Opinion · Dominio público

Toque de retreta en Siria

Pablo Sapag M.

Profesor-investigador Universidad Complutense de Madrid y del Centro de Estudios Árabes de la Universidad de Chile

Pablo Sapag M.
Profesor-investigador Universidad Complutense de Madrid y del Centro de Estudios Árabes de la Universidad de Chile

El acuerdo de alto el fuego en Siria pactado entre Estados Unidos y Rusia ha arrancado con menos ruido mediático que en otras ocasiones. También con expectativas razonables y por lo mismo alcanzables. En realidad, de lo que se trata es de resolver el factor exterior de la crisis siria, que dados los actores regionales y globales involucrados desde el principio ha incidido mucho y negativamente en la propia situación interna siria.

Cinco años y medio después del comienzo de la crisis, el bando representado por EE UU, Francia, Reino Unido y sus aliados regionales Turquía, Arabia Saudí, Israel y Qatar asumen su fracaso en Siria. Con el objetivo de lograr fines estratégicos de gran calado, optaron por la externalización valiéndose de supuestos “rebeldes moderados” de los que ya no se habla porque en la práctica apenas existen. Todos esos grupos armados, financiados y sostenidos propagandísticamente por esas potencias hoy están en el Estado Islámico o en Jabat Fatah al Sham el nuevo nombre de Jabat al Nusra, la marca de Al Qaeda en Siria. O en  coaliciones como Jeish al Fatah, donde quien manda es Al Nusra. El paso del tiempo sin que esos grupos cumplieran su parte del contrato de outsourcing, a saber derrocar a Bachar al Asad y trocear Siria en cantones que luego pudieran ser más o menos reconocidos y manipulados a discreción, ha hecho aflorar las contradicciones entre esas organizaciones y sus patronos.

El EI hace tiempo que dejó de considerar a Turquía solo como aliado y plataforma para sus operaciones en Siria e Iraq. Hoy es también un frente más. Ahí están los atentados terroristas en Estambul y Ankara. En cuanto a Al Nusra y sus aliados, la imposibilidad de consolidar su presencia en las provincias de Alepo y Hama —donde en los últimos meses han perdido unos tres mil efectivos— los deja encajonados en la de Idlib, donde para el Ejército sirio y la aviación rusa es más fácil combatirles. Arrinconados, esos grupos amenazan con desbordarse a una Turquía que por sus problemas internos hoy es menos condescendiente con ellos. Otros grupos, como Ahrar al Sham o Jeish al Islam, apoyados alternativamente por Arabia Saudí y otras dictaduras islamistas del Golfo, tampoco han logrado sus objetivos en las sureñas provincias de Quneitra, Deraa, Sweida o Rif Damasco. De ellos también se desmarcan sus instigadores. Respecto a Francia, la beligerancia de París hacia Siria ha caído a plomo mientras aumentaba el terrorismo en el hexágono. El cambio de posición de sus socios, su acuerdo con Irán y la proximidad de unas elecciones presidenciales de incierto resultado han terminado por convencer a EE UU de la necesidad de salir ordenadamente del matadero sirio que ellos y sus socios contribuyeron a crear.

La cobertura diplomática la prestan Rusia, Irán y en menor medida China, aliados del Gobierno sirio y a diferencia de EE UU y sus socios, inclinando la balanza a su favor gracias a una posición clara desde el principio respaldada por fuerzas rusas e iraníes sobre el terreno. Para Washington es prioritario evitar otro fiasco como el de Iraq. Por eso su sinuosa posición en Siria estos años. Por eso también esta estrategia de salida. Kerry ya no habla de “rebeldes moderados” e incluso admite que será posible atacar a otros grupos además de al EI y a Al Nusra. Según el acuerdo, lo hará coordinado con Rusia y a través de Moscú con las propias fuerzas sirias. EE UU podrá así compartir méritos con Siria y Rusia cuando el EI y Al Nusra queden eliminados de ese frente de yihad abierta en que deliberadamente se ha convertido Siria, aunque la consecuencia sea la intensificación a nivel global de la yihad por células e individual —lobos solitarios—.

A delimitar con precisión los frentes que posibilitan este alto el fuego ha contribuido la propia dinámica interna siria y en particular los procesos de reconciliación nacional, tan relevantes como ignorados desde el exterior. Siria cuenta desde hace cuatro años con un ministerio de ese nombre que, además, está dirigido por un veterano opositor interno. Elemento esencial de la agenda para resolver las consecuencias puramente nacionales de la crisis, los procesos ofrecen una efectiva vía de reinserción a quienes tomaron las armas contra el Estado. Para ellos hay amnistía y la posibilidad de incorporarse a la administración del Estado o las fuerzas armadas y policiales. Son procesos inéditos porque a los milicianos también se les permite seguir combatiendo al Estado, para lo que se les ofrecen seguridades para desplazarse a otros frentes. Así por ejemplo, el último proceso este mes en las importantes ciudades dormitorio de Daraya y Moadamiye —a menos de diez kilómetros del centro de Damasco— ha llevado a los combatientes que rechazaron la amnistía a la provincia de Idleb. Fueron muchos más los que se acogieron a la amnistía o dejaron a sus familias en territorio que controla el Estado. En una clara alusión a esos exitosos procesos y sabiendo lo que viene, el presidente sirio reiteró desde la misma Daraya la voluntad del Estado recuperar todos los rincones de Siria. Si no se suman a los procesos de reconciliación, los islotes desperdigados que todavía controlan los grupos armados podrán —como Raqqa e Idlib— verse atacados por las Fuerzas Armadas Sirias y unas aviaciones rusa y estadounidense, que cada vez hacen menos distingos entre terroristas y “moderados”. Este nuevo escenario también emplaza a las milicias kurdas del norte. Aunque no han logrado el imposible objetivo de conectar los tres espacios separados con población de esa etnia, la colaboración con altibajos con el Estado en Hasaka y Qamishli les permitirá consolidar los cambios que el Gobierno hizo en 2011, entre otros, la concesión de la nacionalidad siria a varios miles de kurdos de origen turco o iraquí y mayores posibilidades de uso de la lengua kurda. La otra opción para ellos es una Turquía desde hace un siglo en guerra con todos los kurdos.

Bien coordinado estratégicamente con sus aliados exteriores y de la mano de los procesos de reconciliación nacional a nivel interno, el Estado ha ido delineando una frontera política y geográfica cada vez más clara entre quienes lo combaten siendo sirios y con agenda siria y las decenas de miles de yihadistas extranjeros que han invadido Siria con la connivencia diplomática, financiera, política y militar de potencias globales y regionales. Estos últimos han sido el verdadero problema de seguridad en Siria, primero por los apoyos externos con que han contado pero también porque son inmunes a los procesos políticos sirios en marcha desde 2011. Para esos grupos Siria es un simple medio para hacer avanzar una agenda que como el Estado Islámico dejó claro cuando eliminó de su nombre toda mención a Iraq y Siria, es más global que territorial. Cinco años y medio después, algunos parecen haberlo entendido y buscan salir ordenadamente de donde nunca debieron haber entrado.