Dominio público

40 años de una movilización que fue el principio del fin para el apartheid

Javier Couso

Eurodiputado

Javier Couso
Eurodiputado

Pedro Chaves 
Politólogo

El 14 de Junio de 1976 una manifestación de miles de estudiantes negros en Sudáfrica fue reprimida a sangre y fuego por las fuerzas policiales del apartheid. Ese día fueron asesinadas 23 personas. La protesta se realizaba por la obligación de uso del afrikáans (un dialecto del neerlandés) en todo el ciclo escolar. La lengua de la minoría impuesta al resto del país.

Aquella represión brutal dejó imágenes imborrables, entre ellas la del joven Peterson, tiroteado por las fuerzas policiales y llevado en brazos por unos compañeros desconsolados. Una imagen que dio la vuelta al mundo y que significó un paso más en el descrédito internacional del régimen racista y en la movilización internacional en su contra.

Durante varios meses las movilizaciones de denuncia por la represión y contra el régimen racista se sucedieron en Sudáfrica, con un balance brutal: más de 575 muertos hasta febrero de 1977.

El origen institucional de este régimen odioso comenzó en 1948 con la victoria electoral de dos partidos afrikaaners en Sudáfrica. La colonización de esa zona de África se hizo de la mano de los boers (provenientes de los países bajos) y de los ingleses, a quien pertenecía formalmente el territorio.

Poco después de ganar las elecciones comenzó la política de segregación de todos los individuos de acuerdo a una clasificación por razas. En 1950 se promulgó una ley que reservaba ciertos distritos en las ciudades a los blancos de manera que se obligó a los no blancos a dejar estos espacios. Las leyes establecieron zonas segregadas tales como playas, autobuses, hospitales, escuelas y hasta bancos en los parques públicos. Los negros y demás gente de color debían, por otra parte, portar documentos de identidad en todo momento y les estaba prohibido quedarse en algunas ciudades o incluso entrar en ellas sin el debido permiso.

Los negros no podían ocupar lugares en el gobierno además de no tener derecho a voto excepto en algunas aisladas elecciones para instituciones segregadas.

Los negros tenían prohibido abrir negocios o ejercer prácticas profesionales dentro de las áreas asignadas de manera específica a los blancos, bajo pena de cárcel. Sólo podrían ejecutar tales actividades en sus bantustanes. Auténticas reservas humanas convertidas en 'autonomías políticas' para intentar burlar la legislación internacional.

El transporte público estaba completamente segregado, tanto en trenes, buses, aviones, o inclusive los taxis de las ciudades. A los negros no les estaba permitido entrar en zonas asignadas para población blanca, a menos que tuvieran un pase emitido por la policía.

Edificios públicos tales como juzgados u oficinas de correos, disponían de accesos diferentes para blancos y negros. Del mismo modo, en caso de ser "inevitable" que individuos de ambas razas se junten en una cola de espera, la atención preferencial y prioritaria era para blancos, sin distinción alguna.

En fin, es fácil imaginar el impacto de este conjunto de medidas en términos de explotación laboral, miseria y condiciones de vida. La segregación civil y política llevaba de la mano una segregación brutal en términos económicos y sociales.

Este régimen miserable terminó sus días el 1 de febrero de 1991 tras una declaración pública de Frederick de Klerk, entonces presidente del país. Nueve días después fue liberado, después de 27 años de cárcel, Nelson Mandela.

Un régimen odioso

Probablemente sólo el régimen nazi haya generado, junto al apartheid, un rechazo y animadversión tan mayoritarios. Este factor motivó, desde el comienzo, la desaprobación de la comunidad internacional y la imposición regular de sanciones. Probablemente, ningún otro régimen político haya conocido cotas tan altas de aislamiento y rechazo más allá de sus fronteras.

Este factor fue la consecuencia de una movilización civil constante a nivel internacional contra este régimen que contribuyó, de manera muy importante, a su aislamiento y su rechazo. El fin del apartheid puso de relieve las potencialidades de la colaboración internacional en la denuncia y freno a las prácticas políticas oprobiosas y reaccionarias. Con toda seguridad, eso fue posible entonces por que la división del mundo en bloques imponía a las democracias occidentales exigencias de coherencia de las que, visto lo visto, se han sentido liberadas tras el fin del mundo bipolar.

Solo así es explicable que, por ejemplo, la vesania del régimen israelí se siga produciendo ante el silencio cómplice de las potencias occidentales que consienten una práctica de exterminio y segregación odiosa y en contra del derecho internacional.

Pero sin duda, las lecciones más relevantes del fin del apartheid se refieren al papel de la movilización social y política en Sudáfrica y, como no, a la coincidencia con un liderazgo política y moral de unánime reconocimiento.

La confrontación contra las leyes segregadoras y racistas comenzó desde sus mismos orígenes. Ya en 1952 el mismo Mandela fue inhabilitado y su capacidad de movimiento reducida, después de una campaña de desobediencia civil pacífica.

Soweto fue la evidencia de que las comunidades no blancas en Sudáfrica y, especialmente, la comunidad negra, rechazaban el apartheid. Y que esa confrontación pacífica con el régimen era transversal en términos generacionales y concitaba el acuerdo de todos los sectores sociales. El saldo humano de la represión fue brutal, no obstante eso, el conjunto de las movilizaciones y protestas se siguieron produciendo de manera pacífica y no violenta.

Frente a la violencia institucional y física del régimen, la oposición social y política levantaba la bandera de la resistencia pacífica y de la lucha democrática. En el contexto geopolítico africano ese hecho incrementó notablemente la legitimidad internacional de la oposición sudafricana y permitió una codificación del conflicto imbatible: se trataba de una lucha por derechos civiles y democráticos básicos, elementales, frente a un régimen oprobioso, racista y violento.

El liderazgo de Nelson Mandela incrementó el prestigio internacional de las luchas y le otorgó una visibilidad que carcomía al régimen: atrapado en su aislamiento y en su violencia estructural.

No queremos dejar de mencionar un hecho que a menudo pasa más desapercibido: el papel de la oposición blanca en Sudáfrica. La colonización sudafricana se hizo entre afrikaaners procedentes de los Países Bajos e ingleses. Por diferentes razones, estos últimos siempre objetaron las leyes más oprobiosas del régimen y se agruparon en el Partido Progresista primero y en el Partido Progresista Federal. Ambos partidos condenaron el apartheid y ofrecieron un espacio que agrietaba la hegemonía en el territorio político mismo de 'los blancos'. El Partido Comunista Sudafricano y otras organizaciones civiles, más multiculturales en su militancia, como Black Sash y el United Democratic Front, ejercieron un compromiso mucho más radical contra el apartheid y fueron decisivos en la derrota del régimen.

Recordar Soweto es poner en valor algo que, normalmente se olvida: el carácter fundamental  de la movilización social y del compromiso político y ciudadano en la lucha por mejorar las condiciones sociales y políticas para la mayoría. Y es importante, porque como mostró Albert Hirschman, las clases dominantes usan un complejo arsenal discursivo para tratar de convencer a las poblaciones de que hacer algo contra el orden de cosas existentes, o no es posible, o no sirve para nada o es contraproducente.

Soweto es la evidencia de que, como casi siempre, las clases dominantes se equivocan.