Opinion · Dominio público

Desconcertante diversidad

 RAMÓN JÁUREGUI

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Miro esta torre de Babel que es Europa desde mi ventana española. Es un pequeño hueco en el edificio Louise Weiss del complejo europarlamentario de Estrasburgo. Es un pequeño despacho en el formidable conjunto urbano del Legislativo europeo en Bruselas. Me sumerjo rápido en los pasillos, en la burocracia, en las reglas del funcionamiento parlamentario. Atravieso la marea humana que se entrecruza por pasillos, salas y despachos y que me muestra una meleé de hombres y mujeres europeos hablando mil lenguas de muy diferentes realidades. No, en Europa no es la lengua sólo la que nos separa. Lo que verdaderamente cuesta franquear son las fronteras virtuales que nos imponen nuestras respectivas realidades. Todos los eurodiputados venimos preñados de nuestra realidad y cuesta mucho, ¡demasiado!, que la abandonemos para hacer y hablar de Europa.

Reunión de la Comisión de Libertades (Justicia e Interior, para entendernos). Elegimos a Juan Fernando López Aguilar, presidente. Brilla con su oratoria barroca y políglota. Saluda en francés, responde en un inglés perfecto, matiza a los italianos en su idioma, discursea en español. Es un orgullo verle. Pero empiezan los comentarios de una comisión constitutiva. Una italiana dice que debemos abordar el problema de la mafia. Otro diputado de su país, probablemente de otro grupo, le matiza que hay que hablar de “las mafias”. La eurodiputada del PP, víctima del terrorismo, recuerda el último asesinato de ETA y reivindica la lucha de la democracia española contra la banda. Una diputada húngara clama contra la represión policial en su país. Otro diputado reivindica la igualdad de gays y lesbianas, no reconocida todavía en algunos países del Este. Me pregunto: ¿cuándo hablaremos de Europa? ¿Es que no tienen Parlamentos nacionales para dirimir en sus países esos problemas? No, definitivamente, Europa no se construye si todos vamos con el famoso “¿qué hay de lo mío?”.

Hay más barreras. Las burocráticas, para construir textos y armar resoluciones y propuestas teniendo en cuenta que deben ser útiles y aceptables para 27 países distintos, para realidades económicas, sociológicas y políticas demasiado diferentes todavía y brutalmente contradictorias en muchas ocasiones, especialmente después de la entrada de los países del Este (2004). Las legislativas, estrictamente; porque aunque este es un Parlamento con formas, reglamento, organización y hechuras de Parlamento nacional, sin embargo, el juego parlamentario no es el de una nación. Ni lo es su función legislativa, atenuada por una Comisión cuya iniciativa normativa es relativa y por un Consejo de la UE cada vez más celoso del poder de sus naciones y de un principio de subsidiariedad que oculta, a menudo, un rampante criterio de soberanía nacional, que bien podríamos llamar “resistencia a Europa”.

Es esta una de las sorpresas de esta legislatura. La idea de Europa, lo que alumbra este proyecto ambicioso y necesario, imprescindible por nuestra historia y para nuestro futuro, está atacada como nunca, después de que durante 60 años haya recorrido lo más complejo y difícil de su camino. Curiosamente, ahora que la globalización reclama más espacios supranacionales y que la crisis económica demanda más política internacional, ahora que Europa resulta más necesaria que nunca, en el Parlamento Europeo, donde reside el corazón de su soberanía y de su legitimidad política, tenemos a 110 diputados euroescépticos o eurófobos que cuestionan la naturaleza o la existencia misma de Europa.
Por eso, fundamentalmente por eso, algunos creíamos que la elección de Durão Barroso era obligada. Más que de un debate ideológico, se trataba, y se trata, de una opción entre una Europa fuerte y unida o una Europa dividida y en crisis. No había otro candidato ni podía haberlo, porque fue la derecha quien ganó las elecciones del 7 de junio. El Parlamento Europeo no elige, sólo ratifica, aunque no es poco. Pero, además de todo ello, el Consejo Europeo de los 27 países de la Unión, sus jefes de Gobierno, lo habían nominado por unanimidad. De manera que sólo nos quedaba abstención o votar no. El no era testimonial y peligroso. La abstención, irrelevante. Algunos pensábamos que reforzar la vieja y productiva alianza proeuropea de demócratas, liberales y socialistas resultaba imprescindible y –por qué no decirlo– creíamos que, al elegir a Barroso, poníamos de presidente de la Comisión a un vecino y amigo de España y, desde luego, a un europeo convencido.

Quizás Barroso no sea el candidato ideal que los socialistas deseábamos, pero es el que nos ha propuesto unánimemente el Consejo –que es el órgano que tiene esta prerrogativa–, y lo que los europeos necesitamos es una Comisión que se ponga a trabajar cuanto antes para salir de la crisis, que funcionara a pleno rendimiento para Pittsburgh y Copenhague, y con todos sus comisarios elegidos cuando entre en vigor el Tratado de Lisboa, si es que los irlandeses dan el sí al nuevo Tratado común, el próximo 2 de octubre.

Ramón Jáuregui es  eurodiputado socialista.

Ilustración de Juan Pablo Cambarieri