Opinion · Dominio público

Palomares, una descontaminación pendiente

Teresa de Fortuny

y Xavier BohigasCentre Delàs d’Estudis per la Pau

Teresa de Fortuny y Xavier Bohigas
Centre Delàs d’Estudis per la Pau

Desde mediados de los años 50, los bombarderos estadounidenses B-52 cargados con armamento nuclear sobrevolaban permanentemente el planeta. Era la estrategia de EEUU ante la presunta amenaza soviética, ya que en cualquier momento, podrían lanzar misiles de largo alcance contra su territorio. Así los EEUU conservaban la capacidad de contraatacar, incluso en el caso de que sus enemigos hubieran inutilizado las bases terrestres de misiles.

El 16 de enero de 1966, uno de esos B-52 con cuatro bombas termonucleares de 1,5 megatones cada una (100 veces más potentes que la bomba que se lanzó sobre Hiroshima), chocó, sobre territorio español, con el avión cisterna que lo abastecía de combustible (en una peligrosa maniobra en pleno). A consecuencia del choque se desprendieron las cuatro bombas. Dos se recuperaron intactas y las otras dos cayeron sin paracaídas (posiblemente el combustible que se estaba trasvasando quemó e incendió los dos paracaídas). A causa del impacto con el suelo, las dos bombas se rompieron, su explosivo convencional prendió fuego al núcleo de las bombas y se generó una nube de humo, un aerosol, formado por los elementos constituyentes de los núcleos. Este aerosol, dispersado por el viento, esparció buena parte de los 9kg del material nuclear en una zona de 226 hectáreas (campos de cultivo, zona de matorrales y zona urbana). Toda la zona quedó contaminada por diferentes isótopos de plutonio y, en menor grado, de americio.

El plutonio y el americio son sustancias altamente radiactivas, emiten partículas alfa y radiación gamma. Además, son unas de las sustancias más tóxicas conocidas. Son muy peligrosas para la salud humana, sobre todo si se ingieren o se respiran.

Actuaciones inmediatas tras el accidente

En ningún momento se evacuó a los habitantes de la zona, a pesar de que se limpiaron y rasparon incluso las casas, señal de que la zona habitada también estaba contaminada. Más aún, hubo mucha gente de localidades cercanas que fue, por curiosidad, a ver las bombas, sin que se les advirtiera del peligro de contaminación. Hasta pasado un tiempo, no se controló el acceso a la zona.

Los primeros días sólo actuó personal de las fuerzas armadas de EEUU, que no suministró ninguna información ni documentación de aquellas actuaciones.

La descontaminación realizada en Palomares por la US Air Force consistió únicamente en retirar y trasladar a los EEUU la capa de tierra y la vegetación (unas 1.400 toneladas) correspondientes a las 2,2 hectáreas con mayor grado de radiactividad. En el resto de la zona contaminada sólo se quitó la vegetación y se fijó el material radiactivo a unos 20-30cm de profundidad (mediante el riego y la arada) de unas 115 ha de tierra cultivable. Otra parte de la tierra se enterró (junto con residuos altamente radiactivos del personal de los EEUU) en zanjas excavadas en la zona. En resumen, una operación rápida de limpieza en la que sólo se retiró la contaminación más superficial. Durante décadas, ningún gobierno español consideró la resolución de este asunto como una auténtica prioridad.

Sorprende la diferencia de respuesta de la US Air Force respecto a los accidentes de Palomares y de Thule (Groenlandia). En este último, el 21 de enero de 1968, un B-52 se estrelló también con cuatro bombas nucleares.

Se aplicaron criterios notablemente diferentes en un lugar y en otro. En Palomares (una zona poblada y agrícola) sólo se hizo una descontaminación parcial. La actuación en el área afectada (con dos puntos de impacto) duró tres meses y se retiraron 1.400 toneladas. Mientras que en Thule (una remota región ártica con una base militar norteamericana como única presencia humana) se actuó sobre la zona afectada (con un punto de impacto) durante ocho meses, en unas condiciones mucho más difíciles y extremas (temperaturas entre 33 y 57ºC bajo cero, vientos de hasta 140km/h y jornadas laborales con noches de 24 horas). Se retiraron 10.500 toneladas.

Actuaciones entre 1966 y 1.986

La contaminación de Palomares se depositó en casas, tierra, alimentos y en la piel, desde donde podía ser inhalada, ingerida o absorbida por heridas en la piel. Los radionúclidos remanentes pueden ser resuspendidos por el viento y producir recontaminaciones periódicas. De hecho, se ha detectado radiación emitida por el americio y el plutonio en el suelo, en el aire y en la vegetación sin interrupción a lo largo de los años.

