Dominio público

El nacionalismo en la encrucijada

Jordi Sevilla

JORDI SEVILLA

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El nacionalismo catalán histórico ha conseguido, en buena medida, sus objetivos: recuperar las instituciones propias y avanzar en el autogobierno. A partir de este reconocimiento ha llegado a una encrucijada, ya que sabe que no puede detenerse pero no sabe muy bien hacia dónde ir. Esta situación, descrita así literalmente por el líder de Convergència i Unió, Artur Mas, en una reciente intervención pública, refleja lo que en cualquier otro movimiento político sería una profunda crisis de identidad que podemos extender a lo que está ocurriendo también en el nacionalismo vasco.

Dejando al margen las referencias a lo coyuntural y aceptando el carácter de propuesta refundadora a medio plazo que se atribuye el orador, la conclusión a la que llego tras una atenta lectura de la conferencia y de lo ocurrido en la asamblea del PNV es que es muy difícil defender en la España constitucional y autonómica de hoy un nacionalismo periférico que no sea etnicista e independentista. Los ardanzas y los pujols de antes se encuentran hoy sin espacio político, atrapados entre el impulso autonomista igualador de la Constitución, el rebrote del soberanismo independentista y, también, por qué no decirlo, por la utilización que de las instituciones autonómicas está haciendo el PP para confrontar con el Gobierno socialista de España mediante ataques sistemáticos de carácter reivindicativo. Eso es así hasta el punto de que en su intervención se olvida Mas del apelativo "nacionalismo" y utiliza "catalanismo", que tradicionalmente ha significado otra cosa.

Centraré en tres puntos el análisis de la encrucijada nacionalista apuntada por Mas:

Primero, la definición del sujeto político. ¿Quién es catalán? El nacionalismo histórico define primero la nación para posteriormente referirse a los nacionales como aquellos que viven en esa comunidad de acuerdo con sus leyes, costumbres y tradiciones. Esta definición ya fue modificada por Pujol cuando dijo aquello de "es catalán quien vive y trabaja en Catalunya". Es decir, no sólo el nacimiento, sino trabajar y vivir como esencia definitoria de la nacionalidad. Mas da ahora una nueva vuelta de tuerca al decir "es catalán quien se siente catalán y quienes viviendo en Catalunya quieren serlo". Pasamos así de algo objetivo a algo voluntario, algo que se puede decidir ser o no ser. Llevado al extremo, podríamos tener una Catalunya sin catalanes ya que no basta con ser, hay que querer ser. El sentimiento de pertenencia a una comunidad nacional no se puede imponer, es de libre elección. Recuerda al antiguo discurso marxista diferenciando entre la clase obrera en sí y la clase para sí, que es aquella con conciencia de lucha revolucionaria. Puro subjetivismo. ¿Defenderá el nuevo catalanismo a todos los que viven y trabajan en Catalunya o sólo a aquellos que manifiestan su voluntad de ser catalanes?

En segundo lugar, la utilización deliberadamente ambigua que se hace del llamado derecho a decidir. La propuesta para el catalanismo del siglo XXI consiste en "plantearse el derecho de la nación catalana a decidir de forma democrática, libre y pacífica". ¿Qué quiere decir esto? ¿Qué hasta ahora no se ha hecho? Parece que no porque defiende que el mejor ejemplo del derecho a decidir ha sido el referéndum sobre el Estatuto. Y, además, cuando se establecen los principales retos de futuro de Catalunya, educación, apoyo a la familia, infraestructuras, financiación, cultura, etc. todos ellos caben dentro del Estatuto y de las competencias actuales. Dicho de otra manera, el derecho a decidir que plantea Mas es exactamente lo que vienen haciendo los catalanes desde hace años, de acuerdo con la Constitución y los Estatutos en un contexto de cuasi federalismo cooperativo. Si cualquier cambio de situación ha de ser negociado y pactado según las normas existentes tanto en el interior de Catalunya como entre Catalunya y el resto de España, ¿por qué hacer ahora un guiño al radicalismo verbal para esconder lo que hay?

En tercer lugar, el nuevo catalanismo de Mas sigue queriendo transformar España "en un Estado plurinacional". Es decir, acepta compartir Estado tal y como reconoce nuestra Constitución cuando dice que las comunidades autónomas forman parte del Estado, renunciando, por tanto, a la identificación clásica entre nación y Estado. Las llamadas a favor de recuperar el ánima de la nación o al largo camino hacia el autogobierno y las libertades nacionales son pura retórica de un movimiento que establece como su objetivo principal el fortalecimiento de la comunidad nacional voluntaria y considera la consecución del poder político, un simple instrumento que no agota el proyecto de construcción nacional. ¿Es más importante, para el nuevo catalanismo, la sardana que la Generalitat? ¿Vuelve a primar el catalanismo cultural sobre el político?

Demasiadas dudas en una ideología nacionalista que tanto ha hecho por la convivencia democrática en España, pero que ha entrado en crisis según sus propios responsables. Y los equilibrios en el alambre que en ese contexto realizan dirigentes como Artur Mas o Imaz para intentar modernizar sus discursos nacionalistas son valiosos pero, me temo, cargados de contradicciones, vaguedades y ambigüedades que anticipan una etapa en la que el nacionalismo moderado que hemos conocido está en trance de sucumbir, aunque sea de éxito. De ahí, tal vez, la derrota de uno en su propio partido y la deriva del otro hacia el gesto y el verbo más soberanista. Porque defender, como hacen ambos, los derechos de las personas por delante de los derechos, históricos o no, de los territorios, es muy meritorio y liberal. Pero nada nacionalista, ya que esta ideología siempre ha situado a la nación eterna por encima de los ciudadanos pasajeros, como, por cierto, siguen haciendo, con éxito, Ibarretxe y Carod.

Todo apunta a que la siguiente ronda territorial en España, será diferente. Y ya hay quien está buscando posiciones.

Jordi Sevilla es diputado socialista

Ilustración de Patrick Thomas