viejo Continente, por los poderes públicos y complementadas por la acción de grupos primarios como los familiares y por organizaciones altruistas de la sociedad civil.

Como ha analizado el científico social Kevin Bales en sus estudios sobre la “gente desechable” (disposable people), lo que importa es la capacidad de controlar a las personas como artefactos para generar beneficios materiales, con la consiguiente exacerbación de la desigualdad. A este respecto, las cifras de otra economía emergente asiática hablan por sí mismas: en 2009 apenas 50 oligarcas con fortunas superiores al millardo de dólares estadounidenses controlaban en la India el equivalente al 20% de su PIB y el 80% de su capitalización bursátil. Tales datos contrastaban con la lucha por la supervivencia de más de 800 millones de sus compatriotas, los cuales disponían de menos de un dólar al día.

La versión contemporánea representada por el ‘neoesclavismo’ es una sinécdoque de las relaciones de poder entre ciudadanos pudientes, detentadores de los medios de apropiación de la riqueza y del poder político, y los ciudadanos precarios, vendedores de su fuerza de trabajo para su pervivencia existencial. En pos de la maximización de sus inversiones, algunas corporaciones multinacionales eligen aquellas localizaciones dispuestas a facilitar su asentamiento, bien sea productivo o financiero, con la oferta de una menor nivel impositivo o de una liberalización de las condiciones de trabajo. El resultado suele materializarse en unas prácticas de deslocalización y de dumping social entendido como una limitación de las condiciones laborales y de los derechos sociales de los trabajadores –cuando no de su eliminación– para poder competir en mejor condiciones de mercado con los países europeos, obligando a éstos a adoptar medidas de competencia a la baja inasumibles a no ser que procedan a desmantelar de sus sistemas de ciudadanía social.

Las propias multinacionales de matriz estadounidense subcontratan en China actividades altamente rentables en el mundo telemático. El caso de Foxconn Technology es emblemático de un tipo de producción intensiva y altamente lucrativa para grandes compañías tales como Amazon, Dell, Hewlett-Packard, Nintendo, Nokia o Samsung. Con una plantilla de un millón doscientos mil empleados, repartidos en fábricas de ensamblaje por toda la geografía de la China continental, Foxconn es la principal empresa exportadora china y responsable de un 40% de toda la producción mundial de productos de consumo electrónicos y comunicacionales. Las condiciones de trabajo en Foxconn y los métodos de producción intensiva en aquel país asiático en 2010 causaron no poco revuelo mediático. A pesar de su prohibición en el código corporativo de conducta interna, los empleados a veces superaban las 60 horas de trabajo semanales durante 6 días. Con esos horarios un empleado cualificado y titulado universitario podía llegar a ganar un sueldo alrededor de los 100 dólares semanales, incluido el tiempo laboral extra. La compañía Apple, comercializadora de productos de gran consumo popular como los iPhones o los iPads, y para la cual Foxconn es una sus principales proveedores manufactureros, declaró a principios de 2012 unas ventas de más de 46 millardos de dólares y unos beneficios netos superiores a los 13 millardos de dólares. En su presentación de la cuentas de resultados anual, los ejecutivos de Apple aseguraban que las ganancias hubieran sido superiores si las plantas en ultramar (chinas, principalmente) hubiesen realizado una mayor producción.

Para Europa el futuro de su Edad de Bronce del welfare (2008– ¿?) aparece incierto. Sólo con el mantenimiento del Modelo Social Europeo, y con la optimización de los esfuerzos de los ciudadanos europeos para generar valor añadido en lo socioeconómico, podrá neutralizarse el acoso de los modelos alternativos representados por el ‘neoesclavismo’ y la remercantilización. Causa perplejidad el menor énfasis que concitan las críticas a las ideas y propuestas del modelo “comunista” chino a la hora de defender nuestro Modelo Social Europeo. ¿Será que nos contentaríamos con una economía de “todo a un euro”, o es que pensamos que abrazando el individualismo posesivo anglo-norteamericano nos convertiremos en millonarios a lo Donald Trump?