De 1966 a 1986, dada la poca actividad agrícola (cultivo esporádico en régimen de secano) y urbanística de la zona, las actuaciones se limitaron a medidas de radiactividad del aire y a un seguimiento periódico sanitario, claramente insuficiente, de una pequeña muestra de vecinos.

La vigilancia significativa de la vegetación no comienza hasta el año 1978. Y las conclusiones de esta vigilancia son muy ambiguas.

La vigilancia de los animales de la zona fue grotesca: una cabra y un puñado de caracoles. Ni siquiera se dieron los valores de la contaminación detectados en algunas muestras de la cabra ni se indicó a qué órgano correspondían.

En 1981 se detectaron cifras de radiación alfa en el aire superiores a las de años precedentes. Los valores detectados en la vegetación indicaban que es una zona con niveles importantes de contaminación. En cuanto a la población, en todos aquellos años, se detectó en algunas personas excreción urinaria de plutonio. Sigue existiendo un riesgo de exposición al plutonio para cualquier habitante de Palomares. Datos secretos revelados en 1986 establecían que el 29% de los vecinos presentaba restos de plutonio en el organismo.

En 1986, los valores estimados de la contaminación por plutonio y americio en ciertas zonas de Palomares eran unas cien veces superiores a la zona cero de Nagasaki. Hoy en día Palomares es el lugar más contaminado por plutonio de Europa.

Durante el periodo 1978-1980 se permitió el uso de zonas contaminadas para tareas agrícolas. La arada de las tierras provocó la emergencia de partículas radiactivas y su dispersión posterior. Esto incrementó la contaminación del aire.

A finales de 1985, un equipo de científicos del CAPS (Centre d’Anàlisis i Programes Sanitaris), a petición de los representantes municipales de Palomares, llevaron a cabo un análisis de la situación. Su informe fue demoledor:

El CAPS detectó muchas deficiencias en el programa de vigilancia y en el método analítico llevados a cabo por la JEN (Junta de Energía Nuclear) para el seguimiento de la población. El informe del CAPS destacaba que no constaban determinaciones del nivel de plutonio en los pulmones, el hígado y los huesos, ni analíticas cromosómicas, ni necropsias en las muertes de vecinos de Palomares (que habrían permitido un análisis de plutonio en los tejidos).

En el programa de vigilancia de la JEN sólo se mencionaban medidas en orina. Además, los valores positivos de excreción urinaria de plutonio se atribuyeron a contaminación externa de la orina. Si verdaderamente la contaminación de la orina hubiera sido externa, implicaría que los vecinos de Palomares estaban inmersos en una atmósfera de contaminación de plutonio tan importante que contaminaba incluso las muestras de orina. Si se tiene en cuenta que el plutonio absorbido es eliminado en unos veinte días, los resultados positivos en orina indicarían una recontaminación reciente.

En definitiva, el informe del CAPS destacaba las muestras reiteradas de incapacidad, por parte de la JEN, para abordar el tema desde el punto de vista científico.

Actuaciones a partir de la década de 1990. La especulación inmobiliaria reactiva el tema.

En 1980 se había creado el Consejo de Seguridad Nuclear (CSN) como único órgano competente en materia de seguridad nuclear y protección radiológica. En 1986 la JEN se transformaría en el actual CIEMAT.

Desde mediados de los años 80 hasta mediados de los 90 los agricultores de la zona quisieron introducir la agricultura intensiva de regadío: se construyeron balsas de almacenamiento de agua (para el regadío) en la cabecera del valle donde impactó una de las bombas, se construyeron terrazas para el cultivo, con importantes movimientos de tierra y, en la zona de impacto de la otra bomba, se adaptaron los terrenos para aumentar el rendimiento agrícola.

Paralelamente, y debido a la burbuja urbanística, se modificó la calificación de otras áreas afectadas, que pasaron de rústicas a urbanizables.

Se incrementó también la demanda turística en la zona.

Ante este proceso de transformación de la utilización del suelo (que implicaba movimientos de tierras radiológicamente contaminadas) el CSN y el CIEMAT decidieron hacer una reevaluación de la contaminación residual permanente.

Entre 1998 y 2002 llevaron a cabo programas de reevaluación de la contaminación remanente. Entonces se evidenció que la contaminación residual era superior a la estimada inicialmente. En 2001, basándose en los nuevos datos de contaminación residual, el CSN redefinió los criterios de restricción de uso de los terrenos afectados y recomendó restricciones en ciertas zonas y el desarrollo de un plan para la caracterización cuidadosa de la situación radiológica y para una posible estrategia de restauración. Se comenzaron las gestiones para la expropiación forzosa de ciertos terrenos y para restringir su uso.

¿Qué ha pasado a partir de 2004?

