Opinion · Dominio público

Ginebra III: las expectativas globales y la realidad siria

Pablo Sapag M.

Profesor-investigador de la Universidad Complutense de Madrid y del Centro de Estudios Árabes de la Universidad de Chile

Pablo Sapag M.
Profesor-investigador de la Universidad Complutense de Madrid y del Centro de Estudios Árabes de la Universidad de Chile

Se inicia en Ginebra la tercera conferencia para intentar solucionar la crisis siria. Esta vez, los organizadores están siendo más realistas que en las dos ediciones anteriores. De entrada, el enviado especial de la ONU para Siria, Staffan de Mistura, ya ha adelantado a los periodistas que en esta ocasión no habrá eso que los informadores llaman Breaking News, es decir, una noticia de alcance acompañada de una imagen mediática que permita vender un final feliz o al menos, pasar página de una crisis que ya tiene cinco años.

De Mistura, diplomático avezado, parece entender la complejidad de la situación siria. Además, en la práctica, ha propuesto objetivos más modestos —y por lo tanto alcanzables— que los anteriores enviados especiales de la ONU.

Así, lo más que puede salir de Ginebra III —y no es poco— es el reconocimiento internacional y el apoyo a los procesos de reconciliación nacional que el ministro de Reconciliación Nacional sirio Ali Haidar lleva a cabo de manera tan silenciosa como efectiva desde hace casi cuatro años.

Opositor al panarabista partido Baaz de Bachar Assad y líder de una de las ramas del también aconfesional nacionalismo pansirio, Haidar se incorporó al gabinete al principio de la crisis, cuando el presidente tomó las primeras medidas políticas para hacer frente a la situación. Sus gestiones han permitido pacificar decenas de barrios, pueblos y aldeas a los que sus habitantes desplazados han podido regresar con seguridad. Ahí están los barrios de Hamidiyeh, Bustan Diwan, Bab Hood y más recientemente Al Waer, en la estratégica ciudad de Homs.

Esos procesos no solo han servido para normalizar, en lo posible, la vida en lugares azotados por la violencia, donde ya no hay combates diarios, aunque sí atentados terroristas ocasionales. También ofrecen una efectiva vía de reinserción a quienes tomaron las armas contra el Estado sin capacidad alguna de derrotarlo dada su debilidad política y su instrumentalización por parte de la islamista e históricamente impopular Hermandad Musulmana. Para ellos hay generosas amnistías e incluso la posibilidad de incorporarse a la administración del Estado o a las fuerzas armadas y policiales.

Son procesos inéditos porque a los milicianos también se les permite seguir combatiendo al Estado si así lo desean, para lo que se les ofrecen seguridades que les permiten desplazarse a otros frentes. Así, por ejemplo, el último proceso en Al Waer ha llevado a los combatientes que rechazaron la amnistía a las provincias de Hama e Idleb.

Estas medidas han reflejado la debilidad militar y política de estos grupos, ya que la mayoría se acoge a la amnistía. Ginebra III puede significar la extensión de esos procesos, con aval de la ONU, a los barrios del este de Alepo aún en poder de los grupos armados o algunos barrios de ciudades dormitorio al noreste de Damasco, como Duma, donde los grupos armados aún son fuertes. Alguno de ellos, como el cada vez más aislado y pro-saudí Ejército del Islam, de tendencia muy radical y que usa tácticas terroristas pero es dirigido por sirios, estará  de una u otra manera en Ginebra. Lo hará debilitado tras la muerte de su líder máximo Zahran Alloush el mes pasado y sabiendo que sus líneas de suministro desde Jordania están cerradas desde la recuperación por el Estado de Sheij Mishkin.

Con los procesos de reconciliación nacional, el Estado ha ido marcando una línea cada vez más clara entre quienes lo combaten siendo sirios y las decenas de miles de yihadistas extranjeros que han invadido el país con la connivencia diplomática, financiera, política y militar de potencias globales y regionales.

Estos últimos son el verdadero problema de seguridad en Siria, tanto por los sostenidos apoyos externos que tienen como por la inmunidad a cualquier proceso político sirio. Para esos grupos Siria es un simple medio para hacer avanzar una agenda que, como el Estado Islámico dejó claro cuando eliminó de su nombre toda mención a Iraq y Siria, es global y no territorial.  De esos grupos —además del EI, la marca de Al Qaeda en Siria Jabhat al Nusra— ya se ocupan las Fuerzas Armadas sirias y sus aliados rusos. Desde la entrada en combate a su lado de las fuerzas de Moscú, Siria ha recuperado varias ciudades estratégicas. En los últimos quince días, las de Salma y Rabie, ambas en la provincia de Latakia, y Sheij Mishkin, en la de Deraa. Todas llevaban tres años en manos de esos grupos. Se trata de victorias muy importantes porque permiten sellar las fronteras con Turquía y Jordania, auténticas retaguardias de los yihadistas.

A diferencia de ocasiones anteriores, a esas organizaciones no se les ha intentado colar de manera más o menos encubierta en la mesa de Ginebra. Ha costado cinco años pero al final la ONU y por lo mismo sus patrones, han entendido que en Siria las soluciones deben ser políticas y militares al mismo tiempo. Las primeras llevan años ejerciéndose de manera callada pero efectiva en la propia Siria. Por eso, el Estado no ha colapsado. Las militares ya ofrecen resultados importantes por la coordinación entre Rusia, las Fuerzas Armadas sirias y grupos leales, como la Defensa Nacional o los Comités Patrióticos.

Ginebra III puede certificar una realidad pacificadora de facto y la necesidad de redoblar el combate en todas sus formas a grupos yihadistas con agenda global. Todo eso ya sería un logro, aunque sin el deseado Breaking News en una crisis que, por más que se han empeñado las cancillerías occidentales y los medios de comunicación, ha sido desde el comienzo cualquier cosa menos una guerra civil cuyo fin se pueda escenificar de manera hollywoodiense.