El 17 de diciembre de 2004, el Consejo de Ministros aprobó un plan de vigilancia radiológica de Palomares (PIEM-VR Palomares). Se encargó su ejecución al CIEMAT. Dentro de ese plan, en 2005 se expropiaron 10 hectáreas de terrenos afectados y en 2006 el CIEMAT ocupó las fincas expropiadas.

De 2006 a 2007 se hizo una determinación de actividad radiactiva en un área de 660 hectáreas. Fruto de esa revisión, el CIEMAT aconsejó en 2007 una ocupación temporal de 30 hectáreas adicionales a las 10 hectáreas ya expropiadas en 2005, que el Consejo de Ministros aprobó. Aquel año 2007 el CIEMAT delimitó con una valla las 40 hectáreas.

Los resultados de los análisis indican que la distribución de la actividad radiológica es muy diversa. Así, en las zonas inalteradas, sin uso desde 1966, la actividad es estrictamente superficial. Por el contrario, hay suelos donde la actividad crece con la profundidad. La contaminación llega en algunos lugares hasta varios metros de profundidad.

El riesgo actual radica en que las partículas contaminantes del suelo puedan ser ingeridas a través de los alimentos o inhaladas a través del aire.

En 2009 el CIEMAT remitió un informe con los resultados de la caracterización radiológica actualizada al CSN y al Departamento de Energía de EEUU.

Tras estudiar los resultados del PIEM-VR Palomares, en mayo de 2010 el CIEMAT presentó al CSN una propuesta para retirar los terrenos contaminados de Palomares. El CSN hizo un informe favorable. En 2010 y 2011 ha habido reuniones entre el Dpto. de Energía y el CIEMAT para analizar el plan de rehabilitación. El criterio del gobierno español es que la única solución definitiva es la retirada del suelo contaminado.

En abril de 2010 un grupo de expertos de la Dirección General de Energía de la UE realizó una misión de verificación en Palomares. Recomendó que el suelo contaminado con plutonio debería retirarse.

Situación actual, novedades de 2015

El 19 de octubre de 2015 los EEUU y España firmaban una declaración de intenciones donde se comprometían a negociar, tan pronto como fuera posible, un acuerdo para determinar las funciones y responsabilidades de las dos partes en la rehabilitación de Palomares y el traslado de tierra contaminada a una ubicación de EEUU. No se fijaron plazos concretos. Además la declaración explícita que todo dependerá de la «disponibilidad de fondos, personal y otros recursos» y que «no supone la creación de ninguna obligación jurídicamente vinculante entre las partes». En el futuro acuerdo se asignará la financiación del proyecto según las funciones que realizará cada una de las dos partes.

De hecho, las negociaciones entre los dos países para la rehabilitación de la zona contaminada han avanzado muy lentamente. EEUU siempre ha temido que la limpieza de Palomares estableciera un precedente respecto a las otras muchas zonas del planeta contaminadas a causa de accidentes similares al de Palomares o de ensayos atómicos. Palomares podría desencadenar otras reclamaciones y EEUU debería hacerse cargo de los residuos generados en todos aquellos otros casos.

En febrero de 2012, el entonces ministro de Exteriores García Margallo anunció que había recibido garantías de que EEUU retiraría rápidamente las tierras contaminadas. En abril del mismo año, Hillary Clinton afirmaba que dejaría el asunto resuelto antes de dejar la Secretaría de Estado. La impresión es que la Administración Obama ha ido dando largas. Y, sin embargo, los expertos advierten que la descontaminación debería iniciarse lo antes posible ya que el problema se agrava con el tiempo. La contaminación se extiende y, además, el plutonio se desintegra en americio, emisor de una radiactividad más peligrosa.

Después de 50 años de arrastrar el problema de Palomares, es comprensible la indignación de un vecino de la zona al constatar que ningún gobierno español haya exigido a EEUU una solución urgente y definitiva y que, en cambio, la ampliación de la presencia estadounidense en la base de Morón, se haya aprobado con toda la prisa del mundo.

Desgraciadamente el accidente de Palomares no es un caso aislado. Además del accidente citado de Thule, hay documentados otros accidentes con bombas nucleares. Bombas que han caído de aviones o camiones, submarinos hundidos con cabezas nucleares, y un largo etcétera. En la mayoría de los casos las bombas se recuperaron, pero no siempre ha sido así. Algunas no se pudieron encontrar y permanecen aún hoy en el fondo del mar.

Actualmente el arsenal nuclear mundial es de unas 7.000 bombas. El solo hecho de que existan hace posible un nuevo accidente. La única manera de evitar ese peligro (y todos los que conlleva el armamento nuclear) es la eliminación total de las armas nucleares.